LADRONES!

LADRONES!

En un puesto de venta de libros usados en el mercado de las pulgas de la carrera séptima con calle 24 de Bogotá, el título Recuerda cuerpo, un libro de poemas del inmenso Harold Alvarado Tenorio, llamó poderosamente mi atención de sabueso bibliófago, porque los coleccionistas de rarezas poemáticas sabemos bien que ya no se consiguen los títulos de El Papagayo de Cristal.

22 de julio 2001 , 12:00 a.m.

En un puesto de venta de libros usados en el mercado de las pulgas de la carrera séptima con calle 24 de Bogotá, el título Recuerda cuerpo, un libro de poemas del inmenso Harold Alvarado Tenorio, llamó poderosamente mi atención de sabueso bibliófago, porque los coleccionistas de rarezas poemáticas sabemos bien que ya no se consiguen los títulos de El Papagayo de Cristal.

Lo compré y me vine feliz a hojearlo en mi rincón de lecturas deleitosas en el reino secreto de Usatama. Imaginen cuál sería mi sorpresa cuando al abrirlo encontré, de puño y letra del poeta que acaba de regresar a su nativo Valle, una dedicatoria que dice: "A Eduardo con mi admiración por su obra y su vida. Con el afecto de HAT/ 1983". Era el libro que el peso pesado de la poesía colombiana entregaba al señor de "los ángeles domésticos del humo de la sopa", Eduardo Carranza, padre y maestro mágico de la directora de la Casa de Poesía Silva, la también poetaza María Mercedes Carranza.

El hallazgo se extendió a partida triple: en la parte interior de la contraportada había un bolsillito de papel con dos tarjetas que certifican que durante los años 1988 y 1989, ocho personas pidieron prestado el Recuerda Cuerpo de Harold, a la Biblioteca de la Casa de Poesía, de donde ostensiblemente fue robado para algún día venderlo al librero que finalmente me lo entregó a mí por la irrisoria suma de mil pesos, para comprobar con tristeza cómo es de cierto aquello de que la poesía anda por el suelo.

Antes de retornar el libro a su lugar de sueño, como es debido, quiero dejar contundente testimonio de que yo no fui su ladrón sino su honrado rescatador, aunque pierda todo mi capital, que en términos de pesos era ese. Y como nadie va a devolverme mis mil pesos, ni tendré el secreto regocijo de disfrutar de los recuerdos del cuerpo del poeta que vale lo que pesa, aprovecho para advertirle a quien me robó mi ejemplar de El arte de narrar, de Emir Rodríguez Monegal, y Las naranjas de Hieronimus Bosch y Pesadilla en el cuarto de aire acondicionado, de Henry Miller, y los dos tomos de La vuelta al día en ochenta mundos, de Cortázar y en general esa gran biblioteca añorada que dolosamente han sustraído de mis estantes ya vacíos, para notificarles que por muy mis amigos que me digan que son, los tengo ya identificados y dejarán de serlo si no me los devuelven.

Si los ladrones de pan y los ladrones de honra y hasta los ladrones de bicicletas, no tienen perdón de Dios, advierto a los ladrones de libros, que se los va a llevar el diablo. No puede ser posible que escudados en el ejemplo oficial de la cleptomanía nacional, esta cáfila de comadrejas lecturientas nos deje a los desprevenidos devoradores de fantasía o de conocimientos, en el desesperante limbo de la añoranza y de la espera.

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