En nombre del feminismo

En nombre del feminismo

"Perdonen mi castellano, que tiene un poco de cubano, de mexicano y de portugués. Así que mejor les hablaré en inglés australiano". Así arrancó, vestida de sobrio negro, la icónica feminista australiana Germaine Greer (1939), autora de La mujer eunuco, clásico texto feminista de la década de los 70.

31 de enero 2011 , 12:00 a.m.

Esta mujer ha roto con todos los esquemas. En 1994 le abrió las puertas de su casa a gente de la calle para poder escribir un reportaje en vivo; en 1999 publicó The whole woman (La mujer total), una revaluación de sus teorías de tres décadas atrás, donde encontró que las búsquedas de las feministas se habían desdibujado. Y años después (en 2005) participó en el reality Big Brother (aunque, hay que decirlo, no resistió más que cinco días y luego despotricó contra la perversidad de su formato). La polémica es su sello. Y en esta ocasión, en el marco del festival en Cartagena, no fue una excepción. "Cuando escribí La mujer eunuco me di cuenta de que había escrito la historia de una mujer blanca criada en los suburbios y sobre qué tipo de futuro podría llegar a tener -dijo-. Escribí, supongo, como el tipo de mujer que sería.

Luego me di cuenta de que tenía que conocer a otro clase de mujeres". Y se le vino India a la cabeza. Aunque la referencia de este país venía de su padre -que lo aborreció al estar durante la guerra, por su suciedad y su pobreza-, "yo no era la misma viajera que él. Entendí que la gente allá ama la calle y disfruta cada instante, pues nada les asegura qué comerán luego". Allí empezó a comprender que el mundo no podía verse en blanco y negro: "Para nosotros, la idea de familia es muy clara: odiamos a nuestra suegra. Pero allá, esta figura es fundamental, pues aseguran que sus hijos amen a sus esposas tanto como a sus madres, y esa es la gran historia de amor de ese país". Así, se iba quebrando poco a poco su noción sesgada y pequeña de familia: "Mi propia idea de familia era catastrófica. No queríamos estar allí, no hablábamos, ¡menos cuando llegó la televisión! Y todo se limitaba a oír a mi padre comentar en la cena el editorial del diario de derecha que leía. Él no era muy inteligente... Lo amaba, sí, pero era claro que los padres no tenían nada que ver con los hijos".

En ese recorrido descubrió que la maternidad es distinta en cada lugar, una obviedad que no necesariamente se entiende en su dimensión. Así, critica de frente la imposición de modelos. De modelos de familia, de control de la natalidad, de sexualidad. Las mujeres de Sudán, por ejemplo, dicen que no soportarían que les operaran los senos, pero sí resisten la circuncisión femenina que, si bien no les afecta su placer sexual, sí les significa molestias en el parto. O "cuando llegan mujeres de las organizaciones de planificación familiar a ciertos lugares con maniquíes plásticos que les muestran su aparato reproductivo y ciertos artefactos, simplemente éstas las paran y les dicen: 'Mi señora, así será usted, pero no nosotras'". Y no es por ignorancia, explica Greer. Es por ceguera, por no ponerse en el lugar del otro. Al hablar en códigos que no son claros ni compatibles, ninguna recomendación se sigue y la mortalidad materna persiste. Da el ejemplo de cómo en Bangladesh, para muchas madres, el caldo de pescado resulta más efectivo que la propia leche, que se les impone como único alimento posible. Critica que nadie les da crédito por su sabiduría y tradición y tampoco se miran los resultados positivos que eso ha traído. O cuando en Brasil intenta combatirse el trabajo infantil, cuando lo cierto es que muchos niños son los que mantienen los hogares. "¿Por qué no, en lugar de obligarlos a estudiar, les permiten trabajar y sostener a los suyos una parte del día y, luego, estudiar? Lo que aprendí en esos años fue humildad y vi lo poco que entendía las vidas de las mujeres trabajadoras", señala.

Malas interpretaciones "Stop cruelty in the name of feminism (paren la crueldad en nombre del feminismo)", dice Greer. Si bien en los años 70 se vivió un gran pánico por la sobrepoblación del mundo, "el problema es que desde hace 200 años ha habido demasiada gente". Pero pensar, dice, que para confrontar los miedos se deben imponerse medidas idénticas de control de la natalidad para todo el mundo, no es la solución: "Y lo llamamos planificación familiar. Pero nos limitamos a controlar los nacimientos e ignoramos otro factor igualmente importante: al concentrarnos en la gente que tenía demasiados hijos, dejamos de pensar en el sufrimiento de los que no podían tenerlos".

La imposición de métodos anticonceptivos ha llevado a que no se repare en las diferencias de las mujeres, de sus propias fisonomías. "Es distinto ser una madre trabajadora, alimentada con una dieta baja en proteínas, a una madre que come bien y resiste mejor a los fuertes medicamentos. Además, ¿por qué estamos repartiendo medicinas que en nuestros países tienen tan mala reputación?" Reconoce que le dicen contradictoria, ingenua y hasta la han tildado de loca porque se muestra flexible al creer que habrá lugares donde lo mejor sea la castidad como método de control de la natalidad, mientras que en La mujer eunuco promovió el sexo como expresión de libertad ("pero si lo quieres hacer - se apura a decir- no escribí un libro de instrucciones"). Al mismo tiempo, duda de la eficacia de la filosofía detrás del aborto. "Es uno de los discursos más distorsionados que pueden oírse, como si nos preguntaran en coro: ¿Qué queremos? ¡Amputación! ¿Cuándo? ¡Ahora!", dice parodiando la voz de mujeres en masa gritando estas palabras. Cuenta que al inicio de las discusiones sobre el aborto, éste era un procedimiento invasivo y peligroso y arriesgaba la fertilidad futura. Cosa que hoy no debería significar un problema (si se hace correctamente). Y sin embargo, nunca se habló de lo que implicaba tener un aborto y las consecuencias en las mujeres, el fracaso que les significa. Con el problema adicional de sacar al hombre de la decisión y quitarle responsabilidad. Para ella, las peleas fueron desiguales: "El derecho a la vida y el derecho al aborto debieron haberse luchado juntos", afirma. Y agrega que las mujeres renunciaron al placer al someterse a la píldora: "Le dio seguridad a la vagina, pero a costa de perder la libido". Sus inquietudes son más profundas de lo que pretende verse y no pueden más que resumirse como la suma de la experiencia en los años vividos: ¿Qué significa para los jóvenes de hoy hacer el amor? ¿Qué les hacemos a las niñas de 12 años cuando les decimos que tienen que lucir sexys y admiran a la 'Barbie'? Hitler habría tenido 17 de esas. ¿Qué significa que una mujer de 45, como si fuera una tarea más en la agenda, dice 'ah, llegó la hora del proyecto bebé'. Los niños no son triunfos de la creación, simplemente son". Y termina Greer: "Me dicen 'ustedes tuvieron suerte al poder vivir la revolución sexual antes del sida'. Yo creo que hoy tendrán que pensar el sexo en distintos términos y esto necesitará de nuevos pintores y músicos... Es tiempo de redefinir la intimidad".

Syjuco, revelación del Hay El filipino llenó auditorios "La literatura le puede decir a un pueblo de dónde viene", fue una de las frases del escritor filipino Miguel Syjuco durante su intervención en el festival, una de las más concurridas. "Si el lector pierde el balance y está confundido, entonces ahí sé que está poniendo cuidado", agregó el autor de la novela 'Ilustrado'.

Las palabras de Joumana Encantó con sus poemas "Vivimos en un mundo hipócrita: dices lo que no vives, vives lo que no piensas y piensas lo que no dices", fue una de las frases que se le oyeron a la autora libanesa Joumana Haddad."Aunque somos una minoría, merecemos más atención que ese cliché estereotipado de la mujer árabe en Occidente", agregó

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