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¡Qué miedo la calle!

¡Qué miedo la calle!

Que las calles y avenidas de Bogotá son los escenarios donde sus habitantes se sienten más inseguros es un hecho que no necesita mayor verificación estadística. Sin embargo, esos territorios del miedo ciudadano constituyen solo la puerta de entrada a otras realidades, plenamente identificadas por la reciente Encuesta de Victimización de la Cámara de Comercio de la capital.

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
03 de abril 2011 , 12:00 a. m.

En trece años de aplicación del útil instrumento, la ciudad nunca había alcanzado guarismos tan elevados. En apenas un año, el indicador de victimización general se trepó doce puntos porcentuales y alcanzó el 49 por ciento. Uno de cada cinco encuestados afirmó haber sido víctima directa de un delito en el transcurso del 2010, mientras que el 28 por ciento reportó que lo fue alguno de los miembros de su hogar. No sorprende, entonces, que la percepción de inseguridad en Bogotá también se haya disparado. En comparación con el segundo semestre del 2009, el porcentaje de quienes sienten que la ciudad es más peligrosa saltó de 58 al 72, el más alto en los 13 años de la encuesta. No hubo una sola de las 19 localidades capitalinas medidas en las que este indicador haya mejorado o se haya mantenido estable. * * * * ¿Fue el 2010 un annus horribilis en seguridad únicamente para los bogotanos? Lo preocupante es que las tendencias de deterioro de los indicadores en las principales urbes del país son similares. Los datos comparados de las ocho que cuentan con observatorios 'Cómo vamos' ratifican que el año pasado, con la excepción de Bucaramanga, la sensación de zozobra fue alta. Mientras que únicamente el 35 por ciento de los barranquilleros se siente seguro, en Ibagué tiene esa sensación el 29, al igual que en Cartagena.

Las más recientes encuestas de esta red de iniciativas cívicas, impulsadas por esta casa editorial y otros socios, dibujan un alarmante mapa de temores urbanos. La geografía del miedo es muy similar. Los atracos callejeros son considerados la problemática más seria en Bogotá, Bucaramanga, Valledupar, Ibagué, Cali y Cartagena. La excepción es Medellín, donde la presencia de pandillas supera a los robos dentro de las preocupaciones ciudadanas. En definitiva, aunque en un nivel porcentual más alto, los agudos fenómenos encontrados por la Cámara de Comercio no son exclusivos de la capital y aquejan a otras zonas urbanas. Estos sondeos, realizados por distintas organizaciones, no hacen más que traducir en estadísticas una verdad de a puño: las calles del país están tomadas por los atracadores, los raponazos están a la orden del día y los teléfonos celulares son sus principales botines. Al mismo tiempo, los habitantes claman por más policías. .

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Sería injusto afirmar que el Gobierno Nacional está cruzado de brazos frente a la crítica situación. Mientras en el Congreso se tramita un Estatuto de Seguridad Ciudadana y se creó en la Casa de Nariño una alta consejería para el tema, la Policía Nacional viene desplegando una estrategia de vigilancia por cuadrantes para golpear el delito pequeño. Entre otros puntos, el proyecto de ley endurece el tratamiento penal de ciertas conductas y provee herramientas de lucha jurídica. Sin embargo, la criminalidad crece a mayor velocidad que la respuesta estatal.

En el caso de los uniformados de cuadrante, la encuesta de la Cámara de Comercio muestra que solo el 25 por ciento de los bogotanos conoce el programa y dos de cada tres lo califican de malo y regular. Esto es una alarma para la Policía Metropolitana: no solo hay que dar a conocer la iniciativa, sino también explicar mejor sus alcances y su funcionamiento. La ubicuidad del hurto callejero y su desproporcionada capacidad para atemorizar al ciudadano de a pie no son desafíos novedosos ni complejos para las autoridades. Pero la persistencia de la problemática y su generalización en las distintas urbes minan la confianza en la institución policial. Asimismo, impiden el disfrute del espacio público, alejan a los clientes de los corredores comerciales y deterioran ostensiblemente la calidad de vida. .

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Siendo el 2011 un año electoral en los entes territoriales, la inseguridad se convertirá sin duda en una de las peticiones más sentidas. De hecho, desde Barranquilla hasta Cali, esta problemática es identificada en los instrumentos de los 'Cómo vamos' como una de las prioridades que deben resolver los futuros burgomaestres. Si bien todo debate sobre abordajes frescos de la lucha contra el delito urbano es necesario y bienvenido, es importante que los candidatos a las alcaldías no caigan en propuestas populistas o en soluciones simplistas que trivialicen tan crítica discusión.

Los hombros de los policías y los alcaldes no son los únicos que deben soportar las estrategias para combatir este tipo de delincuencia: también deben involucrarse los observatorios cívicos, el aparato de Justicia, las denuncias de las víctimas, las asociaciones barriales y comunitarias, los centros educativos... La batalla contra el miedo de los ciudadanos a las calles infestadas de ladrones y pandilleros se conduce desde la autoridad, la política pública y el compromiso cívico.

editorial@eltiempo.com.co .

"La geografía de los temores ciudadanos en las urbes colombianas es similar. La batalla para recuperar el espacio perdido ante la delincuencia no solo es de alcaldes y policías, sino también de los habitantes"

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