EL MAR NO ES ANCHO NI AJENO

EL MAR NO ES ANCHO NI AJENO

Al final, el mundo comenzó a abrirse como una flor, como los gajos de una naranja en las manos expertas y sedientas de los niños del trópico. En el centro, quedó ondeando un fuego enorme, una llama que parecía invencible. No era una llama de incendio, sino de vida, de creación. No era el final, sino el comienzo. Era, simplemente, el corazón del mundo.

23 de julio 2001 , 12:00 a.m.

Al final, el mundo comenzó a abrirse como una flor, como los gajos de una naranja en las manos expertas y sedientas de los niños del trópico. En el centro, quedó ondeando un fuego enorme, una llama que parecía invencible. No era una llama de incendio, sino de vida, de creación. No era el final, sino el comienzo. Era, simplemente, el corazón del mundo.

El planeta flotaba en la mitad del lago, como si el lago fuera el espacio, y nosotros en las orillas, más que los habitantes de una Tierra que no hemos sabido entender y cuidar suficientemente, los observadores o pensadores de una fantasía de luces, imaginación y música libertaria. Como un sueño dentro del sueño, pero visto desde afuera.

Eran poco más de las nueve de la noche, y la oscuridad del cielo de Epcot estaba lista para recibir la fiesta de las luces de colores, esas que estallan con fuerza y decisión, pero sin violencia; esas que por un instante aparecen como una fuente brillante en el cielo, y luego, en segundos, desaparecen, sin que sepamos con certeza si cuando esas luces fulgurantes se extinguen van a refugiarse a los ojos de Dios, en la memoria de los hombres o al imaginario de los niños. De todas maneras, creo que en cualquiera de esos tres lugares encontrarían la forma de no morir nunca, y perpetuar un circuito de ilusión.

Poco más de las nueve. Poco menos de ese momento, cuando se hace evidente que las barreras las inventan los hombres por miedo o soledad, que el mar no es ancho ni ajeno, sino inmenso y de todos, y que nadie es dueño del mundo, pero todos somos tan responsables, miserables, incompatibles o solidarios como se nos dé la gana, el corazón y la conciencia, querer serlo y trascenderlo.

Poco más de las nueve, hora de verano al norte de la línea del Trópico de Cáncer; otra de esas líneas imaginarias que inventaron por amor a la geografía, o como presagio de las diferencias de los esquemas de desarrollo, pensamiento y productividad, a uno y otro lado de la línea.

Prefiero las líneas que unen, a las que separan, pero unas y otras se necesitan. Al fin y al cabo, lo importante no son las líneas, sino lo que se haga con ellas para bien o mal de la humanidad, los intereses individuales o colectivos que las orienten, la capacidad de gestión, control y libertad de quienes estén a ambos lados.

Hace años, el verde húmedo de los manglares que rodean el mismo Epcot del que hablamos era más hostil y más malsano que cualquiera de nuestros territorios.

El conflicto racial de los Estados Unidos no era más fácil de resolver que nuestro conflicto social. Sus muertos en las guerras no fueron menos dolorosos que los nuestros, y de soldados desconocidos están llenos ambos remordimientos. Cada historia tiene su impronta y evolución, pero tenemos el derecho y el deber de aprender los unos de los otros; autonomía no significa que el mundo no sea uno solo.

En el corazón de la naranja vibra único, y para todos, el fuego enorme, la fuerza vital que mueve, alienta y respira. Un minuto de silencio, para poder oírlo y sentir que estamos vivos. Es el latido del mundo, y somos parte de él.

ariasgloria@hotmail.com

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