LA RUTA DE LA DEMOCRACIA

LA RUTA DE LA DEMOCRACIA

El hecho de ser la nuestra una de las democracias más antiguas del hemisferio, según la denomina con razón el señor Presidente de la República, no la exime de sufrir inmerecida confusión respecto de los criterios en los cuales se sustenta. Por muchos años pareció derrotero seguro el contenido en la sencilla y diáfana definición de Lincoln: el gobierno del pueblo, por el pueblo y para para el pueblo. Por la época de la Segunda Guerra Mundial, la acerba diatriba de que era objeto despertó el entusiasmo por su defensa y exégesis. Al culto de la violencia se le oponía el derecho de las comunidades de individuos a trazarse sus propios destinos. El concepto no se reducía a pura cuestión de mecánica política. En las relaciones humanas, económicas y sociales debía tener expresión correlativa la facultad de constituir el poder público mediante el sufragio libre y universal de los ciudadanos.

03 de enero 1991 , 12:00 a.m.

Naturalmente las democracias,como todos los regímenes de gobierno, están expuestas a corromperse y a sufrir graves percances. No por ello queda aniquilada la virtud innata del sistema. Siempre latente, resurgirá en cuanto se corrijan sus desviaciones y se curen sus llagas purulentas. Aun de entre las cenizas de la devastación, logrará renacer con vitalidad insospechada, al derrumbarse las fuerzas arbitrarias que la tuvieran en implacable cautiverio.

En Colombia, observando síntomas de decadencia, perturbación y extravío, han surgido dos corrientes. La una, inclinada a extender, profundizar y depurar la democracia, ofreciendo a los ciudadanos más oportunidades de participación. La otra, partidaria de reducirla por irremediablemente pervertida e inepta, contraponiéndole lo primitivo liberal en su más tosca y privilegiada acepción. Lo que llegó a formar simbiosis aparentemente indisoluble, da trazas de separarse por circunstancias adventicias, cuando no por vanas ventoleras.

En esta forma, tenemos dos tendencias, incluso en el seno de los partidos históricos: la popular del énfasis en la moderna concepción lincolniana y la elitista que de la democracia desconfía y a veces abomina, por juzgarla débil, inepta y corrupta. Del fondo de la historia reviven los anatemas, revestidos en la presente oportunidad con el manto engañoso de un liberalismo chapado a la antigua.

El lector desprevenido se preguntará: acaso no se identifican invariablemente las ideas liberales y las democráticas? Pues no! Conforme lo observara Ortega y Gasset, en las cabezas se nos confunden y, a menudo, queriendo lo uno, gritamos lo otro . Cosas --agrega-- sin nada que ver inicialmente entre sí, acaban por ser de sentido antagónico. La democracia responde a esta pregunta: quién debe ejercer el poder público? El liberalismo, en cambio, responde a esta otra: quienquiera lo ejerza, cuáles deben ser los límites de éste? Para el filósofo hispano se puede ser muy liberal y nada demócrata, o viceversa, muy demócrata y nada liberal . El germano fue más lo primero que lo segundo. El mediterráneo, más demócrata que liberal. La revolución inglesa fue, a su juicio, claro ejemplo de liberalismo. La francesa, de democratismo. Los derechos humanos llegaron a la Asamblea Constituyente de Francia por intermedio de Estados Unidos.

Pero dejemos las lecciones de Ortega y Gasset, que tanta actualidad cobran, para mirar a una etapa más avanzada, a la luz de las convulsionadas realidades de nuestro tiempo. No sin destacar lo que el puro credo liberal ha aportado a la humanidad en condiciones básicas para su libertad y bienestar, en derechos inalienables e imprescriptibles, en respeto por la ley, y, en general, a la liberación de los poderes de variada naturaleza (políticos, económicos o sociales) que han querido subyugar a los pueblos.

Si Lincoln afirmaba en su discurso de Gettysburg que esta nación tendrá, bajo Dios, un renacimiento de la libertad, y que el gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo, no desaparecerá de la Tierra , era de una parte porque consideraba la libertad y los derechos humanos savia necesaria de la democracia y porque le señalaba a ésta una categórica función de servicio individual y colectivo. No tan solo del pueblo, sino por el pueblo y para el pueblo.

Esa libertad y esos derechos han penetrado los intersticios de todas las conciencias y de todos los regímenes políticos, asociando estrechamente su práctica a la idea democrática. No sofocándola ni olvidádose de la justicia y la suerte de las grandes mayorías populares.

Los autores modernos han llegado a la conclusión de que la expansión del bienestar para todos, o, dicho de otra manera, la democracia social, complemento de la estrictamente política, es un producto de la libre empresa, de la iniciativa individual, de la concurrencia . A nadie se le ocurriría a estas alturas, en aras de la libertad de contratación, recomendar los bárbaros procedimientos de la primera etapa de la revolución industrial en el mundo o las formas fenecidas del trabajo esclavista o el fruncirse de hombros ante el espectáculo de los brazos sin empleo ni esperanza. Al Estado corresponde función irrenunciable en la marcha económica de las naciones.

Al término de la Segunda Guerra Mundial, el doctor Ludwig Erhard, arquitecto de la reconstrucción alemana, no quiso ofrecer la terapéutica de la austerity británica a un pueblo que había debido vivir de fresas en el bosque durante la última fase de la contienda. Le prometió bienestar, trabajo, economía social de mercado, expansión y democracia económicas. Los resultados están a la vista. También los del totalitarismo comunista en la otra Alemania . * * * Estas reflexiones tranquilas y un poco académicas en el amanecer del año sirven para establecer qué terreno pisamos en las proximidades de la reestructuración constitucional de los mecanismos del Estado. Si se trata primordialmente de disminuirlo o de bregar por su eficiencia, probidad y justicia. Si se trata de restablecer los valores de equidad, libertad, moralidad y seguridad, actualmente en crisis, o, por el contrario de dejarlos a merced de la arbitrariedad y el abuso de la violencia y la codicia. Si se quiere más democracia, tal como se aprobó en la consulta plebiscitaria, o, por el contrario, menos olor de multitud en las decisiones de gobierno y menor miramiento por los problemas sociales.

Infortunadamente en el país se ha deteriorado la autonomía de pensamiento, la fe en la propia capacidad de resolver los problemas públicos. Vivimos a caza de los ejemplos ajenos para manejar los negocios propios. Después de haber trazado la pauta en tantos aspectos vitales, preferimos recoger las orientaciones de otros, en lugar de inspirarnos en las que nuestras experiencias señalan. Pero a la hora de definir a qué clase de Estado aspiramos, no debieran caber azarosas desviaciones ni dudas paralizantes. A aquel de derecho, en que no haya lugar a la zozobra ni a la expoliación y el secuestro; en que la democracia sea su ruta, la justicia su aliento y la libertad su atmósfera vivificante.

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