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OLÉ POR CONDUMIOS SIN TOROS

OLÉ POR CONDUMIOS SIN TOROS

Que los toros son jartísimos es tesis que, para compartirla, no se necesita pertenecer a la asociación defensora de animales. No lo digo sólo yo. Lo dicen, ni más ni menos, los dos grandes cronistas taurinos de los periódicos bogotanos, cansados como de seguro se hallan de no haber podido registrar una sola buena corrida en esta temporada bogotana que ha sido el desastre. Desastre artístico, climático y zoológico... Lo dicen ellos, que son expertos! No es sino leer el comienzo de la última crónica de Antonio Caballero para corroborar lo anterior: Los toros de La Carolina del domingo carecían totalmente de voluntad: como hojas muertas en el viento. Siete mansos cortados por la misma tijera (o paridos por la misma pobre vaca, sería mejor señalar), corretones y abantos de salida, saludando al pasar con un bufido en cada burladero y galopando más lejos, sueltos en los capotes, flojos en los caballos, huídos, rajados a la querencia de chiqueros, reculadores, escarbadores, coceadores. E

Conque cagadores los toros y además de mala leche? Eso no se había visto ni en las peores temporadas. Lo cierto es que para salvar ésta, a sus relatores les ha tocado según leemos ya no solo limitarse a destacar una corrida; ya no apenas describir una buena faena, sino resaltar con gran esfuerzo un pase bien logrado, porque eso es, acaso, lo único que ha podido verse: uno que otro muletazo aceptable como excepción y no como norma, sin percatarse de que en términos generales el espectáculo, en sí, ha estado malo, malísimo, y que lo único que ha podido aliviar las penas de los aficionados han sido los condumios. Para lo cual digo aquí no se necesita que haya toros sino eso, condumios largos, que pueden empatar con lo que llaman los hinchos el remate de la corrida.

Rozeta y Rehilete me perdonarán esta retahila contra la tauromaquia pero, como en el caso del ajiaco, no es contra el plato en particular, sino contra la forma como están preparándolo en todas partes del país, por salir del paso, por lo que yo colijo. De todas maneras, me parece una atrocidad que haya toros a 2.600 metros sobre el nivel del mar, cuando se trata de un espectáculo mediterráneo, medio gitano, que requiere climas calurosos para poder gozarlo en toda su intensidad erótica. Pero, toros a casi 3 mil metros de altura? Para los bichos o el astado , como dicen los que saben y para los toreros, por demás no acostumbrados a beber jerez a semejantes alturas del trópico andino, y mucho menos en las dosis como nuestro respetable público está ejerciendo la práctica del condumio en los más rancios lugares de la aristocracia santafereña, es un suicidio.

Los condumios bogotanos, por lo demás, son tan simpáticos y tan insólitos como sería el hecho de que antes de salir para la feria de San Isidro, en Madrid, le sirvieran a uno mazamorra chiquita en vez de gazpacho andaluz. Seamos serios: se trata de una fiesta española, no colombiana... El condumio es, originalmente, el manjar que se come con pan, y que tradicionalmente debe acompañarse con jamón serrano o chorizo de Pamplona y, desde luego, la imprescindible tortilla de patatas. Pero aquí, no. Aquí le metemos mucha comida típica al asunto, empezando por las empanadas santafereñas que en la historia gastronómica de la tauromaquia no existen, ni menos la morcilla ni el maíz toteado . De manera que nuestros asiduos visitantes al coso de la Santamaría salen así, literalmente toteados, con el último grano de arroz en la boca, previas unas cuantas manzanillas con sabor a chocolate, que para alborotar el hígado son efectivísimas. Y, claro, ebrios de la felicidad, resulta que llegan a una plaza generalmente emparamada, y aplauden lo que sea (incluso a los más ilustres asistentes, así no toreen), al ritmo de una bota cargada de extraños espiritosos, lo que contribuye sin duda a que la corrida sea buena , así los toros salgan cagadores o, peor aún, de mala leche... Lo que a nivel lácteo en Bogotá no es raro.

Con todo el respeto que merecen los taurófilos de cabecera, yo propongo que después del fracaso taurino que se ha registrado en esta temporada, pero que los vinos a veces no dejan ver, la plaza de Santamaría se disponga en adelante para realizar los conciertos rocks que por acción de una tutela el Alcalde Castro no podrá volver a dejar hacer en El Campín. Al menos en la plaza no hay grama sino arena, lo cual evita que los rockeros se enloquezcan y se fumen hasta el pasto, y de paso podría aplicarse la teoría aquí propuesta de hacer condumios todo el año, pero sin toros. Esto, claro está, mientras que las ganaderías curan sus becerros de los problemas diarréicos que hoy los aquejan, y les inyectan de paso algunos glóbulos rojos para superar el no menos grave problema de la mala leche. Que hasta donde yo entendía, Luis Noé, la daban las vacas cornudas, no los toros con cachos afeitados...

El verdadero problema es, pues, de casta, como decimos los enemigos de esta mansedumbre generalizada. Y de que hay mucho circo y mujeres empingorotadas, y poco pan, cuando éste, en los condumios, es clave, a cambio de tánta arepa y chicharrón como el que merodea por los tendidos de la Santamaría, justamente en el momento en que el torero va a descabellar y una vieja regordeta se atraviesa, con su canasto, en ese instante sublime, oliendo a sobaco, y lo pisa a uno junto con el paletero que viene detrás, para acabar ahí sí de rematar. Y olé!

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