EL JOROBADO DE NUESTRA SEÑORA, ESTÉTICA DE LA SUBLIME FEALDAD

EL JOROBADO DE NUESTRA SEÑORA, ESTÉTICA DE LA SUBLIME FEALDAD

La Catedral de Notre Dame, en París, si bien no sea el ejemplar más colosal de esa escuela arquitectónica, sí parece resumir toda la imponencia, el secretísimo misterio y hierática monumentalidad del arte gótico. La riqueza de sus detalles exteriores es abrumadora y seduce a toda inteligencia y sensibilidad. Víctor Hugo -en una digna emulación de la piedra perdurable donde los artesanos-artistas del medioevo supieron volcar los rigores y pavorosos temores de su fe cristiana y la sublimación de su anhelo de inmortalidad- hizo la recreación literaria más válida y patética, más trágica y seductora de este monumento sin par, símbolo vivo de todo un milenio que el facilismo de los clichés ha etiquetado de oscurantista pero cuya riqueza de expresividad popular aún está, en buena parte, por desentrañar.

27 de junio 1996 , 12:00 a.m.

Notre Dame de París: este fue el título original de esa novela extensa donde Hugo recrea la bella metáfora de Quasimodo, campanero de nacimiento: un ser deforme y solitario, condenando por su fealdad exterior a la oscuridad y aislamiento del más alto campanario, en el que un París inalcanzable está a sus pies con las penas y alegrías de toda vida terrena, mientras que el puro cielo de las promesas parece al alcance de sus manazas y la vecindad de las criaturas del aire prefigura el vuelo de su alma limpia, noble y generosa, obligada a sofocar en sí misma la fuerza poderosa y necesidad infinita de querer amar...

Inspirada libremente en la novela de Hugo, El Jorobado de Nuestra Señora de París es la cuarta superproducción consecutiva del emporio fílmico Walt Disney, en dibujos espléndidos que se animan por la más sofisticada tecnología digital: en años inmediatamente anteriores, fueron: La Bella y La Bestia, El Rey León y Pocahontas.

Igual en el filme que en su modelo literario, Notre Dame, sus torres y fachadas de rica estatuaria religiosa y tan diversa fauna de gárgolas escalonadas y encaje de ojivas, así como las entrañas sobrecogedoras de sus torres, espacios de abismos interiores por donde se asciende dura y tercamente a lo sublime, Notre Dame es el gran personaje central, el vientre de sacra piedra, protagónica y viva, que contiene a todos los demás personajes, los acoge y los expulsa, los pare y los devora: a Quasimodo, por supuesto, porque ese es su reino de soledad oscura; a la refugiada Esmeralda, la gitana de belleza amorunada y deslumbrantes ojos verdes, espíritu rebelde que desafía al tirano juez Frollo y reivindica, con gracia y fortuna, a la mujer en aquellos tiempos de fuerza bruta y guerras de hombres duros; al Capitán Febo, una especie de idiota útil de las convenciones del amor en el cine de Hollywood (y Disney), el galán bonito que ha de disfrutar a la dama hermosa quizá porque -harto farisaicamente- se piense que la belleza del alma cuyo estética corpórea no le alcanza, debe bastarse y consumirse en si misma...

En fin, que la recreación de atmósferas visuales que Disney hace aquí de Notre Dame por dentro y por fuera, su plaza del París del medioevo y la Isla de La Cité (y hasta la ilustradora reconstrucción de la rica carnavalesca de la Edad Media cuando muestra La Fiesta de los Bufones, con todo el espíritu subvertidor de sus personajes) , es una pequeña obra de arte, imbricada al psicodrama de los personajes y a la historia que los empata -esta sí, falseada al final y ya no tan fiel a la tragedia de Víctor Hugo. No obstante, los valores con que la película se pone a tono con el tiempo presente, son por completo valederos y bienvenidos: el respeto a la diferencia y a las minorías, la condena de las tiranías y fundamentalismos, el desenmascaramiento de las apariencias, la capacidad redentora del amor entre un hombre y una mujer aún si (como aquí) termine siendo éste, para alguna interesada parte, un amor desdichado.

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