PAÍS ABIERTO, EMBAJADA CERRADA

PAÍS ABIERTO, EMBAJADA CERRADA

En momentos que Washington comienza a estudiar nuevas medidas contra el terrorismo en suelo estadounidense, no sería mala idea que los legisladores consultaran con algunos veteranos en el juego de la seguridad civil: el cuerpo diplomático de EE.UU.

02 de agosto 1996 , 12:00 a. m.

Durante 10 años, el Departamento de Estado ha batallado con interrogantes que ciertamente dominarán el debate que tendrá lugar en el Congreso en las próximas semanas: A qué están preparados a renunciar los estadounidenses para mantener su preciada tranquilidad? En una época que el enemigo está oculto y los actos de guerra son al azar, será esa tranquilidad un anacronismo ilusorio y prohibitivamente caro? La respuesta de US$3.000 millones del Departamento de Estado es instructiva, aunque no necesariamente reconfortante. Ha construido una nueva generación de embajadas ultraseguras en más de una docena de países. Las sedes diplomáticas se encuentran entre las estructuras más seguras del mundo, con paredes de perímetro alto, pocas ventanas y estructuras básicas reforzadas. Sería poco probable que una bomba derribara una pared entera, por ejemplo, como pasó con el edificio de oficinas de Oklahoma y la torre de apartamentos en Arabia Saudita donde murieron 19 militares en junio pasado.

El dilema de la diplomacia Sin embargo, como se ha dado cuenta el Departamento de Estado, estas embajadas tipo bunker no sólo son demasiado caras para construirlas en todo el mundo, sino que crean una imagen inhóspita de diplomacia.

Por supuesto que aumentar la seguridad es una tarea más delicada para el Departamento de Estado que para el Pentágono. Las embajadas no son cuarteles: son la imagen pública de Estados Unidos en el exterior, el escenario de la diplomacia y el comercio internacional.

Si uno está en un recinto militar, espera cierto tipo de fortificaciones. Pero si uno está en una sede diplomática, se fija mucho más en el diseño apropiado, dice Patrick Collins, arquitecto principal de la Dirección de Instalaciones en el Extranjero del Departamento de Estado. Queremos un edificio que represente la naturaleza libre y abierta de la sociedad estadounidense. Sin embargo, a la vez tiene que ser un edificio seguro contra el terrorismo.

Para las embajadas que aún están en la etapa de diseño, esa oficina intenta reconciliar mejor las dos necesidades contradictorias.

Ahora diseña edificios adecuados al riesgo geopolítico que se percibe en el país en cuestión. En el peor de los casos, esto es trabajo. En el mejor de los casos, se trata de un proceso de conjetura, como en Arabia Saudita, por ejemplo, donde la magnitud de la explosión sorprendió a los expertos en seguridad (o en los Juegos Olímpicos, donde una bomba casera destruyó la ilusión de una buena seguridad).

El tema de la seguridad de las embajadas entró en una era de realismo en 1983, cuando un auto bomba destruyó el cuartel de la Infantería de Marina de EE.UU. en Beirut, atentado en que perecieron más de 200 personas. Tres años después, el Congreso aprobó fondos para modernizar o reemplazar las embajadas menos seguras. Pero fue sólo en 1993 cuando se terminó la construcción de la primera de esta generación de embajadas: la de Nicosia, Chipre. A esta le siguieron las sedes en Jordania, Kuwait, Omán, Colombia, Chile, Venezuela, Perú, Bolivia y El Salvador. Actualmente están en proceso los proyectos para las sede de Ottawa, Berlín y Singapur.

El verdadero reto es cómo hacerlo agradable a nivel arquitectónico , dice Eugene Kohn de la firma Kohn Pedersen Fox Associates, de Nueva York, que diseñó la embajada en Chipre. Hace años, para un arquitecto, una embajada era uno de los mejores trabajos, era como construir un pedazo de EE.UU. en otro país. Después de la bomba de Beirut, todo eso cambió. Cambió parte de la monumentalidad y la grandeza .

La embajada en Lima, por ejemplo, se había construido en los años 50, cuando lo máximo en diseño eran los modernos edificios altos de ventanales. Su fachada de vidrio daba directamente a la acera, pero también se podía lanzar cualquier cosa directamente a una oficina , dice el arquitecto Bernardo Fort-Brescia, de Arquitectónica International Corp., de Miami, la firma que diseñó el edificio que la remplazó.

Antes de comenzar las labores de fortificación, el Departamento de Estado formuló una serie de requisitos que se debían seguir en la construcción de todas las nuevas embajadas. El trabajo se hizo en conjunto con la empresa Weidlinger Associates Consulting Engineers, de Nueva York, especialista en diseño resistente a explosivos. Las pautas son onerosas, pero sólo se aplican a los nuevos edificios. Tanto el Departamento de Estado como el Departamento de Defensa están limitados para realizar grandes cambios estructurales en muchos de los edificios que arriendan en el exterior; el caso del edificio de apartamentos en Arabia Saudita es sólo uno de ellos.

Bajo estas normas, los nuevos edificios de las embajadas deben estar por lo menos a 30,3 metros del lugar más cercano al que el público tenga acceso, y rodeado por paredes de alto perímetro que puedan soportar la fuerza de choque un camión de 6,8 toneladas. Los estacionamientos no pueden estar ubicados debajo de áreas ocupadas, las entradas son limitadas y las áreas públicas deben estar alejadas de las áreas privadas.

Los edificios tienen que tener la capacidad de absorber una explosión de un auto bomba (de magnitud específica, pero que no se puede dar a conocer) sin sufrir el colapso de las paredes externas o de que un piso caiga sobre otro. Las paredes externas deben de ser reforzadas y aseguradas estructuralmente al suelo. El vidrio de las ventanas debe ser extra grueso y templado.

Estos requisitos tienen por fin reducir las llamadas lesiones secundarias, que son las que producen el mayor número de víctimas. En Oklahoma, el 80% de las muertes fueron causadas por los escombros y el desplome del edificio.

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