MIEDO HASTA CUÁNDO

MIEDO HASTA CUÁNDO

Vuelve aunque nunca desaparecerá el fantasma de la extradición, en mala hora prohibida por una asamblea constituyente amedrentada o, a través de algunos de sus miembros, presta a hacerles favores al narcotráfico. Desde el día en que el país, muerto del pánico, se rindió a los pies de Escobar y se dieron las condiciones para hacer imposible la extradición de nacionales, ratificamos con vergenza nuestra vocación de santuario para los traficantes de droga.

30 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Y ante la evidente debilidad de la administración de justicia y las relativas comodidades y ventajas para algunas de las cabezas del negocio de la droga y muchos de sus socios políticos, los gringos le han querido enviar una señal a Samper, la más fuerte de cuantas han mandado. Quieren en extradición a los Rodríguez. Dicho de otra manera, E.U. considera nuestro régimen judicial una farsa; nuestras cárceles, unos clubes; nuestro Congreso, una pieza del narcotráfico y al Presidente, un mandatario poco comprometido con las cosas que ofreció, con engañosa firmeza, en cartas a congresistas norteamericanos.

La sola mención de la palabra extradición produce terror. No se olvidan fácilmente los sangrientos años en los que Escobar hizo y deshizo a punta de bombas, secuestros y asesinatos de periodistas, jueces, funcionarios y precandidatos. Así logró desmontar el único instrumento jurídico al que temían los narcos. Lo que obtuvimos a cambio, sin embargo, ha sido mucho peor. Y más perjudicial para nuestra estabilidad institucional que la tenebrosa época del narcoterrorismo.

Se perdieron muchas vidas inocentes, es cierto, pero conocimos la crueldad del enemigo y hasta dónde estaba dispuesto a llegar. Muerto Escobar, a manos de una siniestra alianza entre miembros de la Policía y el cartel de Cali, quedó al descubierto una sociedad delictiva tanto o más peligrosa que el cartel de Medellín, muchos de cuyos miembros están a punto de salir libres. Es una organización que cogobierna, que negocia las penas y acomoda las leyes a su medida, cambia códigos y hace transacciones electorales para colocar a sus fichas donde mejor convenga. Es la que corrompe y, con una cáustica sutileza, corroe las bases de una sociedad llena de necesidades.

Cómo, entonces, no van a querer los norteamericanos que les manden narcotraficantes? Habrá quienes brinquen, Constitución en mano, para calificar esa solicitud como una inaceptable intromisión. Y muchos revivirán los temores del narcoterrorismo para así diluir un debate al que obliga una justicia débil y desprestigiada. A ese tema no le podemos escurrir más el bulto. Mucho menos cuando hemos dado muestras suficientes de nuestra incapacidad para enfrentar el problema. A la extradición hay que perderle el miedo. Y estoy con quienes dicen que los delitos que trascienden las fronteras deben combatirse con instrumentos de persecución de igual alcance.

Las encuestas sobre el asunto son engañosas. La abrumadora mayoría que se opone a la extradición refleja más los niveles de miedo de la gente que sus convicciones personales. Es sorprendente la cantidad de personas que sostienen en privado que es la única solución. Nos anuncian desde Palacio que se endurecerá la legislación y, ahora sí, se castigará con severidad el narcotráfico. Nos dirán en las charlitas televisadas que la guerra contra las mafias de la droga irá hasta límites inimaginables. Llegará hasta el punto de revivir la extradición, confiscar las fortunas y bienes de los narcos o aumentar considerablemente las penas? Este gobierno no parece que vaya a dar la pelea. Y este Congreso, mucho menos. Es una lástima que teniendo a su servicio una gigantesca aplanadora parlamentaria, Samper no la aprovechara para que le cogieran miedo los narcotraficantes.

Tanta blandenguería es lo que tiene a los gringos furiosos y a muchos colombianos deprimidos. De dónde imagina Samper que las relaciones con E.U. están saliendo de cuidados intensivos? Lo que están es agonizantes y a punto de entrar en estado vegetativo.

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