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Parras huérfanas

Parras huérfanas

En medio de la nada, perdido en el Valle del Maule -la zona campesina profunda del Chile vitícola- converso con don Raúl. A sus setenta y tantos, don Raúl conserva su buen humor. Tampoco lo ha abandonado su paso seguro y la energía para trabajar la tierra. Caminamos por entre viejas parras de país, la cepa que trajeron los españoles al Nuevo Mundo, una uva considerada de cuarta categoría en el mapa del vino actual, pero que don Raúl cuida con cariño. El viñedo se encarama por una ladera y, a medida que vamos subiendo, de tanto en tanto él se detiene a echarle un vistazo a las plantas; toca las hojas como quien acaricia las orejas a un perro.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
17 de abril 2011 , 12:00 a. m.

Don Raúl tiene una hectárea de país, apenas una hectárea de plantas retorcidas por el tiempo; los troncos gruesos subiendo por la ladera de suelos arcillosos, rojizos. Él cree que esa viña la plantó su abuelo, aunque -me dice- quizás haya sido el abuelo de su abuelo el que tuvo la idea. En todo caso, desde que recuerda, él ha tenido que cosechar esas uvas y ayudarle a su abuelo y luego a su padre a vinificarlas, todo en la pequeña bodega de paredes de adobe que se encuentra justo a los pies de la ladera.

Hoy hace frío. Las nubes, densas como columnas de humo se arrastran por entre las cimas de los cerros, mientras don Raúl me sirve el vino de la cosecha, un tinto hermoso en su simpleza, fresco, ligero, amable, el tipo de vinos que traen recuerdos dulces. "Está bueno", le digo. "Claro que lo está", me responde con una sonrisa.

Tradiciones que mueren Cuando don Raúl muera, sin embargo, ese vino y esas viñas quedarán huérfanas.

Ninguno de sus hijos se ha interesado en aprender el trabajo, así es que él se encuentra solo. Él y su mujer, solos ante el espectáculo de esa ladera empinada, llena de parras más viejas que ellos mismos, pero quizás igualmente desamparadas, impotentes ante el giro de los acontecimientos, ante el avance de la modernidad, que ha dictaminado -como César en el Coliseo- que esas viñas ya no tienen espacio en este mundo.

A veces en el vino pasan estas cosas. Tradiciones que se pierden; herencias que se botan al tarro de la basura. Claro que, como ya entenderán, esto no solo sucede en el pequeño planeta del vino, en ese universo de juguete que hemos construido los que amamos esta bebida.

Por eso pasa a menudo que cuando uno habla de vinos, en realidad está hablando de otras cosas. Y a mí eso es algo que no me deja de sorprender. Esa universalidad que puede tener una bebida, esa suerte de conexión con otros mundos en los que, por ejemplo, también hay cosas que se pierden, también hay parras ancianas que se quedan huérfanas

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