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EL FRENTE DE LAS EXPORTACIONES

EL FRENTE DE LAS EXPORTACIONES

Las dificultades con que tropiezan algunos productos de Colombia y América Latina en los mercados externos han llevado a reexaminar el frente de las exportaciones y, algo que fue común en el pasado, los adversos términos de intercambio. El flujo de recursos financieros mitigó el debilitamiento de los ingresos provenientes del intercambio mercantil hasta el punto de permitir el expediente inesperado de las revaluaciones. No teníamos una bonanza comercial, pero sí una cambiaria que soslayaba el infortunio de varios de nuestros artículos exportables. Debíamos vender más para recibir considerablemente menos, e ilusionarnos con que la venida de capitales, no importa cuál fuera su origen, supliera la caída de los precios internacionales y, en ciertos casos, del volumen mismo de las ventas.

Suspendido el régimen de cuotas, la cotización del café entró a depender de las fuerzas del mercado, muy dentro de la línea de la ortodoxia económica. Como era de esperar, sobrevino el vertiginoso derrumbe. La oferta, en lugar de reducirse, había aumentado, mientras la demanda sufría los efectos de la recesión mundial. En Colombia, la cosecha había excedido la cifra desproporcionada de más de diecisiete millones de sacos. Sin prudencia ni mesura se habían multiplicado las siembras.

Tratando de compensar pérdida de precio con mayor volumen, se hizo la hazaña de exportar quince millones de sacos en el año, y, por otra parte, se aplicaron los cuantiosos recursos líquidos del Fondo Nacional del Café a subsidiar el ingreso de los cultivadores. Aun así, no pudo remediarse ni ocultarse la crisis, aunque sus consecuencias para el país no tuvieran las implicaciones de otras épocas, cuando el café representaba entre el setenta y el ochenta por ciento de las exportaciones colombianas.

Lo más inquietante no es el camino recorrido sino el que falta por recorrer. De no restablecerse los mecanismos reguladores del Acuerdo Internacional, los susodichos recursos, en trance de agotarse, no alcanzarían para sustentar los precios internos de compra. Se ha hablado de realizar las empresas del Fondo Nacional del Café, o sea disponer de su capital físico, y, además, apelar al crédito para conjurar la quiebra de los cultivadores. Pero todo esto es paliativo transitorio, más aún efímero, si no se enderezan las cargas, interviniendo el mercado y, desde luego, poniendo límites a la oferta improvidentemente acrecida.

Naturalmente en la crisis del café, como en la mayoría de los productos básicos, ha influido la recesión norteamericana y europea. Por haber coincidido con ella la ruptura del Acuerdo Internacional, el comercio libre del grano debió operar en circunstancias muy impropicias. Al igual que el de otros artículos, principalmente los básicos, cuya mala fortuna en el exterior tampoco pudo compensarse con el socorrido instrumento de la devaluación en el interior.

De ahí que debamos seguir con ojo avizor el curso, el ritmo y el tono de la matizada economía mundial, sin perjuicio de insistir en la promoción y en la diversificación sistemáticas de las exportaciones. Ante el auge de importaciones No hay mal que por bien no venga. La experiencia del café, sumada a la aleccionadora del banano y de las confecciones, ha abierto los ojos al problema social del desempleo. Al principio se le restó importancia pensando que el flujo financiero externo, el especulativo y el otro también, irrigarían actividad, ocupación y bienestar.

No hay duda de que en algunos ángulos, concretamente en el de la construcción y en el de los automóviles, ha traído mayor dinamismo, en la misma forma como en el sector agrícola la declinación ha sido innegable. Pero nada reemplaza, especialmente en una economía abierta e internacionalizada, el aporte de las exportaciones con gran densidad de mano de obra. No se presenta acaso el ejemplo de los grandes y pequeños dragones asiáticos? El panorama cambiario se ha creído despejado con los hallazgos del petróleo. Incluso se ha temido que caigamos en la enfermedad holandesa de una moneda demasiado fuerte para las limitaciones y urgencias del país. Que la economía colombiana acabe petrolizándose y dependiendo de un solo artículo exportable. Sería como ganarse la lotería y a la postre resultar perdiendo, conforme le ocurrió a México en el esplendor de sus hidrocarburos. O repetir el accidentado itinerario de Venezuela con sus auges y reveses, con sus períodos de febril derroche y estrepitosos desmoronamientos, pese a la consigna de sembrar el petróleo , apenas lograda en reducida proporción.

Aquí andamos embelesados con el rápido crecimienmto de las importaciones y complacidos del impulso a los consumos suntuarios. Esta vez se espera que no ocurran desplomes como los que en varias ocasiones pusieron término abrupto a su acelerada expansión. Sobre los actuales flujos financieros y más adelante sobre las perspectivas del petróleo reposamos alegres y confiados. No obstante, mientras tales importaciones crezcan con más velocidad que las exportaciones, habrá un factor de desequilibrio digno de la atención desvelada que a situaciones semejantes se les presta en las naciones industriales.

La misión de los pueblos en desarrollo no es consumir lo ajeno sino exportar, invertir en capital físico y humano, crear empleo en la ciudad y en el campo, asimilar modernas tecnologías, superar su atraso y vencer la miseria. Entre otras cosas porque los consumos, aun con petróleo en abudancia y con transferencias financieras inestables, tienen claros límites en la capacidad de compra de las gentes. Y porque si se aspira a vivir en paz, es menester ocupar productivamente los brazos. Eje cíclico Por qué en medio del estallido de las bombas y de los asesinatos escalofriantes, estar pendientes del programa económico de Estados Unidos? No es tan solo por la suerte final del Acuerdo Internacional del Café, ni es por la de las preferencias irrevocables que en su mercado nos han sido concedidas. Es porque de la vitalidad y del saneamiento de su economía depende la del mundo, con mayor razón ahora cuando Europa ha entrado en recesión aparentemente prolongada.

El presidente Clinton se prepara a anunciar las medidas para imprimir mayor impulso a una economía que ya ha empezado prometedoramente a moverse, para corregir los graves desequilibrios sociales agudizados en la última época y para hallar solución al gigantesco problema del déficit fiscal. Probablemente combinará los gravámenes a las grandes fortunas y al consumo de energía con los severos recortes presupuestarios y las inversiones masivas en infraestructura. Los sacrificios inmediatos con los beneficios.

Por lo pronto se experimenta el renacimiento de la confianza. El gobernante ha asumido la plenitud de las riendas. Por sus antecedentes, sus ideas y sus devociones democráticas, hagámonos la ilusión de que su programa económico de reactivación, equidad y equilibrio sea en bien de su patria, de nuestro Hemisferio y del mundo.

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