A LA PRENSA QUIÉN LA RONDA

A LA PRENSA QUIÉN LA RONDA

El mundo de hoy asiste entre escandalizado y tolerante al fenómeno de la corrupción. En Latinoamérica: Brasil, México, Ecuador, Perú y Colombia son los casos más notables. En Europa: Italia y España parecen ser los casos de mostrar Ay del mundo latino!, es la expresión que se nos ocurre lanzar. Pero más allá del repudio a este problema mundial, es bueno referirse a un aspecto que podríamos denominar la corrupción del lenguaje, aspecto no tan desdeñable como el fenómeno que se pretende condenar y sacar a la luz. En este caso, para ser más exactos, la corrupción del lenguaje periodístico.

30 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Para comenzar, no está de más recordar las funciones que algunos académicos del mundo de los medios atribuyen a estos. Alejandro Muñoz-Alonso expresa que las funciones de los medios son las siguientes: 1. Presentación de la información objetiva; 2. Interpretación y explicación de las informaciones; 3. Contribuir a la formación de la opinión pública; 4. Fijar agendas políticas y controlar el gobierno y las instituciones. Por su parte, Francis Balle, citando a Charles Wrigh, define las funciones de los medios así: 1. La vigilancia; 2. La transmisión cultural y todo lo relacionado con la distracción, y 3. La creación de relaciones. Como consecuencia, cada una de estas funciones ejerce influencia en varios niveles, a saber: la sociedad global, el individuo, los grupos intermedios y la cultura en su conjunto.

Como se puede observar por estas opiniones, existen variados enfoques desde los que se han definido las funciones de los medios. No obstante, se tendrán en cuenta solo las funciones de que habla Muñoz-Alonso.

En este sentido, preocupa enormemente la forma como se vienen asumiendo estas funciones y el lenguaje que utilizan los medios colombianos, en lo que hace referencia a su labor periodística. A este respecto, me referiré a algunos elementos que en mi opinión han sido escamoteados en la labor periodística colombiana, lo que ha llevado a una corrupción del lenguaje que se utiliza en los medios. Esos elementos son: titulación de las noticias; conversión de la noticia como medio publicitario; presentación de las noticias; uso indebido de la fuente y uso de la edición como recurso para fijar agendas al país.

Acto publicitario Quizá pueda resultar inevitable que algunas noticias, por su naturaleza, degeneren en ocasiones en una especie de publicidad. Ello es más obvio cuando se trata de noticias relacionadas con personas de la vida pública, pues por la imagen positiva que tienen, todo lo que dicen, los medios terminan prácticamente vendiéndolo. Puede suceder, así también, con actividades del mundo de la cultura y el espectáculo, que por las virtudes que se presumen que encierran, se les da un despliegue inusitado en los informativos.

No obstante, no deja de ser cuestionable que en una buena porción las noticias se hayan convertido en un acto publicitario, por efecto de la utilización indebida de titulares que no corresponden al contenido o la utilización ambigua de frases en el texto informativo. Lo más grave en este caso, es que parece que este recurso se convirtió en un hábito, porque en cierto modo la titulación se asume como un gancho para la venta, sean medios escritos o de carácter audiovisual. Los ejemplos sobre el particular están a la vista en los informativos de todos los días, por lo que no creo necesario referirme a uno en especial.

Presentación de la noticia Un acto como el de presentación de noticias que parece tan inocente y fuera de toda sospecha de parcialidad, es otro de los aspectos que preocupan hoy en el mundo a cargo de los comunicadores. En este sentido, es cada vez más reiterativo cómo en el afán de chivas el periodismo se olvida de su misión, y prima cierto interés de escandalizar y generar sensacionalismo, bajo el pretexto de la importancia de las noticias. No asombra por eso ver a periodistas y presentadores, que con sus estados de agitación y nerviosismo buscan contagiar a sus radioescuchas y televidentes, con lo que las noticias se convierten en un acto dramático, esto sin contar las noticias sobre violencia, que por su misma naturaleza son ya de por sí dramáticas.

Colateralmente con este flanco de presentación se encuentra la modulación de la voz y el glose de las noticias que cada vez se hace más frecuente, principalmente en los informativos de televisión y radio. Aquí, es de destacar la entonación deliberada que hacen algunos presentadores, lo cual de hecho le da un carácter de glosa a la presentación de la noticia.

No está de más recordar el suceso de la descertificación por parte de E.U. para ilustrar lo anterior. A una declaración del ministro de Justicia en el sentido de que Colombia solo venía recibiendo monedas en la lucha contra las drogas declaración ya de por sí fuera de tono, una presentadora de TV no solo presentó la noticia en una entonación inaceptable, sino que trastocó el vocablo monedas por moneditas, lo cual aunque parezca irrelevante, levanta reacciones más fuertes en los televidentes, pues les da a las declaraciones de un alto funcionario una connotación más pugnaz y peyorativa.

De igual modo, ya escasean las noticias donde se les deja a los lectores, radioescuchas y televidentes, margen para que saquen sus conclusiones de lo que la fuente suministra como información. Se ha vuelto tan inaceptable el glose que hacen los comunicadores de las informaciones que solicitan, que ni siquiera las informaciones que se dan en directo por TV se escapan a la dictadura informativa que ha establecido en general el periodismo y todo esto bajo el socorrido argumento de que los comunicadores no pueden ser indiferentes a la situación.

Así, entonces, un rasgo como el de no tragar entero para decirlo de manera castiza que se presume debe ser una cualidad de todo comunicador, ha terminado distorsionando su labor, porque a la larga se glosa para tomar posiciones; y no para evaluar la fuente periodística.

Edición y uso de la fuente Por este camino, la fuente ha terminado también pervirtiéndose y viene tomando credibilidad menos por su valor periodístico y más por su lugar dentro de la vida pública. La crisis por la que atraviesa el país ha puesto de manifiesto este fenómeno. Eso toma un carácter más delicado si se tiene en cuenta que la edición final de las noticias es lo que a la postre otorga calificación y credibilidad a lo que la fuente suministra como información. No es por eso casual, que cada día más se oigan voces de rectificaciones. Es que se ha vuelto ya un recurso más frecuente el uso de informaciones fuera del contexto en que las proporcionan las fuentes.

En consecuencia, los comunicadores son los que deciden de modo un tanto arbitrario qué es lo relevante y qué es noticia, y qué no. El resultado es que los medios quizá de buena fe, pero esto no los exonera de su responsabilidad se han erigido en las instituciones que le fijan la agenda al país, cosa que por demás no es negativo per se, pero en situaciones de crisis como la actual, prácticamente terminan creando un ambiente en la opinión en la que esta solo reacciona favorablemente a ciertas declaraciones y fallos, si ello corresponde con el ambiente de condena que han prefigurado para unos, y con el ambiente de complacencia y benevolencia que han prefigurado para otros.

Así, pues, creo que es pertinente un debate que conduzca a un replanteamiento de la labor informativa. No creo que la labor de informar consista en lograr que tengamos también nuestro propio watergate. Los comunicadores deberían dejar esa soberbia con la que tanto alardean, y entender que su labor debe contar con mecanismos de control y no precisamente para censurar que es el fantasma que siempre exhiben para autodeclararse víctimas de la censura, como sucedió cuando el debate sobre la expedición del reciente estatuto anticorrupción, sino para evitar el desbordamiento en que vienen incurriendo sin que existan mecanismos suficientes que les obliguen a resarcir los daños a las víctimas. Y esto porque, entre otras cosas, un sistema democrático funciona con mecanismos de control, que sirven de contrapeso entre los poderes públicos. La pregunta entonces es: y cuál es el de los informativos? La autorregulación que deben imponerse los periodistas, es lo que se ha dicho hasta ahora!, pero esto parecería más digno del humor de Jaime Garzón en QUAC el noticero .

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