GRUÑIDOS Y PALABRAS

GRUÑIDOS Y PALABRAS

Las palabras: un asunto muy serio. Desde que el ser humano pasó, en la noche de los tiempos, del gruñido escueto al lenguaje articulado complejo esas redondas sílabas, que una tras otra pronunciamos en forma por demás irresponsable, no han hecho más que causarnos problemas; hasta el punto que no pocas veces uno piensa cuánto mejor le habría ido a la humanidad si se hubiese quedado en el gruñido, o en el silencio reflexivo del homínido que se detiene a pensar si valdrá la pena seguir evolucionando.

01 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

Gruñir es saludable, por lo demás. Nos acerca al animal y, en esa misma medida, a la libertad. Qué bello sería, en lugar de tanto saludo empalagoso, en vez de tanta palabrería almibarada, un portentoso y común gruñido entre dos seres que se encuentran en la mitad de la calle. Cuánta demostración de auténtico afecto brotaría de ese gesto primitivo. Pero no. Nos limitamos al qui hubo y al todo bien en medio del tráfago cotidiano de la urbe, que a veces es más una ficción de nuestra ansiedad que una realidad del progreso. Ignoramos que gruñir (pero gruñir de verdad, con toda la feliz vitalidad de las entrañas) es una de las más altas formas de la comunicación. Si no que lo digan el cerdo, el perro y el hombre.

Claro que hay gente que gruñe y no lo sabe. La cadena de sus palabras, que ellos creen eslabonada por ideas claras y distintas, no es más que una serie de sonidos inarticulados tras los cuales acecha una pregunta temible: de qué estará hablando? O, mejor: sobre qué estará gruñendo? Por supuesto, hay gruñidos de diferentes clases. En nuestro país, verbigracia, somos expertos en el gruñido político. En él se dan la mano (o, con mayor exactitud, se la mordisquean) la derecha, la izquierda y el centro, si es que tales lugares abstractos todavía designan alguna geografía ideológica. Conocemos también, y de qué manera, el gruñido jurídico. De sus fauces babosas cuelgan artículos y decretos, como una demostración por el absurdo de que a la estupidez también puede arribarse por el camino del derecho. Y quién no ha sido víctima del gruñido tecnológico, que emiten algunas paradójicas criaturas, verdaderos dinosaurios postmodernos, cuando postulan, como si tal cosa, la barbarie de la máquina con doscientos años de atraso. En efecto, hay quienes manejan los conceptos de la informática como si aún no hubiéramos salido de la Revolución Industrial. Gruñen en software, pero gruñen.

Las ciudades -y la nuestra no es la excepción- han adoptado el gruñido, en su aspecto más nocivo, como norma de conducta. Gruñe el taxista que no soporta esperar el cambio del semáforo; gruñe el chofer de bus que quisiera aplastar a todos los vehículos que se atraviesan a su paso; gruñe la secretaria que no sabe, o no quiere, dar una información precisa; gruñe el dirigente que no tiene soluciones para las múltiples necesidades de la comunidad; gruñe el usuario que no respeta la fila en una oficina de servicios; gruñen los padres que ignoran cómo responder a las preguntas de sus hijos; gruñe el mendigo a quien usted no ha lanzado la moneda definitiva; y hasta gruñe el sol en las jaulas oprobiosas del mediodía. Gruñimos, luego somos.

Pero nuestro gruñido no tiene el encanto original, la pureza comunicativa, que debió tener el de nuestros antepasados homínidos. Gruñimos por frustración, por resentimiento y por intolerancia. Y, para colmo, tampoco sabemos cómo hallar las palabras esenciales. En vez de pronunciar un lenguaje humano, que permitiría llamar las cosas por su nombre, y llenarlas así de un profundo sentido, recurrimos a los discursos políticos, jurídicos o tecnológicos, es decir, a las diversas formas del gruñido que nos han metido en los laberintos del error. De ellos sólo saldremos cuando empecemos a decir palabras transparentes, tanto que de sus semillas nazcan los actos adecuados para dejar de gruñir.

(Sobra decir que esta columna fue mi penúltimo gruñido).

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.