Teatridanza da voz a la melodía de un barrio

Teatridanza da voz a la melodía de un barrio

Salta al escenario, ágil, feliz, descalzo, se encorva y agrieta la voz: "¿Qué hubo, mis perros, todo bien? Venga, ¿me va a comprar un baretico?", dice. Tiene escasos 11 años pero conoce bien a su personaje, lo ve a la cara todos los días.

15 de abril 2011 , 12:00 a.m.

-¿De dónde sacas el personaje?, le pregunta 'Moncho', el profesor.

No tiene tiempo de responder: sus amigos, sentados del otro lado del escenario en las nueve bancas del pequeño teatro Ciat, gritan en desorden: "Del colegio.

Es el que pasa todos los días a vender la bareta", responden apresurados.

La escena ocurre en la esquina más alta del nororiente de Bogotá, en el último resquicio de Chapinero, donde la ciudad se pelea por ser montaña, en el barrio San Isidro, en los límites con La Calera. Ahí mismo está el refugio donde estos niños interpretan la realidad que viven todos los días y se protegen de ella jugando al teatro, aprendiendo a recrear su barrio, un lugar llamado Teatridanza.

El Centro Integral de Artes Teatridanza (Ciat), como se llama oficialmente, comenzó como un anexo de la casa de Ligia Cortés y Roberto Nieto, dos titiriteros apasionados, y hoy es el lugar donde cuarenta pequeños y adolescentes se forman gratis en música, danza y teatro o, como dicen los niños, donde "nos alejamos de vicios y nos expresamos".

Lo mejor, los aplausos Es sábado y un sol frío corona la montaña. Los niños llegan a las 2 p. m., como siempre. "Un, dos, tres, cuatro, un, dos tres, cuatro", se turnan para contar mientras hacen círculos por el escenario. Alejandra, de 6 años, sonrisa maliciosa y rasgos indígenas, dirige la cuenta con confianza, al fin y al cabo está en el teatro desde que era bebé, cuando el piso era de tierra y no tenían ni techo.

Del lado del público, solo una hilera de tenis, botas y sandalias se ven bajo las bancas coloridas del teatro construido a punta de retazos y gestión. Suena música brasileña y los muchachos, concentrados, escuchan las indicaciones de Roberto y 'Moncho', como si estuvieran preparando la obra más encumbrada.

Para ellos es así. Significa presentarse ante los vecinos, que sus familias vean el fruto de lo que hacen cada sábado. Ya han hecho montajes de obras como En la diestra de Dios Padre, La melodía del barrio y Agua ceros. Y salieron a presentarse en Bogotá.

"Lo más chévere es cuando la gente nos aplaude, cuando nos da buen tributo", dice Carlos Andrés Muñoz, uno de los más viejos del Ciat: tiene 13 años de vida y 4 en el teatro.

Carlos, pelo engominado, amante del rap, es un niño a medio camino entre la inocencia del campo que aún lo rodea y un adolescente urbano, de pequeña cresta y reguetón. Ha representado al borracho del barrio, a un hombre con muchos perros y anda observando al vendedor de empanadas a quien ya le puso el ojo para su siguiente papel. Pero, sin duda, su preferido es el rapero que cantó esta melodía: "Aquí estoy yo Carlitos 016 / me subo a la tarima para que mi mamá me escuche / tirándome la rima /ahh como siempre, quemándonos las cejas / aquí no descansamos/ aquí nos la sudamos / giii si desde aquí del Ciat / ceeentro integral de arte y danza yea, yea".

"Tratamos de apuntarles a personajes del barrio", dice Roberto. Y por eso en sus ejercicios de observación, los niños proponen personajes blancos como el vendedor de ollas exprés o unos más complejos, como el jíbaro o la adolescente embarazada.

"Ahí salen todos esos monstruos que están aquí y de los cuales hay que protegerlos, es una forma de que hagan catarsis, los vean y digan, esto no es para mí", dice.

A Ligia, la creadora de Teatridanza, le brillan los ojos cuando recuerda cómo empezó esta historia con 40.000 pesos y unas maletas llenas de títeres. La historia del grupo es también la del amor de ella y Roberto, a quienes unió y los mantiene juntos el teatro. Se conocieron en la academia, se fueron de gira por Suramérica y volvieron con lo justo para comprar un lote en el barrio San Isidro, donde luego se levantó el teatro.

"Al comienzo queríamos un espacio para ensayar en la montaña, pero hicimos una función de títeres para los vecinos y fue la locura", cuenta.

Las funciones, siempre gratuitas, se volvieron frecuentes y el espacio se convirtió en el único lugar de recreación del barrio. Mientras, ellos vivían de los espectáculos de títeres que sí vendían en Bogotá, y de la gestión. Así, en el 2007 consiguieron para el techo del teatro y crearon la escuela de formación. Le echaron cemento al piso, pusieron luces y construyeron cada muro con ayuda de los vecinos.

Como la basura de unos puede ser el tesoro para otros, tienen, orgullosos, una pared llena de máscaras que les regaló la Ópera de Colombia, que estaba botando la escenografía de Romeo y Julieta. "Nos las dieron a cambio de que limpiáramos su bodega", se ríe Ligia.

A este proyecto se sumaron otros locos. Alfonso 'Moncho' López, quien recorre dos horas en bus para dar clase a cambio solo de los pasajes. Y Ricardo Carvajalino, Mateo Pérez y Cristian Cortés, que solo reciben pago cuando el Ciat gana una convocatoria.

El año pasado obtuvieron una beca de creación de 'Bogotá tiene talento', de la Secretaría de Cultura de la capital. Con el dinero montaron una obra con adultos del barrio, formados como payasos, y pudieron vivir sin cobrar un peso por las funciones. "Así cobráramos mil pesos, eso seríala bolsa de leche para una familia", dice Roberto.

Aunque lo necesitan: para comprar refrigerios para los niños, terminar los baños o tener un salón de espejos para las clases de ballet. Con techo o sin él, con baños o no, el teatro, siempre se llena. No solo cuando se presentan los niños sino cuando suben artistas.

"Muy poca gente de esta montaña había ido alguna vez a teatro", dice Patricia Fagua, una vecina. Para ella lo que pasa ahí es un acto de amor.

Los reyes del mundo "El amor, qué locura, que solo la cura un cura, pero el cura que lo cura comete una gran locura", se atreve a entonar un niño, y sus compañeros se desternillan de risa. Está imitando a 'Moncho', el profesor.

Él se ríe y aprovecha para darles píldoras de teatro y vida: "Gócense los personajes y, muchachos, lean, lean. Y ahora -sigue-, a caminar como si fueran los reyes del mundo".

Abraham Ángel Wilches lo aplica en serio. Catorce años, rasgos achinados, tabla de skate como una extensión de su cuerpo, tiene la seguridad del actor.

"Siempre que uno actúa siente algo acá (se toca la boca del estómago), piensa que se va a caer, pero respira hondo y listo", cuenta y coquetea: "¿Puede decir ahí que soy soltero?".

Eso es justamente lo que quieren Ligia y Roberto, que sean niños con autoestima, con la seguridad que no es muy común en el barrio. "Más allá de que se conviertan en superactores, queremos que vean que tienen todo para triunfar", afirma ella, mientras al fondo muge una vaca.

"Mi mamá también está feliz, dice que esta es una manera muy bonita de expresarse y de no andar con mariguaneras, o dejarme embarazar", insiste Jessica, una adolescente con ojos color miel.

Visto así, con su mirada y la del resto de niños, el grupo de Ligia y Roberto es el que le cambió la tonada al barrio, los 'superhéroes' que pusieron a escuchar otra melodía a este lugar, en la esquina más alta de Bogotá

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