EL BÉISBOL ES COMO UN POEMA DE NERUDA

EL BÉISBOL ES COMO UN POEMA DE NERUDA

Pasó, sin pena ni gloria, la Cumbre de los No Alineados; va pasando, sin que nada pase, el orquestado escándalo del proceso 8.000; pasará, sin duda, la emergencia invernal de este año y esperaremos, como Dios manda, que las autoridades decreten la del año que viene.

29 de octubre 1995 , 12:00 a.m.

Pasarán los cincuenta años de la ONU entre las anacrónicas barbas de Fidel y la glacial expresión de Bill Clinton; pasará el reinado nacional de la belleza con sus mocionadas a término fijo... Todo eso, que es soberbia y tontería, pasará como la brisa de diciembre que ya se avecina.

Por fortuna, gracias al dios de la estética, hay cosas que no pasan. Espléndidas metáforas de la eternidad que nos llevan a sentir la vida como algo más que una ruin maquinaria de la rutina. El béisbol de Grandes Ligas es una de ellas. Como un poema de Neruda, como los aretes de la luna, como la luna de Barranquilla, como los ojos de la mujer amada, como el amor de los felinos, como la risa de un recién nacido, como el saludo de un amigo, como la voz de Héctor, como la alta noche de los poetas, en el béisbol está el secreto de la belleza.

Y ante comparaciones tan disímiles tiene el lector todo el derecho de sorprenderse, y quien esto escribe de seguirlas haciendo. Porque en el vulgar desorden de nuestro mundo, lo bello aparece allí donde menos están esperándolo los despistados. Así en un partido de la Serie Mundial.

Como la poesía, el béisbol procede por acumulación. Lenta, cerebralmente, la jugada va fraguándose sin mayores estridencias, hasta que de pronto estalla como un golpe de luz en la retina. A la velocidad que viajan los mensajes de las neuronas, Kenny Lofton, el jardinero central de los Indios de Cleveland, decide robarse la segunda base y, en otro haz de segundos, alcanza la tercera. Eso es intensidad, precisión poética no apta para insensibles.

Cómo no va a ser intenso ese lanzamiento de Dennis Martínez, el segundo abridor de los Indios, que, gracias a la gramática de la cámara, podemos apreciar en el girar estelar de la pelota cuyas costuras revelan premeditación y alevosía.

El asunto no es que el béisbol se parezca a la vida, sino que la supera en ese elegante cruce de emociones que es un doble play.

Por otra parte, para quienes andan ocupados intentando definir El Caribe, he aquí un deporte que forma parte vital de nuestras tradiciones. No es casual, ni mucho menos, que entre los jugadores que han llegado a la Serie Mundial encontremos boricuas, venezolanos, panameños, dominicanos e incluso nicaragenses.

Caribe, sí, pero más aún Latinoamérica. Esa que no logran integrar nuestros políticos por más cumbres que organicen, pero que siempre han integrado, con una fuerza sanguínea y pasional, cantantes, artistas, escritores, hombres de ciencia y deportistas de nuestra América mestiza.

Entre los Indios de Cleveland y los Bravos de Atlanta hay 16 jugadores latinoamericanos, una Fania All Star s del béisbol que dice más sobre nosotros -y de qué manera- que cualquier discurso tercermundista.

Hay que ver al venezolano Omar Vizquel, el paracortos de Cleveland, quien no pocas veces atrapa la pelota a mano limpia, lanzándose en magistral acrobacia a detener imposibles en pleno vuelo para sentir que, más acá de los diferendos limítrofes, todos estamos hechos de la misma tierra americana.

El deporte, cuando no cae en manos de frustrados, es de ese tamaño: nos devuelve al sentimiento universal de la hermandad entre los hombres. Y ese talento que despliega el short stop de los Indios lo enaltece no sólo a él, sino a quienes admiramos tanto derroche de estética.

Sobra decir que no soy, ni de lejos, un conocedor de este deporte que tiene sus muy respetables eruditos, como ese trío que narra y enseña con gracia caribe, y verdadero conocimiento de causa, los partidos de las Grandes Ligas por la CBS Internacional.

Sólo el afán de no dejar que la belleza escape, sin haberla tenido un instante entre las manos, me ha dictado estas líneas. Y ahora la dejo volar como una pelota blanca que engaña la noche con su vocación de luna para que la atrape tu mano, lector, amigo sin rostro en el otro lado de la página.

(*) Diego Marín Contreras es el director de la Biblioteca Piloto del Caribe.

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