AY DE LOS VENCIDOS!

AY DE LOS VENCIDOS!

Así ha sido muchas veces aunque no lo admitan. Se podría llegar hasta pensar que no hay qué hacer. La llaman la maquinaria, o las instituciones y el partido, el orden establecido. Pero sería mejor verlo como la inercia política, sin más objetivo que prolongarse. Esta vez en la absolución política de la persona presidencial, que por eso deja pendientes su responsabilidad y legitimidad. Dentro de la tradición que en unos despierta cólera, en otros resignación y en muchos indiferencia. Los efectos de la rabia están a la vista porque aquella es mala consejera. Sabiendo que la dirigencia política seguirá impenitente, en cuanto a la resignación la inquietud es si el colombiano continuará siendo su peón de estribo. Así como no sería sano descuajar del todo la política que ha configurado al país, tampoco lo es tolerarle, además de la sinvergencería, que se juzgue y absuelva ella misma.

29 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Se ha desembozado cómo la aplanadora oficialista llega a la presidencia y funciona en el Congreso. Encubierta con la retórica falsa de la juridicidad, el nacionalismo y un tartufismo que culpabiliza no al responsable de esta situación sino a quien reacciona contra ella. Ay de los vencidos! Pruebas, las sumas limpias y sucias, ofensivas frente a un pueblo pobre, que gastó la campaña pero sobre todo la tragedia nacional inocultable para propios y extranjeros. Luego de esta absolución, menos disimulable también la inconformidad, en algunos casos oportunista pero en todo caso oposición contra la complicidad ruinosa. Que eso cause molestia afuera, mucha oportunista también e injusta, es comprensible en una globalización que no es solo para negocios. El atropello adquiere ya, como la rebelión, tamaño mundial. Por lo demás, si hay sanciones, no las padecerán los responsables porque hasta en eso hay injusticia.

No obstante, el país protesta. Bestialmente a veces. Pero al tiempo se da recambio localmente, en gobernaciones y alcaldías por ejemplo. La conformación social nueva, profesional por ejemplo, busca hacerse sentir. En muchos sitios no hay Estado y el país ya no es solo Bogotá y otras capitales. Bien que debatido y ya blanco del gamonalato bogotano, el alcalde Mockus es emblemático de ese respiro. Pero con los como él, sería suicida utilizar la misma indulgencia. Hay que examinarlo sin complicidad, desenmascarar su discurso, obligarlo a que diga con quién gobernaría, si es neoliberal, si es cierto que es autoritario pero sobre todo exigirle con Bogotá. Ya es inofensivo solo maldecir al político. El costo de la indiferencia lo paga la gente en la impunidad que corrompe todo. Aquí el vae victis con que amenazó Breno a los romanos, se traduce en que nada cambie y en seguir soportando el agobio del oficialismo.

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