CASTRO, EL REY DE LOS IDIOTAS

CASTRO, EL REY DE LOS IDIOTAS

Durante una reciente gira por varios países latinoamericanos para presentar un libro que acabo de perpetrar con Carlos Alberto Montaner y Plinio Apuleyo Mendoza, Manual del perfecto idiota latinoamericano , me han preguntado hasta la saciedad: quién es el más idiota de todos? Siempre contesté que los idiotas son muchos pero que, con toda justicia entomológica, debe señalarse contemporáneamente a Fidel Castro como la reina de la especie.

23 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Y, añadí, que son idiotas quienes creen que el problema principal de Cuba es el embargo estadounidense, que su levantamiento precipitaría la caída de Castro y que la ley Helms-Burton es una conspiración contra la soberanía de Canadá, México, España, Francia, Japón o la Cochinchina.

Se ha desatado en España una fuerte campaña contra la ley Helms-Burton de una inequívoca índole nacionalista. Detrás de todos los argumentos respira el orgullo español herido por una legislación norteamericana supuestamente imperialista.

Un análisis puramente legal bastaría para demostrar que lo único que ha hecho Estados Unidos (E.U.) es ejercer su derecho como país. La ley no dice que se va a penalizar a quienes inviertan en Cuba sino a quienes trafiquen con propiedades que fueron de E.U. y dejaron de serlo por un acto, no de derecho, sino de fuerza.

Quienes no trafiquen con estas propiedades pueden seguir comerciando con Cuba, del mismo modo que Cuba puede seguir montando empresas en el exterior para burlar el embargo, como lo hizo durante tantos años desde su famoso Departamento MC que acabó en el juicio estaliniano contra el general Ochoa, De la Guardia y compañía. Como le dijo recientemente el canciller argentino Di Tella al canciller cubano, Cuba puede comerciar todo lo que quiera con el mundo, siempre que pague.

Pero no es este argumento legal, basado en que Estados Unidos tiene derecho a proteger a sus ciudadanos ejerciendo así la función esencial que tiene el Estado, el que quiero traer a colación. En España, las razones para apoyar la ley son más poderosas que en todos los otros países del planeta.

Se invoca en estos días, con las venas del cuello hinchadas, los derechos de las pocas decenas de empresarios españoles que han decidido, con poco sentido de sus propios intereses, hacer negocios en la Cuba de hoy. Por qué tendrán estos intereses que ser más importantes, a la hora de juzgar la ley Helms-Burton, que los de las decenas de miles de comerciantes españoles cuyas propiedades y negocios fueron confiscados por Castro. El comercio minorista estaba prácticamente en manos de españoles en la Cuba de fines de los 50 y unos 30 mil españoles expropiados por Castro nunca fueron compensados por aquel acto de brutalidad.

Pero hay más: si escarbamos un poco en la historia cubana de este siglo llegaremos a la conclusión de que un porcentaje elevadísimo de la población es española. Entre la población cubana blanca (40 por ciento del total), quienes no tienen ascendencia española inmediata son una minoría. En 1902 un censo estableció que la mitad del millón trescientos mil habitantes eran españoles (incluyendo, para desgracia de América, a un tal Angel Castro).

En los años siguientes llegaron a Cuba ochocientos mil nuevos inmigrantes españoles, entre asturianos, gallegos y canarios, que inclinaron decisivamente la balanza demográfica hacia el lado español. Y no era una inmigración hija o nieta de españoles, era española y punto. De esa inmigración son hija y nieta directas las dos generaciones que hoy constituyen el universo de víctimas del régimen castrista y está en marcha una tercera.

Si es válida la premisa de Palmerston de que la política exterior de un país debe ser defender los intereses de sus ciudadanos, quién puede afirmar que España debe oponerse a la ley Helms-Burton? Pero hay aún más: está entre los intereses de España, también, defender la democracia en los países latinoamericanos. Esto significa, en términos prácticos, penalizar a las dictaduras. Todavía está muy lejos del continente americano la conciencia de que la libertad es indivisible, que no se puede separar la libertad política de la libertad económica. Aunque hay muchos ejemplos americanos de libertad a medias, ningún caso ha contribuido más la confusión ideológica y moral que el caso cubano.

El último episodio de la larga batalla de Castro en favor de la confusión es la opción china : el intento de crear unos espacios de capitalismo dentro de estructuras de poder comunistas o simplemente despóticos. La piedra de toque de esa operación es la inversión extranjera. Se vende la idea de que Cuba al menos va hacia la libertad económica, lo que engendrará la libertad política.

Que este razonamiento es farisaico lo demuestra el hecho de que Yugoslavia, que tuvo relaciones económicas privilegiadas con las democracias desarrolladas, siguió siendo una dictadura comunista hasta los acontecimientos cataclísmicos que todos conocemos, y el hecho de que Ceausescu, a quien fue concedido el trato preferencial por Estados Unidos, se aferró al poder en Rumania por 24 años.

Aunque es cierto que las sanciones económicas no bastan para tumbar gobiernos, no hay duda de que las inyecciones económicas vitaminizan a las dictaduras. Y aunque la Cuba de Castro no ofrece ninguna seguridad jurídica a los inversionistas extranjeros, ni hay allí las mínimas condiciones económicas para que los capitales hagan buen negocio, la existencia de estas inversiones provee un sostén al régimen de Castro y le facilita la siniestra inculcación del síndrome de Estocolmo entre sus víctimas, psicológicamente dependientes de la única mano que les pone un mendrugo en la boca.

Es una buena cosa que José María Aznar no se haya dejado acorralar por la histeria antiyanqui durante la visita de Al Gore y que haya mantenido muy claras las prioridades; incluso si se está formalmente obligado a oponerse a la ley Helms-Burton , no debe perderse nunca de vista que la batalla principal en el caso cubano es contra la tiranía y a favor de sus víctimas, y que Estados Unidos no es responsable ni de que Cuba sea una inmensa fábrica de sufrimiento ni de que 10 millones de cubanos no lleguen a producir la tercera parte de los 30.000 millones de pesos que los exiliados cubanos producen cada año en el país libre que les abrió las puertas cuando todos los demás se las cerraban.

Desde agosto de 1994, cuando Castro lanzó a 30.000 balseros contra las costas de la Florida (y Washington desperdició la oportunidad de acabar de una vez por todas con la dictadura), uno tenía la impresión de que la única prioridad en la política exterior hacia Cuba era evitar nuevos inmigrantes. Gracias a un error político monumental, el asesinato de los pilotos de Hermanos al Rescate , Castro precipitó una saludable alteración de las prioridades en la política exterior norteamericana hacia Cuba. Mantengamos esas prioridades donde deben estar.

*Periodista peruano.

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