DÓNDE ESTÁ MOCKUS

DÓNDE ESTÁ MOCKUS

Nunca Bogotá había estado peor que ahora, y ello no es una exageración.

28 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Prácticamente no hay una sola vía de la ciudad siquiera una que no tenga huecos.

Para las clases altas, el pésimo servicio de teléfonos se compensó gracias al que ofrecen con eficiencia los celulares, pero los demás estratos sociales, sin acceso a esta tecnología en razón de su costo, son víctimas directas de ese elefante blanco ese sí elefante que se llama la Empresa de Teléfonos de Bogotá (ETB), que inclusive sepultó para sus usuarios los servicios de valor agregado que iban a prestarse a través de una empresa de economía mixta creada en su momento por el entonces alcalde Jaime Castro llamada Colvatel.

El servicio de energía se interrumpe en la forma y a las horas más inusitadas en zonas céntricas de la Capital.

Del tráfico, ni hablar. Transitar en el norte se volvió una verdadera odisea, y las expectativas de soluciones temporales e inmediatas son cada vez más lejanas... No es sino ver con qué languidez feneció el interesante proyecto del metro-bus.

Las calles están vueltas añicos en todos los estratos sociales. Las rebeliones de Patiobonito y Usme son muestra fehaciente de que la anarquía no es solo en el norte sino sobre todo en el sur, en donde se suponía que reposaba en un comienzo la hoy efímera popularidad de Antanas.

Y de la inseguridad, sálvese quien pueda! Desde cuando Julio César Sánchez, si mal no recuerdo, creó los famosos CAI (Centro de Atención Inmediata), con gran éxito, estos se deterioraron hasta el extremo de que existen las casuchas en todas partes de la ciudad, pero prácticamente sin policías y los que aún funcionan tienen las motos dañadas, lo que impide a los agentes desplazarse en caso de necesidad.

Para decirlo con un latinajo, Bogotá, pues, está convertida en una merda. Y, por desgracia, el Alcalde Mockus cada día más desaparecido, como por encanto o a lo peor por susto. Lo cual hasta sería explicable ante tan apabullante caos urbano.

* * * Qué hubiera pasado si los bogotanos, en vez de innovar , y de suponer que así formalizaban, mediante su voto por Mockus, una protesta ciudadana contra la clase política, hubiesen elegido a Enrique Peñalosa como burgomaestre? Tengo la sincera sospecha de que estaríamos algo mejor.

Pero a Peñalosa lo estigmatizaron injustamente como un producto de la clase política que no lo es, por culpa en buena parte de los medios en su permanente afán de echarle todos los males de este país a la clase política sin beneficio de inventario.

Es, sin duda, muy grande la responsabilidad de la prensa en todo este proceso de desdibujamiento de la política y los políticos como actores dirigenciales del país. Y, de paso, una actitud simplista e injusta. Ahora mismo, durante el juicio al Presidente, lo que en términos generales se comprobó es que existe una cantidad de parlamentarios de provincia que eran desconocidos en Bogotá (como el caso del nariñense Darío Martínez, el antioqueño Luis Fernando Duque, aspirante a la presidencia de la Cámara), pero serios y preparados, según lo demostraron a lo largo de sus bien sustentadas intervenciones.

Pero no nos desviemos, porque es otro juicio: el juicio a los medios que los propios periodistas deberíamos tener la suficiente capacidad y fortaleza intelectual de realizar. Frente a sus críticos, y de cara al país.

* * * Sí, lástima de Peñalosa, quien ignoro si habría sido magnífico alcalde, pero al menos se había preparado conscientemente para serlo.

Y lástima de Mockus porque, pese a su radiante honestidad y sus constantes manifestaciones e intenciones de buena voluntad, le ha faltado algo vital en un líder: tener autoridad y don de mando. Tenerlo y saber ejercerlo.

Sí, son conmovedores y hasta de buen recibo sus arrebatos pedagógicos; sus pitos y sus mimos. E incluso tierna por decir algo su conducta de desarmar a los policías, en medio de semejante hampa como la que nos asedia. Y como si sus miembros los hampones no vivieran armados hasta los dientes, con elementos de todo tipo: armas blancas, cortas, largas, de alto y grueso calibre, etc. metiéndose a los apartamentos a plena luz del día.

Mockus habría sido maravilloso como ensayo de alcalde para educar a una ciudad pequeña. No una metrópoli de 7 millones de habitantes invadida de rateros y bárbaros.

Y es que ni siquiera se observa su presencia en cosas tan de bulto como el hecho por ejemplo de que muchas de las calles (como la Avenida 82 a partir de la carrera once, o la carrera 16 entre calles 84 y 80, detrás de la Clínica del Country, donde las aplanadoras arman los trancones diarios más fenomenales) están rotas por culpa de los constructores, a quienes no se les reclama ni exige su responsabilidad en la destrucción del pavimento de las mismas, por culpa de sus obras y de los pesados camiones que las cercan. En cuánto trastornan el tráfico durante el día las volquetas que llevan tierra y ladrillo y sacan desperdicios en las centenares de construcciones que se toman, abusivamente y sin ningún control, las distintas vías de la ciudad? Ni a aquellas pequeñas cosas, ni mucho menos a las grandes, ha logrado Mockus meterles mano. Le quedaron ídem: muy grandes. Y lo peor del cuento es que las esperanzas del buen gobernante se desvanecen en la medida en que sus electores pierden la fe en el lituano vertiginosamente y, sobre todo, no se nota de su parte bríos ni fuerzas para decir: ahora sí! Ahora sí, todos por Bogotá!

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