EL LADO DÉBIL DE CLINTON

EL LADO DÉBIL DE CLINTON

Todas las semanas, ya no hay excepción, se filtran nuevas informaciones del sonado escándalo de Whitewater. En las ruedas de prensa de la Casa Blanca, el vocero del presidente sale todos los días con escudo de acero para intentar responder los interminables cuestionarios sobre los Clinton-escándalos. (VER INFOGRAFIA: LOS TRES ESCANDALOS DE LA FAMILIA PRESIDENCIAL)

23 de junio 1996 , 12:00 a. m.

Y aunque a la postre el presidente Bill Clinton es el que tiene que gobernar y ganar las elecciones de noviembre, hay una persona crucial, de quien todo depende: su avezada esposa.

En los líos de los Clinton, Hillary Clinton, de 48 años, siempre es la actriz principal, la heroína o la culpable, la dueña de la información, la mandamás de las intrigas. La que pintan en las caricaturas como el diablillo de Washington. En fin, aquel personaje enigmático y respetado, que de acuerdo a un libro reciente (Socios en el poder) promete convertirse en la Primera Dama más poderosa y significativa de la historia de Estados Unidos.

Detrás de todo gran hombre...

Ya son bien conocidos los poderes de Hillary dentro y fuera de la Casa Blanca. Al iniciarse esta administración, los medios de información estadounidenses profundizaron sobre sus dotes decisorios, su determinación profesional, de cómo su salario triplicaba el de su esposo y de otras anécdotas que inicialmente hacían ver a Bill Clinton como un enano. Nunca se habló de Hillary la sumisa.

Mientras Clinton se había dedicado a la política en Arkansas, ella triunfó como abogada. En su ajetreada y siempre ascendiente carrera profesional, llegó a dirigir en Washington el respetado Fondo para la Defensa de los Niños. Y en 1974, trabajó en un comité del Congreso dedicado a tumbari al presidente Nixon.

En 1993 ayudó al presidente a liderar el fracasado proyecto de ley para revolucionar la salud pública en este país, algo atípico en Estados Unidos, y en 1994, según The New Yorker, habría pensado en lanzarse a la presidencia. Su influencia sobre su esposo era tal que los comenzaron a llamar Billary.

Pero los mismos dotes que le permitieron moverse habilidosamente para convertirse en una de las abogadas más respetadas del país, ahora la tienen en jaque; a ella y al presidente de Estados Unidos.

Obstruyó la justicia En dos de los casos escándalos más importantes del momento, Hillary es pieza clave. Son estos Whitewater (desaparición de cuentas y caso Foster, específicamente) y Travelgate (ver gráfico).

Esta semana, en el informe sobre Whitewater presentado por un comité en el Senado, los republicanos atacaron la integridad de la Primera Dama.

Según concluyeron, Hillary Clinton habría obstruido el trabajo de investigadores federales ocultando unas cuentas importantes para el caso Whitewater. Dichas cuentas estuvieron desaparecidas durante 18 meses hasta que un buen día aparecieron sobre un escritorio de la Casa Blanca.

Igualmente habría manipulado la investigación del misterioso suicidio del amigo de los Clinton, Vincent Foster, quien como abogado de la Casa Blanca conocía a fondo lo relacionado con Whitewater y Travelgate.

Como abogada de Rose Law durante los ochenta, Hillary Clinton trabajó para la fracasada Madison Guaranty, una agencia de ahorros y préstamos sobre la cual gira el caso Whitewater, una trama de escándalos financieros y inmobiliarios ocurridos en Arkansas cuando Clinton era gobernador de ese estado. Por haberle costado, indirectamente, unos 60 millones de dólares al erario público, Whitewater se convirtió en investigación federal.

En cuanto a Foster, encontrado muerto en mayo de 1993 y con una carta de suicidio de dudosa autenticidad, los investigadores republicanos argumentan que cuando Hillary Clinton se enteró de su muerte, encomendó a sus ayudantes de confianza que evitaran cualquier potencial desconcierto o daño político.

La Primera Dama ha negado todos los cargos. Un reporte presentado esta semana por demócratas en el Senado la exonera de toda culpa. La gente estadounidense tiene derecho a saber que ésta investigación de un año de duración no arroja ningún tipo de mala conducta o abuso de poder por parte del Presidente o la Primera Dama.

Puesto para los amigos El otro lío que persigue a Hillary Clinton es Travelgate, en el que según los fiscales la Primera Dama ordenó los despidos, a principios de 1993, de siete trabajadores de la oficina de viajes de la Casa Blanca. Pese a que los Clinton aseguran que los despidos ocurrieron por corrupción de los funcionarios (solo dos de los siete habrían estado involucrados en transacciones ilegales), esta habría sido una movida para darle trabajo a amigos suyos.

Quien tomó la rienda de esa oficina fue un amigo de los Clinton cuya agencia de viajes en Little Rock, World Wide Travel, había manejado los viajes de la campaña electoral de 1992. El nombramiento de David Watkins y sus amigos en ese cargo no arrojó uno sino dos escándalos: meses después de asumir control de la oficina de viajes, Watkins renunció al descubrirse que había utilizado un helicóptero presidencial para ir a jugar golf en Maryland.

Un sub-escándalo de Travelgate es Filegate; para acelerar la investigación de la corrupción de funcionarios de la oficina de viajes, los Clinton ordenaron al FBI investigar el caso, casi a la fuerza, en lo que se considera fue un abuso de poder.

Culpable o inocente, Hillary Clinton es el centro de atención de todos los gatesi en la Casa Blanca. A cinco meses de las elecciones presidenciales, hasta las intenciones de Hillary Clinton de adoptar un bebé son vistas por sus detractores como una manera de desviar la atención del público.

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