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Perdido en Quito

Perdido en Quito

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
12 de abril 2011 , 12:00 a. m.

Hay una escena de la historia reciente del cine que me resulta atrevida, fascinante e inspiradora como pocas. Se trata del final no anunciado de Lost in Translation, que en Colombia se exhibió con el título de Perdidos en Tokio.

Trataré de contarla sin dañarles la sorpresa a quienes no la han visto.

Después de una semana de compartir el peso aterrador de una cultura distante, de convertir los pronósticos de tedio en disculpas para la diversión, de sumar soledades para descubrir la complicidad, un actor entrado en años y la joven mujer de un fotógrafo se despiden en un callejón peatonal de la capital japonesa. Bill Murray abraza a Scarlett Johansson y, antes de dar la media vuelta definitiva, le dice algo al oído.

¿Qué le dijo? No se sabe. Tal vez ni siquiera su directora, Sofía Coppola, lo sabe. Sospecho que inventó ese final en cierto modo inconcluso -si se permite el contrasentido- para que cada espectador pueda terminar la historia a su manera. Para instigarle la curiosidad y sembrarle una duda que lo obligará a preguntarse qué haría él, a jugar con la imaginación. Como las buenas películas, esta sigue rodando en la cabeza durante un buen tiempo.

He traído a colación esta película de la hija de Francis Ford Coppola por dos motivos. Primero, porque se encuentra por estos días en cartelera la más reciente de sus creaciones, Somewhere, que se mete en la intimidad de Hollywood a través de la historia de un actor apabullado por la fama que descubre el mundo real de la mano de su pequeña hija. Tiene, por cierto, otro final de muy pocas palabras. Buenísima.

El otro motivo -que ahora encuentro risible- me produjo indignación en su momento. Me encontraba en un hotel de Quito pasando de un canal a otro en busca de una película que me acompañara en mi desvelo, cuando me encontré con Murray y Johansson. Feliz, acomodé las almohadas en el espaldar y los seguí, escena a escena, hasta ese final que tanto me gusta.

Pero, para mi sorpresa, quienes subtitularon la película decidieron corregir el final de Coppola. Así, en lugar de ese silencio maravilloso del original, inventaron un parlamento en el que Bill Murray le dice a su amiga, a manera de despedida, que aquellos fueron unos días inolvidables. ¡Otra película! No he dejado de preguntarme desde entonces por qué la gente le tiene tanto temor al silencio. ¿Acaso por la posibilidad de encontrarse consigo mismo? fquiroz64@gmail.com

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