Se llevaron la playa En defensa del paisaje público

Se llevaron la playa En defensa del paisaje público

Cuando en Bogotá se habla de la prolongación de la carrera 11, en beneficio de toda la ciudadanía, así esto signifique mover todo el Cantón Norte, en Santa Marta se legisla y se hacen obras para el bien de pocos, en detrimento de toda la sociedad samaria. Y lo que antes era público hoy en día es privado y nada se puede hacer.

06 de junio 2011 , 12:00 a.m.

Nada puede hacer el samario de a pie cuando pasea por su malecón y se estrella con un aviso de 'No pase' en la mitad de la playa. Porque la Marina Internacional hizo lo que hizo, extendió sus tajamares sobre la bahía pública y, para proteger a sus usuarios, decidió que aquello era propiedad privada.

Es como si hicieran un parqueadero de autos lujosos en la mitad del parque Simón Bolívar, cercaran todos los accesos e impidiera el paso a los usuarios de siempre. Eso pasa en Santa Marta. La Marina Internacional se tomó parte de la bahía, cambió las corrientes habituales del mar y acabó con esa parte del espacio público porque tiene los permisos. Dimar, no sé qué director de Dimar, extendió los permisos para semejante cosa; y no sé qué alcalde local entregó los permisos para construir de esa manera sobre el espacio público.

Los proyectos que mostraron y que yo mismo vi no se metían a la bahía samaria de esa manera. Era una construcción discreta, de bajo impacto visual y ambiental. Pero lo que construyeron se nota tanto y es tan chocante a la vista, tan humillante con todos, que no hay samario que no hable de eso cuando pasa por allí.

Es un hecho que la Marina Internacional hizo una enorme inversión. Y seguro es un hecho que, a la postre, traerá beneficios para la ciudad. Pero privatizar el paseo marítimo es demasiado. El Estado, no sé qué entidad del Estado, debería obligarlos a permitir el paso de los samarios por esos pantalanes, por esos tajamares, único punto desde donde se puede ver el atardecer hoy en día.

Seguro deberán construir unas mallas para proteger los yates, pero no pueden apropiarse del paisaje de esa manera tan escandalosa y pretender que todo el mundo calle.

Si se trata del desarrollo, no puede tratarse del desarrollo de unos cuantos.

La Marina puede integrarse a la ciudad y a sus ciudadanos en lugar de ser una construcción excluyente y odiosa, como hasta el momento ha sido. Que los samarios puedan usar el enorme pantalán en sus caminatas, convertir aquello en un paseo romántico y no en el objeto de sus maldiciones, es una opción que deben contemplar los constructores, la Alcaldía y el Gobierno Nacional. Si no se atreven a incluir a la gente en ese bonito proyecto, la rabia comenzará a hacer de las suyas en los andenes; la rabia, que se toma el corazón samario como al descuido y viene elevando violentos gritos de protesta contra la precaria infraestructura que padecen.

La Marina es un hecho y está bien. Insisto en que pueden enmendar cosas que se pueden enmendar todavía. Como un sucedáneo amable, una especie de excusa por haberse apropiado de la bahía con esos enormes tajamares que, entre otras, producen la erosión de la playa y cambian el curso habitual de las corrientes.

He hablado con taxistas, policías, modelos, estudiantes, profesores, abogados, y todos, absolutamente todos, lamentan profundamente que se les hayan llevado la playa por tan poco. Primero fue el puerto, que se llevó las playas del Ancón y Taganguilla; ahora es la Marina, que arrastró con las playas públicas de la bahía.

Y lo lamento yo también; y seguro lo lamentará usted cuando venga y no pueda ver el mar desde la bahía; a cambio verá un arrume de piedras y unos mástiles como lanzas en el cielo azul.

Si en Bogotá es posible, ¿por qué en Santa Marta no? O es que estamos hablando de dos Colombias.

cristianovalencia@gmail.com

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