LA COPA NUESTRA DE CADA DÍA

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Un día de Copa América despierta más temprano a los hinchas. La ansiedad no los deja dormir: Faltan 12 horas para que empiece el partido , dicen. Se desvelan. Sufren contando los minutos.

15 de julio 2001 , 12:00 a.m.

Un día de Copa América despierta más temprano a los hinchas. La ansiedad no los deja dormir: Faltan 12 horas para que empiece el partido , dicen. Se desvelan. Sufren contando los minutos.

La ropa, ese día, es especial. Del ropero sale la camiseta de la Selección, la mejor de todas con tal de verse patriota. O, si el patriotismo es por otro país, la de Brasil o Perú. Otras cosas se alistan: gorros, bufandas, banderas y radio para oír las incidencias del estadio desde que entra el primer espectador hasta que sale el último. El plan del día también cambia. Si se trabaja, la idea es salir temprano, clavarse en la oficina sin almorzar, acabar antes de tiempo para no coger el trancón de vuelta a casa y llegar temprano al partido. Si se estudia, planear salida a un bar que tenga TV. Pero si se estudia de noche, el plan es volarse de clases si el profesor no se convence de que la física es menos vital que el fútbol.

Ese hincha, sin pensarlo, afecta a toda la comunidad. El tráfico, en la hora previa al partido, es imposible. Cinco minutos después de que se inicia, es como si fuera primero de enero a las 6:30 a.m.: no hay nadie. Casi, porque el hincha permite que los que odian el fútbol ocupen los solitarios cines ese día. Aunque, también en los cines, mientras corre la película, los empleados ven fútbol.

Los taxistas abandonan su ansia por hacer dinero y se guardan en casa. Los conductores de buses salvan -o torturan- a los pasajeros con el radio a todo volumen. Los vendedores de artículos de fútbol pujan para que la Selección gane y sus camisetas se vendan.

Cambian también las relaciones interpersonales. El tema de conversación es el fútbol, y por un día la colonización de las novelas se acaba. Para las mujeres que les gusta el fútbol, es un día de gloria compartida. Las que lo odian tienen dos opciones: o se retiran vencidas, convencidas de que no hay manera de cambiar a su hombre, o comparten con él temas entrecortados por la emoción de las jugadas. La comida, si estuvo tarde, se come frente al televisor. Si estuvo temprano, igual se hacen crispetas y se acompaña con gaseosa y cerveza. Los niños coleccionan álbumes y salen a jugar fútbol poniéndose el nombre del jugador más vistoso del día. Los negocios instalan antenas nuevas, porque saben que sin señal, nadie entra. Algo más sutil también cambia: por un momento, la gente se siente más feliz y unida, no importa el resultado.

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