POLÍTICAS DE GRANDES Y PERSISTENTES OBJETIVOS

POLÍTICAS DE GRANDES Y PERSISTENTES OBJETIVOS

El hecho de que el ingreso por exportaciones no tradicionales vaya a sobrepasar este año los siete mil millones de dólares y a superar al conjunto de las tradicionales no obedece solamente a la caída dramática de las de café a apenas mil millones de dólares y al descenso de las de hidrocarburos a tres mil seiscientos millones.

26 de julio 2001 , 12:00 a.m.

El hecho de que el ingreso por exportaciones no tradicionales vaya a sobrepasar este año los siete mil millones de dólares y a superar al conjunto de las tradicionales no obedece solamente a la caída dramática de las de café a apenas mil millones de dólares y al descenso de las de hidrocarburos a tres mil seiscientos millones.

Fruto maduro es de la política adoptada hace treinta y cuatro años con el claro objetivo de vencer la escasez crónica de recursos de cambio exterior y la dependencia absoluta de la economía cafetera. Política que a pesar de sus bruscas y lamentables interrupciones, de sus contradicciones y desfallecimientos, vuelve a arrojar estimulantes resultados y a evitar que el anterior cuello de botella sea el principal factor limitante de nuestro desarrollo y mantenga al país al azar de las oscilaciones de sus artículos primarios en los mercados internacionales.

Cuando el Producto Interno Bruto por habitante se reduce, cuando la pobreza ascendente afecta ya al cincuenta y nueve por ciento de la población, cuando las desigualdades se ahondan y el desaliento y el desempleo se aclimatan, parece pertinente observar cómo en otros ángulos neurálgicos se ha conseguido resolver problemas que por muchos años se creyeron insolubles. La adopción de propósitos específicos y de mecanismos adecuados permite salir con criterios propios e instrumentos nacionales de inercias que por muchos años se consideraron inamovibles.

Nunca ha sido aconsejable a los pueblos reducirse al afán del día, como tampoco dejarse atrapar por las adversidades, estancarse y resignarse a vegetar. Hoy por hoy, las esferas directivas del país dan trazas de haberse engolosinado con la supuesta capacidad curativa de la recesión y preferir las políticas pro-cíclicas a las anticíclicas. O en otros términos, las que respetan, perpetúan o acentúan la tendencia adversa, en lugar de ver de modificarla.

Inclinados a inspirarnos en oráculos ajenos y a atribuir nuestros infortunios económicos a circunstancias externas, no reparamos en la responsabilidad de cada nación frente a sus males específicos. En cierta medida pueden originarse fuera de las fronteras patrias, pero en lo fundamental cada pueblo se labra su suerte.

Por determinación soberana de nuestras autoridades, la recesión colombiana precedió a la argentina. Y, por supuesto, a la desaceleración de la economía estadounidense, cuyo acertado manejo le augura crecimiento del dos por ciento al fin del año y de tres a tres con veinticinco por ciento el próximo, ritmo importante dada la magnitud excepcional de su riqueza. Con tales perspectivas, se alejan de su interior los signos de catástrofe y las repercusiones previsibles que en las sobreinversiones en nuevas tecnologías se engendraron.

A contrapelo del fatalismo.

No entiende uno por qué el catálogo de infortunios y retrasos no da pie en la Colombia actual a un programa coherente e imaginativo para enmendarlos. Aquí las dolencias se agudizan y vuelven crónicas.

Aun a riesgo de pecar de monotemáticos, citemos una vez más el empobrecimiento y el excesivo desempleo, prohijado inicialmente este desde el poder público y luego mantenido con el vano argumento de su presunta condición estructural. Como si en las fases recesivas de tantas naciones no se hubiera demostrado la posibilidad de reducirlo sustancialmente mediante políticas compensatorias y anticíclicas. Lo mismo la extensión e intensificación de la miseria y el debilitamiento o el colapso de las actividades sanas y productivas.

Una especie de fatalismo se ha apoderado de la enclaustrada mentalidad colombiana. Argumento socorrido ha sido el de que nada se puede hacer frente a la globalización centrípeta (la que impele hacia el centro), salvo imitar los niveles educativos de las grandes potencias. A la luz de esta teoría, la brecha que de ellas nos separa sería cada vez más grande, menores las oportunidades de producción y trabajo y peores la nutrición, la salud y la vida humanas. Como para salir corriendo.

A semejantes concepciones neoliberales hay que oponer la confianza en la idoneidad de los colombianos para construir una patria más próspera, justa e igualitaria, con una economía no estancada sino dinámica, remozada y en capacidad de garantizar a cada compatriota el derecho a ganarse el pan con el sudor de la frente. El quietismo, la desocupación y el hambre no pueden ser objetivo válido en ningún régimen democrático.

Cierto es que un cáncer peculiar nos enerva y devora: el de la violencia con su cortejo de ruina, desolación y muerte. Tal es drama de raíces criollas que atormenta y desangra a la nación. Pero, mientras se dobla su cabo de tempestades, nada autoriza a seguir políticas económicas y sociales que lo agravan y de ningún modo contribuyen a erradicarlo.

abdesp@cable.net.co

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