EL DOLOR

EL DOLOR

Alguien dijo que el dolor es el precio que pagamos por el regalo de estar vivos . Ahora bien, cómo manejamos el dolor? Podemos enfrentarlo con serenidad o con rabia, con aceptación o amargura. Cada cual elige su camino. Lo que sí está claro es que sólo aquel que se cultiva espiritualmente actúa con la calma de Sócrates o de Jesús ante el mal y la muerte. Por tanto, detente y pregúntate cuánto tiempo y cuántas energías dedicas a estar con Dios, a aquietarte, a arrojar máscaras y al desapego.

26 de julio 2001 , 12:00 a.m.

Alguien dijo que el dolor es el precio que pagamos por el regalo de estar vivos . Ahora bien, cómo manejamos el dolor? Podemos enfrentarlo con serenidad o con rabia, con aceptación o amargura. Cada cual elige su camino. Lo que sí está claro es que sólo aquel que se cultiva espiritualmente actúa con la calma de Sócrates o de Jesús ante el mal y la muerte. Por tanto, detente y pregúntate cuánto tiempo y cuántas energías dedicas a estar con Dios, a aquietarte, a arrojar máscaras y al desapego.

Ni siquiera los golpes más duros te robarán la calma si de verdad estás enamorado de Dios y en paz con la vida. Por eso, San Pablo soportó, sereno, persecuciones, cárcel y enfermedades, y Hellen Keller era feliz ciega y sordomuda. Seguramente, tú mismo has visto personas contentas y ubicadas, a pesar de estar en el torbellino del infortunio. Y no están refugiándose en una negación, no, su fe y su amor les ayudan a no identificarse con el dolor y a tomarlo como algo pasajero y como un maestro.

Claro que la adversidad nos mueve a preguntar por qué yo? o por qué tan cruel? Sin embargo, un buen día, la luz brilla al cambiar cada por qué por un para qué y tomar consciencia de que nadie transita por la vida libre de penalidades. Por eso es tan popular en el Oriente esta historia: una mujer afligida y deshecha en lágrimas fue a visitar a un sabio maestro a quien todos veneraban como taumaturgo. Llevaba en brazos el cadáver de un niño y, en medio de dolorosos gemidos, imploró: Señor, te lo ruego, devuélvele la vida a mi hijito. Con dulce compasión, el anciano miró a la madre y le dijo: Buena mujer, ve a la aldea y entra de casa en casa. En aquella en la que no haya habido ninguna muerte pides un poco de mostaza, la traes y tu hijo volverá a la vida.

La mujer partió a toda prisa y fue de hogar en hogar hasta visitar todas las localidades del pueblo. Luego regreso desolada donde el sabio y le dijo: Señor, no he podido traer el grano de mostaza porque la muerte los ha visitado a todos y a varios con más fuerza que a mí. Ya entendí lo que me quieres enseñar y, aunque tengo el corazón partido, sé que la muerte es inevitable . Así es, le dijo el sabio, pero tu hijo no está muerto. El vive más allá y tú debes vivir por él y por ti. Sigue adelante, no te entierres con tu hijo, sirve a otros y tu dolor se hará llevadero hasta convertirse en oro puro.

El dolor educa, purifica y nos permite darle a cada cosa su justo valor. Pretender suprimirlo del todo es negar la misma vida.

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