LA VIDA ES UNA DESVENTURA

LA VIDA ES UNA DESVENTURA

Los jóvenes, más que nunca, parecen ser el gran problema de la sociedad actual. Se les acusa de vulgares, irresponsables, violentos, inmorales, viciosos, groseros, etc. Y en efecto, a menudo lo son. Pero, y por qué se volvieron así? Será que perdieron la vergenza o será que perdieron la esperanza? OJO VA LOGO DE LAZOS FAMILIARES

04 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

El asunto es mucho más profundo que un simple problema de conducta. El suicidio juvenil, las crecientes tasas de drogadicción y alcoholismo y todos los demás comportamientos destructivos que se han vuelto ahora característicos de los muchachos, son síntomas de algo más grave. Según los expertos, la delincuencia juvenil tiene su origen en la desvalorización que hacen los adolescentes tanto de sí mismo, como del mundo que los rodea. Esta última surge ahora con más fuerza que nunca dada la funesta imagen que desde pequeños se les ha ido formando sobre la realidad que les rodea.

El panorama mundial y el futuro de la humanidad que se les presenta es desolador: la capa de ozono se está destrozando, la reserva forestal se está destruyendo a pasos agigantados; el sida se propaga como una epidemia; la guerrilla acribilla poblaciones enteras; los gobernantes roban a sus pueblos, los padres asesinan a sus hijos; los hijos matan a sus padres; los terroristas vuelan aviones parques, edificios y con ellos a sus ocupantes, etc... El periodismo parece ensañado en mostrar todos los desastres y monstruosidades a los que tiene alcance. Y para rematar la situación, están las novelas y los shows de televisión (tipo Cristina), que no son otra cosa que una apología a la tragedia y la depravación humana. Sin embargo, sobre la bondad y las buenas obras poco o nada se hace saber.

El verdadero poder de los medios, especialmente de la TV, es su capacidad para redefinir la realidad al presentar como válidas conductas y sucesos que son solo una realidad dolorosa, pero no una generalidad. Con ello alteran las ideas y expectativas de los muchachos sobre lo que constituye una vida normal y contribuyen decisivamente a que las nuevas generaciones pierdan la fe en la humanidad, el amor a la vida y la esperanza en un mañana mejor, los tres movimientos existenciales (o en términos religiosos, las virtudes teologales) indispensables para encontrarle sentido a su existencia.

Pero si seguimos esperando que los medios de comunicación cambien sus valores y se preocupen más por el bienestar de la teleaudiencia que por el dinero que pueden ganar, estamos perdidos. A pesar de que el proceder moral de los productores de cine y de TV es digno de reprobación, no menos censurables son los anunciadores que pautan en sus programas y los dirigentes de las empresas cuya publicidad hace posible la presentación de los mismos. Pero más culpable aún, es el público que los sintoniza porque gracias a ello estos programas siguen teniendo un buen rating y por lo mismo se seguirán mostrando. Y por último, la mayor responsabilidad recae sobre los adultos y padres de familia que ponen la televisión al libre alcance y disposición de sus hijos (y a veces en su propia habitación). Este aparato ofrece un variado menú de atrocidades capaz de garantizar que cualquier televidente joven y asiduo, sin experiencia ni formación suficientes como para evaluar la credibilidad y validez de lo que está viendo, pierda todo interés en vivir.

Muy difícil esperar que los jóvenes, con este panorama tan atroz, desarrollen una personalidad estable y tengan la motivación para luchar por un futuro mejor. Está en manos de todos los adultos padres de familia, dirigentes empresariales, periodistas y anunciadores, educadores y televidentes cambiar esta situación. Actuar, no solo renegar, abre el camino a la solución.

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