DIEGO VEGA, GLORIA EN NOTRE DAME

DIEGO VEGA, GLORIA EN NOTRE DAME

Diego Vega abrió las ventanas de su habitación, respiró el aire seco de un verano que superaba los 30 grados centígrados y se dedicó a escuchar con atención los últimos campanazos de la catedral.

04 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

No eran más de las siete de la mañana. La cama, completamente destendida, aún retenía el croquis de su cuerpo sobre el cómodo colchón. A un lado, encima del escritorio, varias biografías de importantes compositores clásicos descansaban su fatiga de la velada nocturna. Vega había leído toda la noche. Había estado ansioso. Intranquilo.

Esa mañana el panorama se antojaba de fotografía. El rosetón norte de la Catedral de NotreDame, con sus grandes vitrales azules, rojos y blancos, vigilaba como un enorme ojo su habitación.

Diego sacó su grabadora, miró la calle por donde se deslizaba uno que otro visitante y se limitó a escuchar una a una las campanas de la catedral en completo silencio. Luego, una foto en contrapicado abrió el ritual de su intimidad.

A las 11:30 de la mañana la Catedral de Notre Dame estaba llena de almas. Las puertas, que siempre están colmadas de turistas y curiosos, se abrieron con una novedad: a un lado, muy cerca a las actividades de la parroquia, el afiche del estreno de la Misa de Pentecostés de Diego Vega se levantaba en papel crepé.

Se vistió con serenidad, corbata amarilla de seda y saco azul de paño, y se preparó un desayuno de soltero. A pesar de que sus papás lo acompañaban, la costumbre de vivir solo durante unos meses le había dado un carácter hacendoso.

Podré parecer tonto, pero ese día, ese cuatro de junio de 1995, fue muy importante para mí. Tanto, que grabé las campanas de la catedral , recuerda Vega ahora que Notre Dame, a través de la Asociación Musique Sacrée, le encargó la composición de un Gloria en el que trabaja actualmente.

Por eso recuerda. Se mece en el pasado. Se pinta de ayer y vuela: Jean-Marie Justiger, Cardenal de Francia, iba a estar presente en el estreno de la Misa. Junto a él, una nutrida representación diplomática atendería las notas de un coro integrado por cerca de 20 hombres y 15 niños.

A pocos minutos del comienzo de la liturgia, Vega sintió un estremecimiento que le tocó los nervios. Retomó la calma y extrajo de un forro de cuero negro su cámara de vídeo. A lo lejos, papá y mamá atendieron los oficios religiosos sin quitar de sus ojos la figura de su hijo.

Diminuto ante la monumentalidad de las bóvedas de Notre-Dame, el joven compositor colombiano escuchó cada una de las notas de su Misa de Pentecostés y la filmó jugando con el zoom. Era su día.

Un paso más Hoy, Diego Vega pasa una a una las fotos de su visita a la Catedral de Notre Dame y observa cómo después un año nada ha cambiado.

Será porque las fotografías sirven para jugar con el tiempo: o porque a veces nos quedamos suspendidos en el pasado; o por algo más, que a Vega le parece que todo sigue igual.

Mire, cuando yo estudiaba en la Javeriana trabajé en la emisora de la universidad. Me acuerdo que programaba muchísima música del compositor ruso Edison Denisov que hoy debe andar por los ochenta y pico años. Sabe de qué me enteré antes de regresar a Colombia? Que Denisov, el mismo músico nacido en Siberia y a quien yo realmente adoraba, sería el próximo compositor residente de la catedral. O sea, venía yo y después él .

El estreno se repitió por la tarde. A las seis treinta volvió a sonar la Misa de Pentecostés. Salió mejor. Luego hubo una repetición, pero extrayéndole un motete.

Diego Vega todavía no se explica la magnitud del evento. Como si la dicha o la felicidad no hubieran tenido tiempo para definirse. Como si todavía estuviera en Notre Dame, en el apartamento de enfrente, abriendo de par en par las ventanas para observar a lo lejos el Boulevard Saint-Germain, el rosetón con sus tonos azules y nácar, el café donde se podía comprar una buena ensalada y un vino de la casa por cuarenta y tres francos, la Plaza Mayor de la Cité, la figura fantasmal de Pierre Boulez, a quien conoció personalmente durante una presentación en la Salle Pleyel...

Claro que me ha servido. Maduré como músico. Como compositor. Como persona, dice Vega, quien ahora ocupa el cargo de director de carrera, en la facultad de música, de la Universidad Javeriana.

Por ahora, la Asociacion Musique Sacrée le encargó un Gloria. Trabaja en ello de seguido. Se despierta en su apartamento en Bogotá, muy temprano, y abre las ventanas de par en par. Después de la Misa de Pentecostés Vega quiere asegurarse otro éxito.

Todavía no entiendo cómo pude estar ahí, solo, caminando los pasillos de Notre Dame con el título de compositor residente .

Por eso trabaja. En el Gloria. Y abre las ventanas al igual que hace un año. Quizás respire un poco ese verano que olió con tanta intensidad desde su habitación frente a Notre-Dame. Quizás a veces nos quedemos suspendidos en el pasado. Quizás no. Pero eso a Diego Vega, ya no le importa.

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