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Las lecciones del Perú

Las lecciones del Perú

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
18 de abril 2011 , 12:00 a. m.

Millones de peruanos deben de estar aterrorizados. Y no es para menos: verse obligados a escoger a su Presidente entre la hija de un dictador corrupto que quiso perpetuarse a punta de represión y robo y un ex militar nacionalista, populista y ahijado de Hugo Chávez, es lo más parecido a una pesadilla. Como dijo Mario Vargas Llosa: "Es como decidir entre el sida y el cáncer terminal".

¿Cómo es posible que el país que mejores índices de crecimiento económico ha tenido en la región en los años recientes termine en semejante sin salida? Es cierto que los partidos tradicionales, tanto el Apra del actual presidente Alan García, como la vieja Acción Popular de Fernando Belaúnde, llevan años en crisis. Y que esa condición siempre es una puerta abierta al aventurerismo, que tuvo su primer y doloroso capítulo en el largo mandato de Alberto Fujimori. Pero eso no basta para explicar que más de la mitad de los electores haya optado por la vía cuasi suicida de llevar a la segunda vuelta presidencial a Keiko Fujimori y a Ollanta Humala. Mucho menos si se tiene en cuenta que, en la baraja de candidatos, estaba el economista Pedro Pablo Kuczynski, considerado como el cerebro del milagro económico peruano de estos años.

Kuczynski casi pasa a la segunda vuelta, pero Keiko lo derrotó gracias a los votos que arrastró en las regiones más pobres del norte del país. Y Ollanta sacó más del 30% de los votos, en buena medida con la votación de las capas más pobres y desatendidas del sur.

En resumen: ambos finalistas ganaron con el apoyo de aquellos millones de peruanos para quienes el crecimiento de la economía peruana no ha significado nada. Y ahí está la clave. Con las cifras de crecimiento económico ocurre algo terrible en países como el Perú. Si son negativas, desencadenan más desempleo y más pobreza. Pero si son positivas, aunque bajan un poco el desempleo, no reducen significativamente la pobreza.

Esa es la lección más importante que nos deja lo que está pasando en el Perú.

Y en Colombia, en particular, estamos obligados a tomarnos en serio esas señales. Con un desempleo de dos dígitos, que apenas si baja cuando las cifras de crecimiento económico suben, está claro que nuestro modelo de desarrollo poco o nada está haciendo para reducir los altos índices de pobreza, de manera permanente e importante.

No soy de los que creen que haya que buscar modelos estatistas o socialistas a la antigua. Creo que sus resultados, en Cuba y Venezuela, o en la Bolivia de hoy, donde los pobres se le están rebotando a Evo Morales, dejan en claro que ese no es el camino. Pero que el comunismo haya fracasado no quiere decir que el modelo capitalista sea un éxito. Y menos cuando de reducir la pobreza se trata.

No solo hay problemas con el modelo. Es que, lo mismo en el Perú que en Colombia, lo que salta a la vista es la incapacidad del Estado para resolver los problemas de la gente más pobre. Lo que ha ocurrido en el país con la emergencia invernal es dramático: cuando ya una nueva oleada de lluvias se nos vino encima, las zonas devastadas por las inundaciones de finales del año pasado siguen sin ser atendidas más que de manera tangencial. Y no por falta de plata, sino de gestión.

En el sur del Atlántico, en Gramalote, en el norte del Valle del Cauca y en decenas de regiones más, cientos de miles de colombianos siguen esperando que el Estado les dé algo más que un mercadito de vez en cuando, y una desvencijada escuela como albergue. Lo mismo sucede con muchos otros frentes de la gestión social del Estado: no funciona, no llega, no sirve para reducir la pobreza. Es el caldo de cultivo perfecto para las aventuras, para el populismo de derecha o de izquierda, que empeora aún más las cosas. Ojo, mucho ojo pues con lo que el drama peruano nos está dejando como lección.

mvargaslina@hotmail.com .

Perú es el país de la región que más creció en estos años.

¿Por qué entonces escoge a Keiko y a Ollanta?

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