FUE UN CARNAVAL A2 GRADOS BAJO CERO

FUE UN CARNAVAL A2 GRADOS BAJO CERO

De pronto todo se oscureció. Una espesa neblina invadió el terreno de juego y hasta nieve blanca y roja cubrió todo el terreno de juego. La temperatura estaba 2 grados bajo cero. El frío era terrible, pero la gente saltaba y saltaba de felicidad.

28 de junio 1996 , 12:00 a.m.

No era propiamente un partido de fútbol en Finlandia en pleno invierno. No, estábamos unas 80 mil personas dentro de ese monstruo de cemento y hierro que es el estadio Monumental de River Plate.

El equipo anfitrión acababa de saltar al terreno de juego y fue tanta la pólvora lanzada desde los alrededores del campo, más las luminosas bengalas rojas que se encendieron en las tribunas, que el humo hizo perfectamente el papel de neblina. Los tres árbitros, según Felipe Caicedo, el reportero gráfico de EL TIEMPO que estaba dentro del campo, estaban atónitos. Escasamente podían verse entre ellos, a 50 centímetros de distancia.

Los millares y millares y más millares de papelitos blancos y rojos bien pronto se encargaron de que el césped no se viera más. Parecía nieve, de dos colores, pero nieve pura. Hasta el balón rodaba con dificultad cuando los jugadores del equipo anfitrión calentaban para el inicio del partido.

Los cánticos desde las graderías, entonados por 80 mil gargantas, eran asfixiantes, como la rechifla cuando salió América. Los 11 jugadores parecían unos diminutos puntos rojos que se movían de un lado para otro en medio de ese carnaval inagotable y frenético que armaron los dueños de casa.

Ni siquiera cuando el partido contra Colombia, el del 5-0, cuando Argentina saltó al campo, vi una cosa parecida. Uno allá adentro miraba hacia todos los lados para no perderse detalle porque la majestuosidad del espectáculo invitaba a no perderse detalle. Qué cosa más hermosa , comentó Caicedo.

Los comentaristas de la radio local no cesaban tampoco de exaltar lo que estaban viendo. Igual que nosotros, estaban descrestados por la forma como se preparó el aperitivo de lo que sería una fiesta con final feliz. River, campeón.

Sin el mismo colorido, sin tanta neblina, con menos papel picado, pero con la misma temperatura que obligaba a estar en movimiento para evitar quedar congelado, la fiesta siguió a lo largo de los 90 minutos.

Y ni qué decir del momento cuando el irregular árbitro uruguayo Julio Matto señaló la finalización del compromiso. Como impulsados por un trampolín 1.000 o quizá 3.000, tal vez 5.000 aficionados, saltaron al terreno de juego a abrazar a sus ídolos y a untarse del sudor de la gloria.

Sobre el costado noroccidental del gramado, como por arte de magia, de pronto desaparecieron las camisetas blancas con la banda roja. Lo único que se veía desde la tribuna de prensa era el frenesí de los hinchas que a cómo diera lugar buscaban a sus héroes para compartir la dicha de la conquista de una segunda Copa.

Los policías, vestidos de azul y con cascos y escudos que más parecía que se estuvieran alistando para un nuevo enfrentamiento con los ingleses por las Malvinas, o eran seguidores de River o por instinto de conservación, se hicieron los de la vista gorda y renunciaron a cualquier intento de detener la turba.

Turba, que sació su apetito de celebración y que, de paso, arrasó hasta con la medalla de campeón que le dieron a Enzo Francescoli. Ni qué decir de las camisetas y hasta de más de una par de canilleras que estarán hoy reposando como un valioso tesoro en la casa de algunos de los osados que alcanzaron a meterse al campo.

Lástima por el América, pero semejante fiesta, que tuvo neblina, nieve, una temperatura polar y 80 mil frenéticos participantes, tuvo un final feliz.

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