INDICIOS DE CRECIENTE DESEMPLEO

INDICIOS DE CRECIENTE DESEMPLEO

El presidente Eduardo Santos contaba una anécdota deliciosa de su experiencia en el ejercicio del gobierno. Al concluir el primer día, su amigo el canciller Luis López de Mesa le inquirió: Pues ya lo sabes, dime qué es gobernar . La respuesta fue inmediata y tajante: Muy sencillo: gobernar es firmar . Por entonces (cuatrienio de 1938 a 1942), hasta el más nimio nombramiento debía llevar la rúbrica del Jefe del Estado. Lo mismo los contratos de cierta cuantía.

25 de junio 1996 , 12:00 a. m.

A los cuatro años, al término del mandato, el propio canciller López de Mesa le repitió la pregunta: Ahora que lo sabes mejor, dime: en qué consiste el arte de gobernar? El todavía Presidente de la República, satisfecho y orgulloso de su obra y de sus ejecutorias, le repuso: Muy sencillo: gobernar es apurar .

No le había resultado difícil adoptar e imponer la diligencia reflexiva en la acción, proviniendo de un oficio en que no se puede dejar para mañana el trabajo de hoy y dotado como estaba de la libido imperandi. O las cosas se hacían a tiempo o no se hacían. Tanto más si el plazo de que se disponía era fijo e improrrogable.

La anécdota anterior viene a cuento con motivo de la tendencia a diferir en el Distrito Capital de Bogotá la ejecución de programas inaplazables. También a propósito de la aparición de pertinaces brotes de desempleo en su radio de influencia y en el resto del país.

Por un mal entendido perfeccionismo en el planeamiento, por el prurito de tener en caja la totalidad de los recursos necesarios o por falta de garra administrativa, los proyectos no arrancan, no se realizan, no salen de los diseños hermosos en el papel, mientras las necesidades públicas se extreman y se agota la paciencia expectante de los ciudadanos.

De otro lado, los criterios fríamente tecnocráticos ven crecer sin angustia el desempleo, convencidos de que es mal propio del ajuste automático de las economías y aporte bienvenido a la campaña por reducir la demanda agregada y, por contragolpe, la inflación. En este caso, no parece reconocerse la importancia de apurar. La táctica es la de esperar, la de permitir el avance de los acontecimientos, cualesquiera sean las implicaciones sociales.

A las torres de marfil o de cristal de la tecnocracia no alcanza a llegar el rumor de las inquietudes populares. Pero el desempleo no significa solamente el ocio y el sacrificio de quienes lo sufren, sino el hambre de seres humanos, la búsqueda afanosa y aun desesperada de medios de subsistencia y el estímulo inconsciente a la criminalidad. Características y secuelas poco recordadas cuando deliberadamente se juega su carta conspirando contra la producción nacional o simplemente cuando se le admite renunciando a buscarle inmediatos lenitivos.

* * * Pasando por alto el hecho de que su director y vocero hubiera tomado partido adverso en el juicio al presidente Samper, no cabe desdeñar las revelaciones de la Cámara Colombiana de la Construcción sobre la pérdida de puestos de trabajo en su sector, especialmente de aquellos que demandan calificaciones menos exigentes.

La desaparición del cuarenta y tres por ciento de los que había el año anterior no puede menos de constituir grave campanada de alarma y de incitar a buscarle pronto alivio. Las cifras preliminares indican un descenso de novecientos mil a quinientos trece mil empleos, o sea una destrucción de cerca de cuatrocientos mil.

Existiendo propicios márgenes de maniobra, en situaciones parecidas se ha optado por intensificar las inversiones públicas. No propiamente solución definitiva para el agudo e intensivo problema de Bogotá, la movilización de los dineros distritales ociosos y la activación de sus obras contribuirían en forma apreciable a crear nuevas oportunidades de trabajo. Las autoridades y los habitantes de la capital de la República hemos de entender que en cuestiones de seguridad no todo han de ser fórmulas utópicas de desarme, de un policía en cada esquina o de ensanche de la capacidad de las cárceles.

La actividad menor o mayor de las entidades territoriales repercute en el conjunto de la economía de la nación. Lo comprenden los municipios y departamentos mineros; no siempre aquellos en los cuales, como en Bogotá, la industria se disemina y no se expresa a través de uno o dos productos. Se careciera de ingresos públicos suficientes, se justificaría la morosidad. No constituye, por fortuna, la causa de la actual dolencia del Distrito Capital, donde lo inquietante y perturbador es la indolencia.

No se pretende cargar a los entes públicos la responsabilidad única de crear empleo. Ni mucho menos. A la iniciativa privada incumbe primariamente este deber y a las autoridades facilitarle su cumplimiento. La desocupación se ha presentado primero en la agricultura, luego en la manufactura y enseguida en el comercio minorista.

Mientras los brazos cesantes fueron absorbidos por la industria de la construcción, se creyó tolerable el proceso y fruto de la buscada competitividad internacional. No obstante, al sobrevenir el desfallecimiento de ésta, cesó de existir el refugio al cual iban a parar los desocupados del campo.

* * * Con el argumento de que a la industria de la construcción le llegó el fin de su ciclo de auge y de que a él concurrieron los dineros de la bonanza del narcotráfico, se ha querido desconocer el influjo decisivo de las exorbitantes tasas de interés sobre su ritmo e incluso sobre el de la agricultura y la manufactura, afectadas originalmente por la indiscriminada liberación comercial. Es taparse los ojos ante incontestables evidencias.

En gracia de la paz nacional, será mucho pedir que se sienten en mesa redonda los representantes de cada una de las zonas de autoridad a contemplar el fenómeno del creciente desempleo y a coordinar los esfuerzos destinados a resolverlo sin perjuicio de la estabilidad monetaria del país? A la luz de la experiencia, no olviden que en situaciones azarosas como la presente, y, en general, de desarrollo de los pueblos, gobernar es apurar!

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