EL BARCO TURCO

EL BARCO TURCO

Toñito fue el último niño bautizado por la cruzada evangelizadora del padre Eustaquio, la prueba es que todos sus amigos menores llevan nombres que no son de cristiano: Bryan, Wilmer, Hayler. Los curas franciscanos pasaban cada año bautizando a los que habían nacido y casando a sus padres. No volvieron desde que aquellas tierras del río Atrato se vieron inundadas de paisas que llegaron a montar aserríos para llevarse la madera y después dedicarse al narcotráfico. La vida no volvió a ser la misma de aquellos días en que las mujeres le cantaban a San Lorenzo para que el viento soplara y se llevara la cascarilla del arroz que iban pilando. Toño se crió en la orilla del río Chajeadó.

15 de julio 2001 , 12:00 a.m.

Toñito fue el último niño bautizado por la cruzada evangelizadora del padre Eustaquio, la prueba es que todos sus amigos menores llevan nombres que no son de cristiano: Bryan, Wilmer, Hayler. Los curas franciscanos pasaban cada año bautizando a los que habían nacido y casando a sus padres. No volvieron desde que aquellas tierras del río Atrato se vieron inundadas de paisas que llegaron a montar aserríos para llevarse la madera y después dedicarse al narcotráfico. La vida no volvió a ser la misma de aquellos días en que las mujeres le cantaban a San Lorenzo para que el viento soplara y se llevara la cascarilla del arroz que iban pilando. Toño se crió en la orilla del río Chajeadó.

Aprendió a nadar antes que a caminar y se fue haciendo niño mirando a las mujeres lavar ropa sobre tablas de madera porque en esa tierra no hay piedras; una piedra es allá un tesoro. No fue a la escuela porque no había y porque a nadie le interesaba aprender a leer habiendo radio. Los viejos sabían sólo sumar y restar para saber cuánto les debían los aserríos de Riosucio, tres días aguas abajo, donde les compraban la madera. Toñito ni nadie sabe cómo ni por qué un día llegaron incendiando las casas. Todavía tiembla de miedo cuando cuenta lo que ha vivido desde aquella madrugada.

"Yo estaba haciendo un trompo porque me había aburrido de los barcos y de las cometas. La cosecha de arroz no había llegado y por eso teníamos tiempo para jugar. Porque cuando llegaba el arroz, se venía como una creciente del río y no había lugar dónde guarecerse para descansar. Los hombres grandes lo cortaban con machete, y las mujeres lo arrimaban al pueblo. Los niños hacíamos mandados, y no nos dejaban quietos; a los hombres había que llevarles biche para que no se aburrieran y a las mujeres agua con limón para que aguantaran el sol. Lo malo de ser niño es que todos los trabajos que a nadie le gusta hacer los tenemos que hacer nosotros, y cuando todos se echan a descansar, uno tiene que seguir haciendo mandados.

Hacer trompos es difícil porque no hay con que redondearlos para que se queden dormidos sin derrotarse. Los mejores son de chachajo, una madera dura para trabajar, que por eso mismo dura. A mí me gustaba más hacer barcos y soltarlos río abajo a que encontraran su destino. Me gustaba acompañarlos desde la orilla hasta que se perdieran. Los motores que suben y las trozas de madera que bajan me ahogaron muchos barcos, pero yo seguía haciéndolos porque quería que alguno llegara al mar. Todas las aguas van al mar, decía mi papá; y mi abuelo creía que se iba a morir allá. Es verdad, el río todo se lo lleva al mar, ya sea los chopos que tumban los rayos, las cosechas de arroz que se desbarrancan, la ropa que se deja secando a la orilla, los animales que se confían. Hasta la basura que uno bota, al mar llega.

Hice en palo de balso todos los barcos grandes que pasaban por el Atrato y que miraba cuando acompañé a mi tío Anselmo a bajar unas trozas de cativo a Riosucio, donde las negociaba. Allá los barcos son grandes como casas, tienen techo, estufa y televisión y adentro hasta se crían gallinas. Uno puede vivir allí toda la vida sin bajarse porque a qué se baja si todo anda con uno; van hasta Cartagena jalando madera y vuelven trayendo remesa, duran hasta los días en llegar y los días en volver. Mi tío me decía que había barcos más grandes que esos en el mar, pero yo no le creía. Yo no le creía, aunque él era mi amigo y me había enseñado a caminar el monte, que tiene su maña. Una culebra mapaná mata un novillo mientras uno mira donde lo mordió; un tigre mariposo, puede de un puño romper una panga; una espina de chonta atraviesa una bota de lado a lado. Mi tío había andado mucho por el mundo. Conocía Quibdó, conocía Itsmina, donde corren las aguas al revés y van a otro mar, y había trabajado en el aserradero de la boca del Río León, que recoge la madera de todos los ríos. Un día entró en disgusto con los patrones porque no querían reconocerle una plata le debían. Se fueron a las malas y mi tío, que conocía el daño que puede hacer una rula, le zampó dos planazos al encargado que dejaron al hombre boqueando como un pescado embarbascado. La policía dio en perseguir a mi tío y por aquí llegó y no volvió a salir. Pero vino sabiendo cómo era el cuento de las maderas. Hacía cuentas: aquí nos pagan a tanto, en Riosucio vale tanto, en el Río León vale tanto y cuánto no valdrá en Cartagena? Se puso mi tío de valiente a sacar cuentas y a contárselas a los aserradores del río Curvaradó. Por eso lo mandaron matar y lo mataron: lo ahogaron a palazos. Salió a los tres días por allá abajo de las bocas del Murrí, hinchado como un manatí y blanco como un paisa. Mi abuelo dijo que esa muerte se debía dejar quieta porque la venganza trae más muertes. Pero no le hicieron caso. Hubo muertos de aquí y de allá, aparecían por aquí y por allá, hasta que el negocio de la madera se acabó.

Un día pasaron los guerreros, gente que maneja el monte y maneja los fierros, nadie los conocía, venían de travesía, traían dos heridos, flacos y acabados como el santo Cristo de Buchadó. Pidieron ayuda. Al que llega al pueblo se le curiosea, pero siempre se le ayuda. Descansaron, comieron, lavaron ropa y durmieron. Se veían nerviosos por los heridos, que cada noche se miraban más blancos. No valieron remedios, ni aguas, ni rezos. Se murieron porque tenían ya poca sangre. Los enterramos a la salida el pueblo. El comandante nos dijo que no podíamos decirle a nadie que habían dejado enterrados los muerticos. Si lo hacen dijo volvemos, y no a preguntarles qué pasó .

Pero el tiempo pasó y vinieron otros tiempos, esos sí malos. La gente del río Curvaradó aguantó tres años comiendo arroz y mazamorra de plátano porque no quería vender su madera regalada, hasta que llegaron otros paisas con su mochila llena de negocios y lo pintaron todo facilito y pulpo; mucha gente se matriculó en esa suerte y aceptó entrarle al negocio de la coca: sembrarla, trabajarla, y meter los billetes entre la mochila. No había ni riesgos ni pierdes. Se trabajó bonito al comienzo, los afueranos cumplían y pagaban. Yo me fui dando cuenta de todo porque ya estaba volantón y mi ilusión era salir del río, conocer Cartagena, mirar el mar. Era lo que soñaba. La coca es un negocio que tiene la fuerza del agua cuando la atajan. La gente que se mete con ese mal, mal le va. A mi mamá no le gustaba el vicio de vivir detrás de los billetes, pero hubo gente que vio por ahí un hueco para salir adelante y se comprometió hasta el mango del hacha, como dicen. Yo no sé cómo sería, lo cierto es que un día los compradores llegaron armados y dijeron: "pagamos a tanto" que era mucho menos de lo que venían pagando "y si no les gusta nos importa poco porque de todos modos ustedes tienen tratos con la guerrilla y eso no lo permitimos más". "El trato no era ese les dijo mi abuelo si Uds. no pagan lo prometido, aquí no se tienen más negocios con ustedes", y todos los hombres grandes estuvieron con él. Pero los diablos volvieron a decir: "Ustedes son guerrilleros, por eso no quieren colaborar con nosotros". Era gente muy cismática que nada permitió. Pagaron la mercancía al precio que les dio la gana y se fueron sin despedirse. Todos creímos que las cosas habían quedado así, sin más peleas. "Puras amenazas", dijeron muchos. Mi abuelo dijo: "No, esos diablos vuelven; es mejor guarecernos en la montaña .

Y volvieron. En la noche de aquel día mi abuelo se levantó muchas veces; yo pensé que los orines no lo dejaban dormir porque él siempre se levantaba tambaleando, salía al jardín, y volvía descansado. Pero aquella vez fue distinto. Tampoco los animales estuvieron quietos, pero yo dije, si los perros no ladran, no llega nadie. Entre oscuro y claro se oyeron los primeros gritos: "Guerrilleros de mierda, los vamos a quemar en los ranchos, salgan para verles la cara". Mi abuelo alcanzó a decirme: Métase entre los costales del arroz y no se rebulla, que ahí no le pasa nada y salió. En la puerta lo mataron; cayó casi al lado mío; yo sentí su muerte y no pude ni darle la mano para quedarme con su último calor.

Después fueron sacando a los mayores y amarrándolos uno con otro como si fueran trozas para echar al río. Las mujeres gritaban y rezaban y los niños corrían sin saber para dónde. El jefe de los diablos disparaba como si fuéramos guatines. Yo no me podía mover, el aire no me pasaba, y el poco que me pasaba hacía un ruido que me hacía bullir de miedo. Todo eran carreras de unos y de otros, el pueblo era un solo dolor. Yo, como mandado por mi abuelo, corrí a buscar la salida al monte. Los disparos nos seguían, nadie corría para el mismo lado, los diablos disparaban a la loca. Los muertos quedaron en los patios, en el puerto, entre las casas. A quien cogían con la mano, lo mataban a machete. Yo no sé de dónde me salió tanta carrera. Me caía, y era como si me hubiera botado en un colchón; me espinaba y era como si me hubieran hecho cosquillas. Corrí hasta donde dejé de oír gritos, muy lejos del río. Yo creo que por allá nunca habían pasado cristianos porque la maraña era oscura de lo puro espesa. Tanto corrí que la noche llegó rápido. Entonces fueron los mosquitos los que me arrinconaron. No había manera de salirse de la nube que hacían alrededor de uno. Parecía que se podían coger a manotadas, pero ninguno quedaba en mis manos. Cuando dejaron de atormentarme, comenzó el frío. Yo casi nunca había sentido frío, creo que lo sentí porque llegó acompañado del miedo. Miedo a que alguien llegara ymiedo a que no llegara nadie. Miedo a la noche y miedo al tigre. Miedo a los muertos que habían matado, miedo a que hubieran matado a mis papás y a mis hermanos. Miedo a que no los hubieran matado sino que anduvieran perdidos por esos andurriales. El miedo siempre escoge con qué cara lo quiere a uno mirar. Lo peor es cuando lo mira con varias caras y uno no se le puede esconder a ninguna.

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Esa tarde llegaron los diablos y dijeron que estaba prohibido pescar los muertos, que había que dejarlos seguir río abajo y que, si alguien lo hacía, lo echaban a hacerle compañía al difunto que sacara. Con la última familia que quedó, los Mosquera, nos fuimos en la línea. No hubo nunca más. A poco llegamos a Vigía del Fuerte. La panga se acercó y alcanzamos a ver que el cuartel de la policía, la alcaldía, la Caja Agraria, todo estaba derrumbado y todavía echaba humo. Alguien dijo: "fue la guerrilla retaliando por lo del río Chajeadó", y nadie volvió a hablar. Mi abuelo dije tenía razón. Por el río bajaban las tarullas despacio, y el motor runruniaba y runruniaba. Entre dormido y despierto, me despertó un golpe sobre una de las bandas de la panga: era una ola que casi nos hace dar el bote. Me restregué los ojos porque no entendía dónde estaba. El río se había vuelto una ciénaga grandísima. El marinero dijo: "El golfo está picado", y dice eso, y aparece de porrazo el golfo, es decir, el mar. Me puse arrozudo de verlo y sobre todo de olerle ese olor que viene de sus propias profundidades. Me dio por abrir los brazos como los pájaros, y por llorar como un recién nacido; sentí como si esa inmensidad me bañara la pena. Al rato desembarcamos en Turbo. Arreglé con el patrón para que me llevara a Cartagena a cambio de lavarle la panga y ayudarle a atracar donde fuera arrimando.

II.

Toñito llegó al hospital entre la vida y la muerte, yo cumplía mi turno de urgencias y lo recibí en coma. Había estado en el agua tanto tiempo que estaba al borde de una hipotermia fatal. Lo reanimamos y poco a poco lo fuimos sacando del hueco y devolviéndolo a la vida. La historia es corta: Toñito se había escondido en un barco de bandera turca que zarpó rumbo a Nueva York, pero a poco los marineros lo descubrieron y el capitán ordenó botarlo al mar. Toñito no hizo resistencia sino que le dio la cara al agua y no se dejó empujar sino que se echó solo. No le tenía miedo al agua porque había nacido en ella y desde niño la manejaba. Pero un barco es un barco y puede tener 25 metros de alto; el agua lo azotó, pero no lo reventó. La turbulencia de las hélices le hizo tragar mucha agua, pero él sabía que a las corrientes no hay que contrariarlas, y se dejó llevar por ellas hasta que el barco se fue alejando y la calma retornó. Flotó mucho tiempo; entendió que nadando no podía llegar a la playa. Eso lo salvó de la desesperación. Seguramente duró sobreaguando más de tres horas, hasta que unos pescadores que regresaban de las Islas de Barú lo rescataron, según ellos, muerto. Lo frotaron con aceite de tortuga para sacarle el frío y le dieron agua de coco hasta que volvió a respirar. Pero respirar no era lo mismo que revivir y por eso me lo llevaron al hospital. Superado la urgencia, Toñito se fue recuperando poco a poco. Al principio no hablaba porque creyó que lo iban a meter a la cárcel, pero me fue tomando confianza. Yo lo acompañaba a comer, y él me miraba con su miradita agradecida. Me contó que había resuelto irse de Cartagena para donde "el viento fuera", porque en Cartagena lo habían tratado de "incendiar".

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Y se fue Toñito en el barco Turco. Yo he pedido en adopción al pelado y he hecho todo el papeleo; pero el Instituto de Bienestar Familiar me ha salido con el cuento de que él no es huérfano porque sus padres no han sido declarados legalmente muertos, ni tampoco desaparecidos porque nadie ha puesto el denuncio de su desaparición, y que, por lo tanto, hay que esperar un buen tiempo a ver si alguien lo reclama, o si los padres aparecen y van a buscarlo al Instituto. Eso significa varios años de espera y de trámite. A juzgar por la agilidad con que se hacen los trámites, Toñito cumplirá la mayoría de edad antes de que el juez tome una decisión que me permitiera adoptarlo.

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