EL DESINFLE DE MOCKUS

EL DESINFLE DE MOCKUS

Es cruel y desconsiderado, para con quien en un acto de locura decidió medírsele a este monstruo llamado Bogotá, alegrarse porque al alcalde Mockus no le estén saliendo bien las cosas. El exceso de reflexión y la falta de contacto y soluciones con las tragedias diarias de esta ciudad, así esté apostándole al futuro e imbuido en experimentos de cultura ciudadana, le puede salir muy caro a quien hoy todavía encarna una figura popular. Y, por contraste con nuestra desprestigiada casta política, necesaria y refrescante.

23 de junio 1996 , 12:00 a. m.

Lo que sucede es que los niveles de exacerbación y desespero de los habitantes con la calidad de vida de Bogotá han convertido al Alcalde en una especie de pararrayos. Meditaciones y pensamientos muchos, dice la gente, pero acciones pocas. Ante las expectativas en la ciudadanía de que a lo mejor en manos de Mockus se iba a producir un milagro, los bogotanos han comenzado a descubrir que al pintoresco personaje lo ha comenzado a desbordar el día a día. Lo injusto es que Mockus siempre se ha cuidado de no prometer nada que no pueda cumplir.

Ser demasiado cauteloso, filosófico y semiológico tiene sus inconvenientes y peligros en una ciudad presa de la falta absoluta de autoridad, indisciplinada y caótica. Eso sin mencionar el pavoroso deterioro de sus vías, la inmoralidad, la suciedad de sus calles y la agresividad de sus habitantes.

Ha faltado y lo admite Mockus mucha gestión. Tenemos la impresión de que mientras la ciudad se desbarata por pedacitos, su Alcalde prefiere encerrarse con sus asesores a meditar sobre el futuro de la capital y olvidarse, en lo posible, del sufrimiento diario de los bogotanos. Pensar en el largo plazo no es malo. A esta ciudad lo que le ha faltado es que se le maneje con criterio planificador. La administración, sin embargo, debe encontrar esquemas que le permitan conciliar los dos escenarios: aquel de visión con el de la cruda realidad de una urbe vuelta añicos. En este último ha fracasado el alcalde Mockus.

A ello ha contribuido su complicada e inexpugnable personalidad. No oculta su aversión por la política y por quienes, mal que bien, son sus agentes. Abomina negociar y prefiere el peligroso camino de querer ganarlas todas. Para Mockus ceder equivale a claudicar. No se trata de renunciar a principios o pedirle que se convierta en un politiquero clientelista como muchos de sus antecesores, a quienes se les debe que estemos como estamos.

Convendría, sí, que el Alcalde revisara sus relaciones con quienes son actores decisivos de la ciudad. Cuántas cosas se han dejado de hacer; cuántos recursos se han perdido o están a punto de perderse; cuánta sinergia se ha perdido con la Nación o con el Congreso por cuenta del estilo Mockus y de su manera despectiva de ver la política. Sin que tenga que entregar puestos o hacer concesiones politiqueras, sin que tenga que rendirse a los pies de los concejales, como muchos de sus predecesores, el Alcalde debe aplicar a su forma de gobernar la ciudad algo de realismo. El estado crítico de la capital demanda que se despoje de algunos de los prejuicios hacia quienes ya no cogobiernan, como antes, pero tienen mucho que ver con lo que le ocurra, hoy y mañana, a Bogotá.

Si bien al bloqueo de esta semana se le ven las garras políticas de algunos concejales, uno que otro edil y urbanizadores piratas, el Alcalde no puede calificar como pilatuna la parálisis que sufrió la ciudad esos días. Parece ser también el reflejo de un estado de ánimo de la ciudadanía que ve pasar los días sin que ocurra nada. Lo que hay en gestación es una explosiva manifestación ciudadana de inconformidad y descontento de una inmensa cantidad de bogotanos que se sienten desamparados y huérfanos de gobierno.

Cambiar la realidad de la capital más peligrosa del continente sin recursos, sin dolientes y con tanto enemigo adentro, es prácticamente imposible en tan corto tiempo. Guardo la esperanza de que, una vez dejada atrás toda esa pensadera, el año que viene será el año de Mockus, un hombre dotado de una gran sabiduría y una incuestionable honradez. Para bien de la ciudad. Y de la política.

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