COLOMBIANA EN AVIÓN DE ENTRENAMIENTO

COLOMBIANA EN AVIÓN DE ENTRENAMIENTO

Cambridge, E.U. Algunos astronautas lo llaman sin mucho cariño el cometa del vómito . Otros lo ven como la maravilla ingrávida . La mayoría le tiene pavor, pero a la vez, como adictos a una droga cruel, no ven la hora de subir a bordo. Tom Hanks, Kevin Bacon y el director Ron Howard dejaron el pellejo en él durante la filmación de Apollo 13, y dicen las malas lenguas que Bruce Willis hizo tales aspavientos durante la filmación de Armageddon, que la NASA tendrá historias que contar por varios años.

29 de julio 2001 , 12:00 a.m.

Cambridge, E.U. Algunos astronautas lo llaman sin mucho cariño el cometa del vómito . Otros lo ven como la maravilla ingrávida . La mayoría le tiene pavor, pero a la vez, como adictos a una droga cruel, no ven la hora de subir a bordo. Tom Hanks, Kevin Bacon y el director Ron Howard dejaron el pellejo en él durante la filmación de Apollo 13, y dicen las malas lenguas que Bruce Willis hizo tales aspavientos durante la filmación de Armageddon, que la NASA tendrá historias que contar por varios años.

Yo espero dejar sólo buenos comentarios durante mi vuelo inaugural en el KC-135, el mítico avión de entrenamiento en microgravedad de la agencia espacial estadounidense, fijado para el día 3 de agosto.

Todos estamos familiarizados con las escenas de los astronautas flotando dentro del transbordador, o de la Estación Espacial Alfa . Pero muy pocos saben exactamente lo que es verse suspendido en medio de la nada, flotando a ras del techo y haciendo levitación frente a las paredes. Cada año, la NASA expande este exclusivo club de la microgravedad invitando a grupos de estudiantes y unos pocos periodistas con suerte a volar en esta formidable máquina, que es básicamente la versión militar de un jumbo 747. Este año, yo seré una de tales periodistas, acompañando a un grupo de estudiantes de doctorado en Ingeniería Aeroespacial del Massachusetts Institute of Technology MIT.

El KC-135, que duerme en la base de Ellington Field en Houston, está diseñado para hacer vuelos parabólicos, es decir, dibujar en el cielo constantes curvas pronunciadas, subiendo y bajando en ángulos de 45 grados. La física detrás de un vuelo parabólico es lograr que la aceleración de la gravedad del avión sea exactamente igual a la de la Tierra. Cuando esto sucede, todo lo que hay dentro del aparato comenzará a flotar durante unos 25 a 30 segundos, antes de ser reclamado nuevamente por las manos invisibles de la gravedad, cayendo al piso del avión.

En un vuelo de dos a tres horas, los experimentados pilotos del KC-135 logran realizar más de 40 parábolas, a una altura de 26.000 pies. Y aunque ellos, por estar atados a sus asientos, no experimentan los efectos de la falta de gravedad, los demás tripulantes de la cabina principal los reciben en pleno. Porque unos minutos después de esos mágicos 30 segundos de ingravidez llega el momento en que el avión hace gala de su apodo: de cada tres personas que suben a bordo, una se marea terriblemente, otra se marea un poco, y otra no se marea para nada. Cada parábola tiende a cobrar nuevas víctimas, y hay quienes se marean en cada una de las 40 parábolas. Justamente porque somete el cuerpo a los efectos de la microgravedad, es que el KC-135 es uno de los instrumentos más efectivos que existen, no solamente para entrenar astronautas y pilotos, sino también para experimentar el comportamiento de materiales, objetos, aparatos electrónicos y hasta plantas y animales destinados al espacio.

La complejidad del vuelo parabólico obliga a la NASA a entrenar a los futuros tripulantes del KC-135 durante una semana completa, en el Centro Espacial Johnson en Houston. El entrenamiento incluye la despresurización parcial en una cámara hipobárica (donde se reducen los niveles de oxígeno para aprender a reaccionar en caso de emergencia), un sinfín de precauciones de seguridad, la madeja de detalles necesarios para los experimentos que cada grupo llevará a cabo, mucho material para leer, y extensas conversaciones con astronautas (quienes por alguna razón insisten en que el mejor antídoto contra el mareo espacial son los salvavidas de cereza tomados en el momento justo).

Veinte años de cubrir temas sobre espacio, astronomía, astrofísica, oceanografía, ecología, geología y genética me han dado el privilegio de viajar por lugares bastante remotos, de bajar 3.000 pies hasta el fondo del mar en un minisubmarino, escuchar los latidos del corazón de una ballena, tomarle la temperatura a la lava de un volcán activo en Hawai al lado de un geólogo, observar el avance milimétrico de un glaciar en Alaska, buscar huesos de dinosaurio con un paleontólogo y explorar la delicadeza de una rara flor con un etnobotánico. Pero ninguna de estas experiencias se parece a la que estoy a punto de vivir.

Tonelada de exámenes.

La logística que me permitirá ser astronauta por una semana se puso en marcha tiempo atrás, cuando decidí dedicar muchos años para especializarme en periodismo de temas de ciencia y medio ambiente. Este es un trabajo cuya responsabilidad significa aprender constantemente cómo se hace la ciencia hoy en día. Se trata quizás de una de las más complejas ramas del periodismo, ya que cada historia exige convertirse en una especie de experto en una serie de temas que cambian y avanzan constantemente, para luego hallar la forma de seducir al público con detalles que lo estimulen para aprender más sobre la tecnología que rige su vida y la que gobernará su futuro.

Las cosas se concretaron hace un año, tras haber aceptado una beca de estudios especiales otorgada en conjunto por las universidades de MIT y Harvard para invertir un año en estudios de varias disciplinas científicas, en estas dos instituciones. Puesto que MIT trabaja estrechamente con la NASA, saltar de una conversación casual con un profesor a una realidad, implicó una tonelada de exámenes médicos y sicológicos, una larga lista de credenciales, mucho entusiasmo, y la promesa de poner mi grano de arena dentro del experimento de las estudiantes, que consistirá en analizar el comportamiento de una vela solar en microgravedad.

Faltan apenas dos semanas para iniciar mi entrenamiento en el Centro Espacial Johnson, en Houston. Entre las expectativas, la emoción, el temor a lo desconocido y las tremendas ganas de aventura, lo único que atino a rezar por las noches, antes de dormirme, es: Dios, no me vayas a hacer quedar tan mal como Bruce Willis!.

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Angela Posada-Swafford es periodista colombiana nacionalizada en E.U. Colabora en publicaciones colombianas, Astronomy, Discovery.com, Muy Interesante, el Miami Herald y hace documentales radiales para National Public Radio en E.U. y Discovery Channel Latinoamérica/Iberia. La crónica de su vuelo será publicada en L.D.

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- Posada-Swafford, derecha, en el Centro espacial Goddard de la NASA, en Maryland, con dos periodistas que cubren ciencia.

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