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¿Volverán nuestros productos a Venezuela?

¿Volverán nuestros productos a Venezuela?

Aunque desaparecieron las importaciones ficticias de productos colombianos en Venezuela y la sobrefacturación en algunas de nuestras exportaciones reales, en condiciones normales y sin las restricciones que se nos imponen en el vecino país nuestras ventas con ese destino podrían haber alcanzado un valor superior a tres mil millones de dólares en el 2010.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
27 de abril 2011 , 12:00 a. m.

No ocurrió así, pues apenas nos aproximamos a 1.500 millones, muy por debajo de EE. UU. (10.700), Brasil (3800) y China (2.800). No somos ya grandes proveedores de ese importantísimo mercado en el cual las compras externas participan con más de 40 mil millones de dólares. También dejó de ser Venezuela principal destino de las exportaciones industriales colombianas, cediéndole ese lugar a Ecuador el año anterior. En esa significativa reducción de nuestros despachos debemos considerar otros dos factores no menos importantes. Primero, la fuerte competencia de EE. UU. y de Brasil con muchos de nuestros renglones de exportación, la cual obviamente nada tiene que ver con la discrecionalidad ideológica del Gobierno venezolano en el manejo de su política de importaciones. EE. UU. domina el mercado de aceites, químicos, farmacéuticos (con Brasil), fertilizantes, plásticos (con Brasil), metalúrgicos, equipos eléctricos, vehículos (con Brasil) y equipos médicos. Brasil, por su parte, es líder en carne, azúcares y calzado. El otro factor está relacionado con nuestros empresarios, que ven con justificado recelo ese mercado, y no quieren apostarle a la incertidumbre política y mucho menos a la zozobra que genera el indefinido aplazamiento de sus pagos, como realmente ocurre. Venezuela no es un mercado vecino; es ahora un mercado comercialmente distante y de difícil acceso. Era años atrás el mercado generador de empleo, era la primera aproximación a un mercado global para muchos de nuestros industriales y la escuela exportadora para otros. Lo perdimos, paradójicamente, por culpa de nuestra negociación de un TLC con los EE. UU. que aún no está vigente y por las equivocaciones de gobiernos enfrentados por razones distintas de las que deben prevalecer en una integración binacional.

Sin embargo, ahora que el presidente Chávez es el "nuevo mejor amigo" del presidente Santos, ambos países se disponen a celebrar un nuevo acuerdo que sustituirá entre ellos a la Comunidad Andina. Ya los venezolanos lo hicieron con Ecuador y Bolivia bajo la figura de un Acuerdo de Cooperación y Complementación Económica concebido ideológicamente tal como lo expresa esta frase del Canciller ecuatoriano: "Estamos suscribiendo un acuerdo que nos va a permitir ya no poner las reglas de cómo van a competir nuestras empresas para ver cómo sacan a otras del mercado, cómo las destruyen, cómo se las comen, como el tiburón a las sardinas, sino cómo trabajar en conjunto por el desarrollo de nuestros pueblos". Y el alcance que tendrán estos nuevos acuerdos se puede deducir de esta afirmación del mismo funcionario: "las partes privilegiarán en una primera etapa los sectores más importantes".

Difícil prueba para nuestros negociadores. ¿Tendrán finalmente que aceptar que uno de los países menos globalizados del mundo nos imponga condiciones de negociación similares a las que se daban en los años sesenta, cuando la tendencia universal apunta hacia el comercio libre y de carácter general, lejos de corrientes ideológicas y espíritus populistas? ¿Tendrán en cuenta que con el ingreso en pleno de Venezuela al Mercosur, Brasil accederá sin limitaciones a ese mercado, mientras los empresarios colombianos se verán obligados a negociar directamente con el Gobierno venezolano, según lo han advertido fuentes no oficiales? En este proceso de negociación Colombia tiene que proponer y como es lógico, aceptar o rechazar propuestas de Venezuela. Es una negociación de dos, y no unilateral como sospechamos que puede ocurrir finalmente, a favor de las exigencias venezolanas. Tenemos firmes argumentos para un acuerdo más universal que parcial. Uno de ellos es la contribución posible de las exportaciones colombianas a la reducción del índice de inflación en el vecino- lejano país, que en el 2010 fue el más elevado de América Latina con 26,9%. De otra parte, un acuerdo de alcance parcial discriminaría en contra de la producción venezolana al favorecer más ampliamente a tantos países con los cuales firmamos tratados de libre comercio. Nuestras relaciones bilaterales no deben depender de humores políticos ni de empatías u odios de nuestros gobernantes, sino de las fuerzas de los mercados, dejando de lado absurdas y anacrónicas discriminaciones. Si hoy las exportaciones de EE. UU. a Venezuela suman casi once mil millones de dólares, ¿no será acaso que se está discriminando en contra de los exportadores latinoamericanos, cuando debería ocurrir, pensando como Chávez, todo lo contrario? Los próximos meses nos dirán qué tan buen "nuevo mejor amigo" es Chávez, o cómo reaccionará el presidente Santos si las concesiones de Venezuela en el campo comercial no son tan generosas como esperamos

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