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LAS LÁGRIMAS QUE DERRAMÓ DOÑA EMMA GARCÍA

LAS LÁGRIMAS QUE DERRAMÓ DOÑA EMMA GARCÍA

Sofía Blanco se coloca la mano izquierda sobre el vientre y con la derecha aprieta el respaldar de un asiento. Tiene cinco meses de embarazo. Sus dedos trigueños y sus labios pintados de rojo tiemblan levemente, mientras solloza sobre la alfombra de vidrios que quedó después de la explosión. Desde el sitio donde ella se encuentra, en medio de las mesas del restaurante La Suiza, se alcanza a ver la cortina rosada hecha jirones y a un hombre de camiseta blanca retirando grandes trozos de vidrio de los escombros en que quedó convertida la vitrina.

Más allá se ven las caras desencajadas, sudorosas, de los policías, bomberos y otras personas que se mueven alrededor de las latas retorcidas de los vehículos estacionados en el sitio donde explotó el carrobomba. Doña Emma García, la más antigua empleada de la Suiza marca el teléfono en un rincón, enfundada en su uniforme de color rojo.

Desde los edificios vecinos todavía vuelan pedazos de vidrio que van a estrellarse contra la acera, aumentando la confusión y el temor de algunos policías bachilleres que miran hacia arriba, sin descuidar la cadena hecha con sus bastones para impedir el acceso de los curiosos.

La explosión alcanzó a sacudir a los once empleados de La Suiza, ubicada a unos 30 metros del sitio del sitio donde fue activado el artefacto. Todos salieron ilesos. Por eso, en el rostro de Sofía se dibuja un gesto de fugaz alegría mientras comienza a recoger los pequeños floreros con claveles que adornan las 16 mesas de manteles rojos.

Ella también había podido estar entre las víctimas. Unos minutos antes de la explosión salió a la calle con una vasija de agua para echarle al arbusto que crece frente al restaurante. Cientos de buses y busetas pasaban a esa hora hacia el norte y sur de la ciudad por la Carrera Décima. Antes de entrarse, Sofía alcanzó a oir a los lejos los gritos de protesta de los trabajadores del Acueducto que realizaban una manifestación por la Carrera Séptima.

Doña Emma continúa discando el teléfono en el fondo del restaurante. Quiere decirle a sus cuatro hijos que no se preocupen, que este no era su último día. Y no lo fue por escasos minutos. Ella y otras dos empleadas barrieron y lavaron con agua y jabon el exterior del restaurante sin poner atención a los carros estacionados, como todos los días, en la amplia acera entre las carreras Décima y novena, en pleno centro de Bogotá.

Doña Emma guardó la escoba y atendió a la primera clienta del día. Era una mujer joven, con aspecto de estudiante. Vestía una chaqueta de dril y una blusa de colores. Pidió un café y un sanduche de jamón y queso. Doña Emma hizo el pedido en la cocina y se metió en un pequeño cuarto a cambiarse el uniforme. La bomba estaba a punto de explotar.

A esa misma hora Adela Castiblanco entró en la cocina con las bolsas sintéticas en que traía las hortalizas desde la plaza de la Macarena. Miró el reloj plástico colocado en la cocina. Eran casi las diez y veinte minutos de una mañana común y corriente. La empleada comenzó a poner en orden las lechugas y los tomates, sobre el mesón de azulejo blanco, pero no alcanzó a terminar su labor.

Unos diez minutos antes, el propietario del restaurante, el suizo Hans Stauffer, revisó su carro, un renault 21 modelo 85 de color gris, estacionado frente al local. Abrió el capó , habló con el vigilante de la cuadra, le dio una mirada desprevenida a los otros autos estacionados en el lugar y caminó sin prisa hacia el interior de negocio.

Pero Hans Staufer ya estaba preocupado. Alguien, en la calle, le comentó que una bomba había estallado en otro sitio del centro de la ciudad. El caminó entre las mesas hasta situarse cerca a la nevera de once pies colocada cerca a la barra.

Dicen que la bomba fue por allá abajo... , pero Hans Estauffer no alcanzó a terminar la frase. Un estallido los estremeció y el recinto se llenó de humo. Quedaron sordos por un instante.

Afuera la gente gritaba y corría enloquecida. Un joven vestido de yin y buso entró cojeando, se sentó en una mesa mirando para todos lados. Tenía una mancha de sangre en la parte baja del pantalón. Doña Emma vió la bandeja con el pedido tirada en el suelo de la cocina. La clienta de la chaqueta de dril y la blusa de colores ya no estaba.

Hans Stauffer también permaneció estático unos segundos. Luego salió a la puerta de su negocio y alcanzó a ver lo que quedaba de su carro humeando sobre un pequeño muro de ladrillo, junto a un arbusto con las hojas chamuscadas. El carrobomba, al parecer, explotó a menos de cinco metros.

El teléfono comienza a timbrar. Los familiares y amigos de los empleados y del propietario están inquietos. Doña Emma sigue amontonando los pedazos de vidrio sobre un periódico.

El telefóno timbra de nuevo. Doña Emma , grita alguien en el fondo. Ella deja la escoba y camina rápido. Es uno de sus hijos. Con la voluntad de Dios, aquí no nos pasó nada , le dice. En un edificio cercano un hombre armado de un hacha tira pedazos de vidrio hacia la calle, y dos cuadras más allá, donde la explosión no hizo daño alguno, una mujer acomoda los busos de lana sobre una vitrina, igual que todos los días.

Doña Emma deja el teléfono, y agarra de nuevo la escoba. Ahora si me cogieron los nervios , dice la anciana con la voz entrecortada. Luego se aleja sollozando entre las mesas.

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