GERMÁN BOTERO DE LOS RÍOS

GERMÁN BOTERO DE LOS RÍOS

El fallecimiento de Germán Botero de los Ríos representa para el país la pérdida de un auténtico dechado de banqueros centrales, de una personalidad eficaz y discreta en la cual la especialización técnica no limitó su vocación de cultura, de un patriota en quien se reunían especiales condiciones de talento, probidad y disciplina.

09 de julio 1996 , 12:00 a.m.

Por el trabajo en común durante cerca de cinco años, su desaparición personalmente me conmueve y afecta. Al llegar por primera vez al Ministerio de Hacienda, lo encontré de segundo de Eduardo Arias Robledo, a la sazón gerente general del Banco de la República, también ilustrado y experto. Lo había conocido muy de paso en los bancos universitarios, pero había seguido su ascendente carrera técnica, primero en la Contraloría General de la República, luego en la dirección del Departamento de Investigaciones Económicas del Emisor. Llegó a ser un libro ambulante de la legislación financiera.

No solo por razón de su oficio sino por su temperamento, se fue haciendo muy callado, en ocasiones casi hermético, aunque decidido y firme en sus convicciones. Sereno por naturaleza, en momentos de graves encrucijadas contribuía a formar una propicia atmósfera de tranquilidad y reflexión. No decía ninguna palabra de más, tampoco de menos. Jamás ni el asomo de una infidencia. A su trato cordial y de ordinario reservado no le faltaba, sin embargo, efusividad espontánea y, cuando tocaba, capacidad de disfrutar del esparcimiento y de los goces de la vida.

En casi todas las gestiones en el exterior me acompañó y en el curso de esos cinco años hablamos a diario sobre el manejo de la moneda, del crédito y de los cambios internacionales. Una inolvidable noche de domingo, en medio de descomunal aguacero, se apareció con grueso abrigo a conducirme al Palacio Presidencial, a donde el presidente Lleras Restrepo, su guía político de todas las horas, me llamaba de emergencia, en vísperas del conflicto con el Fondo Monetario Internacional.

Por entonces, a través de intermediarios oficiosos, empezaron a deslizarse sutiles insinuaciones sobre la política cambiaria. Para mi sorpresa y satisfacción, Botero de los Ríos coincidía con la tesis de resistir a cualquier exigencia de devaluación masiva. Así se mantuvo en el forcejeo con otros funcionarios del llamado equipo económico. Técnicos hubo sinceramente inclinados a ceder por el temor a las consecuencias de la rotunda y muy sopesada negativa y, además, por compartir los argumentos en pro de la alternativa sugerida.

Al retiro de Arias Robledo, asumió Germán el mando del Emisor con pleno dominio de las complejas funciones a su cargo. Siendo en aquella época propiedad de los bancos comerciales, se requería mucho de ecuanimidad y de tacto diplomático para servir de puente con el Gobierno y la Junta Monetaria. Con frecuencia, las reuniones de su junta directiva, de la cual era miembro el ministro del ramo, resultaban sumamente difíciles y a veces tempestuosas. Para pasar el mal sabor, Germán me invitaba a ver y comprar libros en la librería cercana. De ese tiempo data El Don Apacible.

Amaba su responsabilidad al frente del Banco de la República. Había escalado su meta sin dar codazos a nadie y, desde luego, quería permanecer en ella cuanto fuese posible. Felizmente compartíamos el criterio de mantener a raya la inflación, de impulsar el desarrollo con entero vigor y de fomentar y diversificar sistemáticamente las exportaciones. Examinábamos las posibilidades a la luz de la realidad, pero convergíamos en los mismos ideales, aunque pudiéramos diferir en el ritmo de ejecución, dadas las circunstancias de cada uno.

Gracias a la identificación conceptual, me sentí seguro delegándole la presidencia de la más importante de las comisiones del Consejo Interamericano Económico y Social en la reunión de Trinidad y Tobago por el año de 1969, mientras yo adelantaba otros trabajos. Al término de las sesiones, los demás ministros del Hemisferio me expresaron su complacencia por la forma impecable como había dirigido y orientado las deliberaciones, él que no tenía rango ministerial. Allá, en un escenario que no era el suyo, lo pude ver de palabra elocuente y exacta.

En la Administración López Michelsen volvimos a laborar hombro a hombro en jornadas intensísimas. El propósito era sujetar la inflación sin sacrificar el crecimiento económico. Finalmente se logró. Tampoco en este nuevo empeño tuvimos discrepancias de fondo. De Germán volví a recibir franca y generosa colaboración.

Con motivo de una reunión del Banco Interamericano de Desarrollo en Guatemala, fuimos a Tikal, la majestuosa capital de los mayas. Lo impresionó más que la Acrópolis de Atenas, de donde acababa de llegar. Tanta emoción se le amargó, sin embargo, en medio de la tremenda tempestad del accidentado vuelo de regreso.

Con este manojo de recuerdos y experiencias compartidas, me inclino conmovido ante la tumba del patriota, del funcionario y del amigo, y hago mío y de los míos el duelo que aflige a Leonor, la luminosa compañera de sus días, y a la descendencia que tanto amó y de que justamente se enorgulleció.

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.