EL CHATO

El miércoles era un buen día para escapar de casa. Miguel Angel Barrios tenía 6 años y había escuchado que en Cali se bailaba. Solamente eso. Se bailaba y bailar era la pasión de ese muchachito que se apoyaba en una pared para inventar nuevos pasos mientras su mamá lo llamaba para que se fuera a hacer un mandado.

03 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

El miércoles su madre no lo pudo llamar porque él se levantó muy temprano, convencido de que en Girardot no iba a encontrar nunca la pasión que debía haber en esa ciudad donde todo el mundo sabía bailar. Salió sin maleta y sin un centavo en el bolsillo, montado en un camión que transportaba palos de escoba y dispuesto a soportar los tres días de viaje por carreteras sin pavimentar pero que definitivamente conducían a Cali.

Por varias conversaciones familiares Miguel Angel sabía que su papá tenía un amigo que trabajaba en la aduana. El señor Vargas lo recibió en su casa pero la vida familiar no le interesaba. Escapó de nuevo.

Se internó en las zonas de tolerancia. Aprendió a bailar solo y siguiéndole el ritmo a las prostitutas. Consiguió un trabajo como vendedor de chucherías para pagar su comida y el peso que le costaba el alquiler de un cuarto en el Hotel México, hoy en día un centro comercial donde el olor a flores para muerto, el sol, el ruido de los buses y los colectivos y la presencia del Palacio de Justicia en todo el frente alcanzan a definir todo el ambiente.

En ese tiempo, hace 50 años, cuando El Chato era un niño y la Policía se lo llevaba a lavar baños y a barrer pisos, escuchar música de la Sonora Matancera era un delito.

Y él la escuchaba, la vivía con todas esas prostitutas, cabareteras, bailarines de tiempo completo y borrachos de todas las clases que lo empezaron a ver como un prodigio. Y junto a ellos iba como fuera a las presentaciones de todas las orquestas cubanas que llegaban a presentarse en todos los teatros populares de Cali. Y eran un éxito. Y él seguía bailando.

Cuando tenía 14 años alguien se detuvo a observarlo. A los 14 años El Chato empezó a vivir de del baile, Benigno Holguín le propuso que fuera parte de su academia de baile, de La Cumparsita . Y Miguel empezó a mejorar su técnica, perfeccionó cada paso, cada ritmo. Del cha cha chá saltó al charleston, del mambo a la gaita, del fox al bolero, del tango al merecumbé. Aprendió a ser la pareja de un hombre, a olvidar la sonrisa porque el baile es un asunto serio. Y cuando se tienen 14 años es difícil que una persona de 40 admita que un mocoso es su maestro.

Un mocoso al que su madre le echaba saliva y aceite en las noches para que le saliera un poquito de nariz. Y se quedó chato para devolverle algo a su mamá.

Y como Chato se ganó todo. En la década del 50 fue declarado campeón de campeones en los concursos de baile que se realizaban en el Grill Aretama. A Jimmy Boogaloo lo derrotó en competencia histórica en un mano a mano en el Grill Cabo Rojeño, ensayando sin música encerrado con una prostituta en un hotel de mala muerte pero seguro de saber más ritmos que su contrincante. Y tuvo razón porque Jimmy hizo un paso de rock and roll bailando una milonga. Y perdió.

En 1956 El Chato estaba en Bogotá, trabando en cabarets de toda clase pero su fama ya era demoniaca. Celia Cruz lo invitó a bailar con ella en el Teatro Luz. Aplausos. Más aplausos cuando Miguel entró a formar parte de la Compañía Campitos y recorrió el país de punta a punta.

Con Hilda María, una de sus parejas de baile se fue a Venezuela. Las presentaciones iban en punta hasta que un italiano se enamoró de ella y echó a perder el dúo. Volvió a Cali y alguien le propuso una presentación en un hotel, le pidieron que buscara pareja y encontró a Ibérica y la entrenó durante una semana para la presentación porque ella solo bailaba salsa. Se presentaron y lo único que escucharon fueron los aplausos.

Durante más de 20 años Ibérica y El Chato fueron la sensación del Séptimo Cielo , El Columpio , Picapiedra , Cabo Rojeño y Honka Monka . Se presentaron en hoteles de cinco estrellas y en las mejores tarimas de la Feria de Cali. Hace poco se separaron pero El Chato sigue bailando, dictando clases a domicilio, tomándose fotos con las mejores orquestas, recibiendo condecoraciones y trofeos y aplausos en donde se presente. Y sigue viviendo en un inquilinato del barrio Obrero.

LEYENDA EL CHATO todavía baila... al son que le toquen.

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