CARTA DEL DIRECTOR El efecto Humala

CARTA DEL DIRECTOR El efecto Humala

07 de junio 2011 , 12:00 a.m.

La abismal caída sucedida ayer en la Bolsa de Lima refleja claramente la falta de confianza de los mercados ante el indiscutible triunfo de Ollanta Humala en las elecciones presidenciales peruanas. Más que un tropiezo, la descolgada del 12,5 por ciento en el índice accionario de dicha plaza demuestra el pánico de los inversionistas, debido a la creencia de que el ex militar va a cambiar de manera radical las reglas de juego en el país que ha tenido la tasa de crecimiento promedio más alta de América Latina en lo que va del presente siglo.

No bastó el tono conciliador del presidente electo, ni las promesas hechas durante la campaña en el sentido de que el sector privado no tendrá nada que temer a lo largo de su mandato. Enfrentados a la disyuntiva sobre si Humala se convertirá en el Chávez peruano o en el Lula andino, tal parece que los empresarios se inclinan más por el primero de esos escenarios. Falta, por supuesto, que vuelva la calma y que en las próximas semanas el Gobierno entrante se encargue de confirmar o aliviar los temores de sus adversarios, pero desde ahora queda claro que la transición que viene no será fácil.

Mientras ese dilema se soluciona, las demás naciones de la región deberían tomar nota de lo sucedido. Quizás el principal mensaje de todos es que no basta con tener buenas cifras macroeconómicas si la población siente que los buenos vientos soplan únicamente en favor de unos pocos.

De tal manera, y a pesar de que los índices de pobreza en el Perú han descendido en cerca de 14 puntos porcentuales desde comienzos de la década pasada, la percepción generalizada es que las disparidades han aumentado en un país en el que no sólo hay grandes diferencias sociales, sino profundas tensiones raciales y geográficas. Puesto de otro modo, el milagro peruano no se siente de la misma forma en las poblaciones indígenas de la sierra que en los barrios de clase media de Lima.

Un escenario de desigualdad y disparidad regional es el caldo de cultivo que permite el surgimiento de propuestas populistas, anotando que el Humala del 2006 tiene un discurso mucho más moderado que el del 2011. Quienes saben de estos temas insisten en que el terreno que hace fértil dichas posturas no es el de la estrechez, sino el de la prosperidad, pues la gente que ha anhelado durante años que se satisfagan sus necesidades empieza a reclamar soluciones con más vehemencia que antes, porque sabe que son posibles.

Ese campanazo debería ser escuchado por la dirigencia colombiana que debe acometer las reformas necesarias para construir una sociedad más equitativa, que les garantice mejores oportunidades a sus ciudadanos. Si bien leyes como las adoptadas por el Congreso en la legislatura actual son un paso en la dirección correcta, todavía falta hacer mucho más -tanto en materia tributaria como de gasto público- con el fin de equilibrar las cargas desiguales que hoy existen.

Hacer la tarea a tiempo es un imperativo ético, que a su vez puede abrir nuevas oportunidades en el campo económico. Así, en la medida en que los inversionistas entiendan que Colombia adelanta una agenda progresiva de reformas, la estabilidad institucional estaría garantizada. Ese factor puede llevar incluso a que los capitales productivos que antes se dirigían a otros países andinos busquen llegar al territorio nacional.

Abierta esa posibilidad, hay asuntos más urgentes que merecen ser considerados. En particular, el Gobierno colombiano debe estar atento a los coletazos que el triunfo de Ollanta Humala puede traer sobre los mercados bursátiles y cambiarios, en un escenario de gran volatilidad. Aunque los fundamentos de la economía local son buenos, no faltará quien quiera pescar en río revuelto ante lo sucedido y buscará usar para su propio beneficio el interrogante que se le abre a Perú, en donde hoy en día abundan más las inquietudes que las certezas.

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