LA ESTRELLA ROJA DEL AMÉRICA

LA ESTRELLA ROJA DEL AMÉRICA

Doña Estela Castellanos ya tiene su truco para evitar los goles en contra del América. Sentada en su silla de ruedas y sin quitar los ojos de la gramilla del estadio, cruza los dedos y repite en voz baja: San Garrabas, San Garrabas, por fuera te vas, Oscar Córdoba lo taparás .

19 de junio 1996 , 12:00 a.m.

La letanía, que no sabe de dónde le salió, le ha funcionado en los tiros libres en contra de los últimos partidos. Y se siente mejor, porque a los santos es mejor no meterlos en casos de finales de Copa Libertadores.

En la final contra Argentinos Juniors nadie supo dónde fue a parar la figurita del Señor de los Milagros cuando el Pitufo Anthony D Avila tiró por encima de la portería el tiro definitivo en la definición desde el punto penalty. En cambio, en la final contra Peñarol, la Santísima Virgen, el Señor de los Milagros y la veladora salieron volando por una ventana de su apartamento en Chiminangos.

Desde la semana pasada, luego del triunfo 3 a 1 contra Gremio de Brasil, doña Estela no ha tenido descanso. Desde muy temprano se sienta en la mesa de comedor de su apartamento y mientras le da órdenes a Rodrigo, el muchacho que arregla su casa, recibe llamadas de todos los miembros de su barra, la Estrella Roja, que tiene miembros incluso en los municipios más alejados del Valle, resalta en su libreta los nombres de las personas que dicen pasar esa misma tarde por las boletas, les insiste en que tienen que vestir de rojo, cuelga y vuelve a contestar... más boletas, la bandera, el confeti...

Hoy desde las tres de la tarde, en el estadio, doña Estela tiene listos los 100 rollos de papel, los bultos de confeti, la bandera de más de 10 metros de largo, la papayera, el gorro de domador con el escudo del América que le regalaron en el primer encuentro de barras en Medellín, el infaltable dale rojo dale , el grito de gol que todos quieren gritar para abrazarla y cubrirla con la bandera, ofrecerle un trago de aguardiente que ella no puede recibir por culpa una enfermedad que la dejó en silla de ruedas y que la sorprendió en una pirámide Inca cuando fue a ver jugar al América contra el Alianza Lima.

Pero doña Estela sigue tan fuerte y enamorada de su equipo como cuando tenía 6 años, viajaba de Tuluá hasta Cali en un viejo Ford acompañada de su prima y no soñaba con el trofeo de la Copa Libertadores sino con el del campeonato nacional.

Tampoco podía imaginarse hablando con varias generaciones de jugadores, recordando a Leonel Alvarez y al Gato Falcioni con la nostalgia de los viejos amigos. Rifando en la sede del equipo una bicicleta estática y un pesebre para Navidad. Conversando con Umaña a la sombra de un árbol mientras los jugadores hacen el calentamiento preliminar a cada entreno, pensando un grito nuevo para la barra o riéndose del destino porque su hija le resultó hincha del Deportivo Cali Esta noche cuando los jugadores salgan a la cancha, ella dirigirá su mirada a Oscar Córdoba para poder bendecirlo, tendrá lista una bandera de Colombia en las barandas de seguridad del segundo piso de oriental, la bandera de su equipo, la pequeña maleta donde guarda todos los medicamentos que en algún momento le puedan hacer falta y la garganta lista para cantar con todos adelante, adelante mis diablos rojos, América tierra firme, es el grito de batalla de la afición , al ritmo de currulao.

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