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Ospina Pérez, 'un hombre de principios'

Ospina Pérez, 'un hombre de principios'

Conocer a mi abuelo era tener certeza de no sentir temor, porque siempre vivía enseñándonos de la vida como dice mi tía María Clara en uno de sus poemas: "tú, sabio minero, me otorgaste el valor".

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
16 de abril 2011 , 12:00 a. m.

Su mejor consejo, "never complain, never explain" ("nunca se queje, nunca dé explicaciones"), fue el ejemplo más valioso que nos dejó. Ospina procuraba no contradecirse.

Siendo nieto de don Mariano Ospina Rodríguez, fundador del Partido Conservador y sobrino del general Pedro Nel Ospina Vásquez, ambos ex presidentes de Colombia, el doctor Ospina fue siempre una persona sencilla en sus hábitos y distinguido en sus maneras; él mismo decía que no quería escribir una autobiografía porque le parecía como un autoelogio y eso podría producir incredulidad.

Fue educado por su padre, don Tulio, ingeniero y geólogo, llamado el Sabio en Antioquia, quien lo llevó a recorrer a pie las tierras de Colombia, y es allí en donde, según él, se produjo su simbiosis con el campo colombiano y con los campesinos, a quienes siempre ayudó y lo adoraron.

Contaba que desde su niñez se impresionó mucho por ser uno de los pocos que iban al colegio calzado, por eso en su gobierno decretó el calzado obligatorio para los campesinos y decía "parecen pequeñas cosas, pero entrañan algo de la dignidad humana".

En uno de esos paseos a una hacienda cafetera, se tragó una semilla de café que no le permitió jamás levantar demasiado la voz en público ni en privado, lo que siempre consideró que lo había favorecido en la política.

Cuando el gobernador de Antioquia, Octavio Arizmendi Posada, lo llamó para darle el parte de seguridad le dijo: "Por aquí va subiendo la marea", entonces mi abuelo contestó: "Esté tranquilo. Cuando sube la marea, a mí me baja la presión. Vea a ver si esa formulita le sirve".

Nunca reconoció enemigos, nunca lo vimos ni alterado ni de mal genio. Hay varias anécdotas que lo describen a cabalidad.

El 9 de abril de 1948, en momentos en que el país se encontraba incendiado y el Palacio Presidencial sitiado, su escritorio en el despacho era el blanco preferido de los francotiradores. Cuando llegaron los jefes Liberales, lo primero que le propusieron, amablemente, fue correr el escritorio de la zona de peligro: él se negó a hacerlo, porque consideraba que su deber era morir en su lugar.

Luego, los invitó a otro salón para que se sintieran seguros. Mientras los escuchaba, prendió un cigarrillo y dejó que la ceniza llegara hasta su fin sin que se cayera. Esto lo hizo para que los asistentes se dieran cuenta de la serenidad en que se encontraba y, al final de la conversación, pronunció su más célebre frase: "Más vale un Presidente muerto que un Presidente fugitivo".

Su sentido del humor En plena crisis política entre el presidente (Alfonso) López Michelsen y doña Bertha, por la columna 'El Tábano', que mi abuela publicaba primero en El Siglo y luego en La República, le preguntaron al doctor Ospina cómo podría ayudar a calmar la tempestad y él les contestó: "Yo me casé con Bertha por lo católico y no por lo político".

En una visita que le hizo el periodista Jaime Soto, de Contrapunto, a su finca La Clarita, en Fusagasugá, este le dijo: "Quién iba a pensar que usted me encarceló el 9 de abril por tener una supuesta emisora clandestina". Y el doctor Ospina respondió: "Dele gracias a Dios que me tocó a mí el problema, si le hubiese tocado a Berthica lo hubiera mandado fusilar", y soltó la carcajada, con ese buen humor que lo distinguía.

Disfrutaba mucho viajar de incógnito por Colombia con su ruana paisa, era consciente de que hablar desde cualquier municipio era hablarle al país entero.

También le encantaba visitar destinos que tuviesen un contenido político: al Chile de Pinochet, del cual admiró el experimento de las privatizaciones; también viajó a la China de Chiang Kai Shek y, cuando un amigo suyo le aseguró que en la China comunista habían acabado con el hambre, él le respondió con sorna: "No hombre, que la repartieron por igual".

Con ocasión de la visita que hizo a Colombia el presidente de Chile Salvador Allende, en septiembre de 1973, en el gobierno de Misael Pastrana, invitado por el canciller Alfredo Vásquez Carrizosa, él solía decir: "En política, un error es una verdad que se equivoca de fecha".

El gran amor de su vida fue mi abuelita Bertha; ellos tuvieron una relación respetuosa y tolerante. Fue él quien le dio su protección y lealtad para que ella fuera la líder que llegó a ser. Ella siempre entendió que estaba casada con un hombre de buenmozura legendaria: el increíble éxito con las mujeres hacía que llegara de las campañas con el cuello de la camisa pintado de labial de las muchas que lo admiraron.

Invitaban cada semana a los amigos a una frijolada y, en varias ocasiones, cuando mi abuelita se expresaba de manera fuerte, en torno a algún asunto político, mi abuelo Mariano le decía con cariño: "Berthica, por favor, no adjetives".

Una de sus anécdotas políticas preferidas, con la que más gozaba, era la del doctor Hernán Jaramillo Ocampo, su gran amigo. Sucedió cuando a este le preguntaron acerca de una pelea que tenía con doña Bertha y él respondió: "Es que es una pelea mal casada con una señora muy bien casada".

Le molestaba mucho la politiquería, pero no denigraba de los políticos. Cuando sus amigos políticos lo llamaban para hablarle de puestos, él les contestaba con su tono paisa: "Vea hombre, no más política. Fundé La República para no ser mercader de ilusiones, sino empresario de realidades".

Este pensamiento describe al doctor Ospina en su humildad ante todos sus actos.

No le gustaba el lujo, era un hombre sencillo, austero, menos en su forma de vestir, ya que él era consciente de su noble figura.

Fue un abuelo generoso, cariñoso, consentidor de sus nietos, siempre juguetón y un gocetas de la vida. Él tenía la capacidad de divertirse con sus propios chistes y hasta de los cuentos paisas más sencillos, como los de 'Cosiaca', que disfrutaba muchísimo.

Al final de su vida, cuando el médico le pidió la autorización para operarlo, él le dijo: "Yo no creo sino en Dios. Él verá si quiere prorrogar mi vida o de una vez señalar su fin. Pero, a la Providencia Divina hay que ayudarle: que se haga la operación", y así fue como hace 35 años partió, el 14 de abril.

Recuerdo, con gran dolor, que me encontré en medio de la tristeza de toda una familia, en especial la de mi padre, Fernando, mi madre, Olga Duque, y mi abuelita Bertha, quienes lo admiraron y amaron siempre.

Después de haber sido presidente (1946-1950), Ospina y su esposa, Bertha Hernández de Ospina, acostumbraban a visitar pueblos. La foto es de una de aquellas correrías. / Archivo particular

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