EL REVOLCÓN DE LOS DOCTORES

EL REVOLCÓN DE LOS DOCTORES

Hablar bien de uno mismo es algo chocante, fastidioso. Así sea con razón y justicia como sería el caso que yo me dedicara a la auto_alabanza. Por eso, prefiero callar. Tocar temas de medicina es algo que tampoco me apasiona hacerlo en esta columna periodística.

19 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Pero, ante las situaciones que se han venido presentando en el país a raíz de todas las reformas en el área de la salud, no opinar es cerrar los ojos ante una avalancha como forma de esquivarla. Si de economía no sé nada, y si de política no entiendo, de planeación nacional, puedo jurarlo es la más misteriosa incognita disciplina que pueda comentar. Y, por eso cuando el doctor Gaviria resolvió darle un revolcón a este país con su risita burletera y sus asesores de primera comunión, no podía opinar si eso sería la bendición o la catástrofe para el país. Porque los que trabajamos honradamente para vivir somos las víctimas y los protagonistas silenciosos de los dramas, los jaques y los mates que se fraguan en las mesas de mármol o en los pasillos lujosamente alfombrados de los diferentes ministerios, al calor de una champaña burbujeante. Y así como se protagonizó y dio vida y luz verde a una apertura económica sin restricciones, limitaciones, ni trabas, menospreciando y olvidando factores propios, autóctonos, ancestrales y que llevaron a la gran mayoría del sector agrícola y textilero a la ruina, así también se sucedieron cambios radicales en el concepto de la salud, de la atención al paciente y del papel del médico como persona humana y como profesional. Quizás ese concepto romántico de épocas no muy lejanas en el cual el médico era no tan solo el encargado de vigilar y cuidar la salud de sus pacientes sino también amigo y confidente de ellos, con los cuales tenía un vínculo sentimental hecho realidad a través de un apretón de manos o de una sonrisa afectuosa de simpatía y estímulo, quizás ese concepto no deba existir dentro de las actuales circunstancias del mundo actual de la tecnología y de la deshumanización del individuo. Esa masificación de los servicios sin una base profesional adecuada, en la cual el Estado lanza al circo Romano de la opinión pública desinformada a los profesionales de la medicina a una lucha a dentelladas por la supervivencia bajo el látigo de los aurigas representados por las empresas y pulpos económicos que se lucran y benefician del trabajo a destajo y mal remunerado de todo el cuerpo médico.

Y el paciente perdiendo su identidad como persona humana, convirtiéndose en un número de una ficha, en un síndrome, en una tarifa sin rostro ni identidad, con un tiempo limitado para respirar o para desnudarse sin derecho a reír o llorar, pero tal vez con el ánimo revanchista o de desprecio por aquel que tan solo trata de sobrevivir y de ayudarlo dentro de los límites, marcos y márgenes de tiempo que el Estado le brinda. Y para dónde vamos?. En qué terminará este experimento que se llama Ley 100?. Cuántas instituciones prestadoras de servicios fallecerán?. Cuántas entidades promotoras de salud llegarán a iliquidez?. Y en cuánto tiempo?. Bueno, eso no importa. Lo importante en este país es hacer cosas...asi no sirvan...asi fracasen...asi no existan toda clase de estudios para asegurar su viabilidad...eso ya es problema para otros. A mí que me suelten.

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