Secciones
Síguenos en:
MOCKUS, DESENCAJADO

MOCKUS, DESENCAJADO

La Bogotá de hoy es -obviamente- muy distinta de la que dirigía Jorge Eliécer Gaitán entre 1936 y 1937, cuando en una medida autoritaria le dio por uniformar a todos los conductores que prestaban servicio público y obligar a los emboladores a usar las mismas botas en la ciudad. Lo que no solo no le resultó sino que cayó muy mal.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
05 de agosto 2001 , 12:00 a. m.

La Bogotá de hoy es -obviamente- muy distinta de la que dirigía Jorge Eliécer Gaitán entre 1936 y 1937, cuando en una medida autoritaria le dio por uniformar a todos los conductores que prestaban servicio público y obligar a los emboladores a usar las mismas botas en la ciudad. Lo que no solo no le resultó sino que cayó muy mal.

Más de sesenta años después, súbitamente, el alcalde Antanas Mockus resuelve hacer lo propio en otro sentido. Apelando a su condición de gobernante local, ordena de un día para otro que el servicio público también debe someterse a las restricciones del pico y placa y, específicamente, que los taxis de la Capital -al parecer 65 mil- deben dejar de trabajar dos días de la semana, con el argumento aritmético de que con los demás días de trabajo compensarán sus pérdidas económicas. Decisión que ampara dentro del principio de autoridad que, como tal, no puede ser cuestionado porque sería sentar un pésimo precedente.

Con todo respeto, no estoy de acuerdo con el Alcalde ni con los mockusianos respecto de otra de sus insólitas determinaciones. Bogotá es hoy una ciudad de 8 millones de habitantes que no puede seguir manejándose con criterio de aldea. Eso, por un lado. Por el otro, los taxistas que trabajan en esta ciudad ya no son, en su mayoría y salvo excepciones, simples choferes rastreros o matones, sino algo más. Muchos de ellos son universitarios, cuando no profesionales, los cuales, si han recurrido a comprar un taxi a crédito es porque se han visto obligados a hacerlo, dadas la necesidad de lograr un salario honorable desempeñando una actividad que, posiblemente, no es la suya, pero que, por otra parte, el Gobierno -nacional y distrital- no es en estos momentos capaz de garantizarles.

Como ciudadano, obviamente discrepo de la sublevación colectiva de los conductores. Al igual que resulta lamentable que muchos niños hubieran quedado atrapados en los trancones causados por aquellos, en los distintos puntos paralizados de la ciudad.

Aún más. Con la teoría de que si todos ponen, todos ganan , es conveniente que el transporte público también tenga pico y placa , exactamente en las mismas proporciones de los demás ciudadanos, pero no dejando de laborar durante días casi completos y determinados de la semana. Ello sería lo justo y lo sano y lo que el Alcalde hubiera podido proponer, en la certidumbre de que la mayoría de sus gobernados hubieran respaldado esa medida. Entre otras razones porque el caos del tráfico bogotano no es causado exclusivamente por el exceso de automóviles particulares, según ha creído siempre el ex alcalde Peñalosa. Sino por el desorden de un transporte público anárquico -sobre todo en materia de buses-, que con Transmilenio ha ido gradualmente mejorando en beneficio de la comunidad.

Pero de ahí a aplicar medidas autoritarias y de alguna forma inconsultas con un sector significativo y que con su servicio encarna de buena manera el derecho fundamental a la libre locomoción consagrado en la Carta del 91, hay mucho trecho. Porque lo cierto es que el brutal trancón que sufrió Bogotá el jueves y el viernes no fue exactamente premeditado, sino una reacción instantánea a una imposición agresiva y con tintes un tanto fascistoides.

Eso fue lo más sintomático Que los taxistas bogotanos no están formalmente agremiados ni tampoco dirigidos por ningún sindicato izquierdista; que su rebelión fue tan traumatizante como espontánea. Que la crítica situación hubiera podido ser mil veces peor desde el punto de vista de muertes y hechos violentos. Y, especialmente, quedó demostrado que Bogotá no tiene la fuerza pública suficiente para controlar tales hechos anómalos, cuando no peligrosos. Lo cual es otro tema y otro problema.

Nadie discute que una capital que, tanto por su tamaño poblacional como territorial, tiene tendencia a la anarquía necesita de alcaldes que manden. Burgomaestres con autoridad. Mas una cosa es eso y muy otra el autoritarismo con personas, además, que cumplen así -legítimamente- con sus obligaciones familiares, no por afición o por deporte sino por necesidad. Las propias relaciones de Mockus con el Concejo no solo han sido tirantes sino están cada vez más deterioradas; y aun cuando es cierto que los ediles andan rodeados de toda suerte de gabelas burocráticas y salariales (que deben corregirse), tampoco resulta justo satanizarlos por principio y pregonar que a cuanto se oponen es por atravesárseles a los propósitos de la Administración, por no recibir del Distrito las retribuciones personales que esperarían.

Cuál civismo, Antanas? No más días hostiles de hombres encerrados y mujeres en la calle, por decreto, y viceversa. No más días sin carro, a mansalva. Y, si de restricciones se trata, pico y placa para todos en las mismas dosis, sin antipáticas discriminaciones sociales. Pues una cosa es gobernar en épocas normales y muy otra resulta hacerlo cuando existe un desempleo galopante, así eso les parezca a los amigos del orden una excusa demagógica o un pretexto para causar desorden por prurito.

robpos@eltiempo.com.co

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.