Gracias por la nada

Gracias por la nada

Gonzaloarango cumple 80 años, así en la tierra como en el cielo, ¡vaya!, mientras cuántos se han ido sin haber muerto. Una tarde de hace medio siglo le alargué mis tímidas poesías al profeta, quien arribaba a Cali a pregonar las crapulosas virtudes del nadaísmo. Él las leyó de arriba para abajo y de abajo para arriba y, refiriéndose a los requiebros amorosos, me dijo que si me los había infundido el amor por mi novia, cambiara de novia; en cuanto a mis proclamas políticas puntualizó que, si obedecían a los dictados del partido, "le dices a don Nicolás que te escurres del comité".

26 de enero 2011 , 12:00 a.m.

Reconocí que ella me decía después de cada caricia en polvo: "Debes haber gozado mucho porque yo nunca había sufrido tanto", como si yo fuera el marqués de Sade y ella, una estoica marioneta de Sacher Masoch; y que en la célula me adoctrinaban con que, para la revolución, más épico que un poema era una tachuela.

Le prendí fuego con fósforos El Diablo a ese ramo de madrigales persecutores del virgo potens de colegialas inverecundas y a ese arsenal de arengas rabiosas contra los gobiernos por haber realizado la reforma agraria al revés.

Me empeñé en calcar la receta de la nadería, excluyendo de mis versos tanto las protuberancias femeninas como los reclamos sociales en pro de la pavimentación del barrio Jesús Obrero, donde también vivía Valverde, quien como buen hijo de sindicalista podría encargarse de esa tarea.

Con poemas abstractos, pues, logramos 'sus monjecitos' implementar nuestra revolución sexual, haciendo el amor loco en lugar de poemas sobre el amor, y delegamos la revolución social en los hippies, quienes en realidad sí la hicieron, pues no hay revolución mayor que circular por el mundo sin un centavo; y después la hicieron los capos del narcotráfico, esos jaladores de carros y asaltantes de tumbas que terminaron con todos los tesoros de Alí Babá pudriéndose en sus caletas.

Hicimos uso de nuestra entera liberté, que nos convirtió en libertinos de la revolución, como el otro, y aplicamos esa libertad a ejemplarizar el amor libre y los versos libres, pasando del aire libre a las apestosas inspecciones de policía. Porque a muchos sorprendieron los agentes patógenos con las manos en la musa.

Rechazamos todas las sujeciones; para empezar, la sujeción religiosa de los párrocos con sus prédicas en sus púlpitos; y luego la sujeción académica, que nos indicaba que debíamos escribir como Jorge Isaacs la María; y luego la sujeción laboral, que nos implicaba comprometer nuestras mínimas fuerzas físicas en ordeñarle producción a una máquina; y luego la sujeción política, que nos condenaba a estar pendientes de los chorros de babas de los candidatos presidenciales; y luego la sujeción patriótica, que nos exigía posición firmes para saludar el palo de la bandera y, desde luego, la sujeción familiar, que nos conducía sin remedio a la reproducción en cadena del apellido.

Libre de esas amarras, me empeñé con la poesía. Ella sería mi bandera, mi escudo, mi talismán; mi amante, mi amiga, mi confidente; me llevaría de la mano por los malos caminos y en tablas ebrias de salvación por sobre mares sin fondo. Nos tocó enfrentarnos al enemigo, y a los enemigos del enemigo, y a los enemigos de los enemigos del enemigo, que se destruyeron entre sí, creyendo que nos combatían, con fuego amigo. Pasados más de 50 años, ya nadie nos persigue ni discrimina, dado que cumplimos nuestro objetivo de "no dejar una fe intacta ni un ídolo en su sitio"; antes bien, el único mito de nuevo cuño es el nadaísmo, cosa que nos espanta, pues desde el principio advertimos que seguiríamos en desacuerdo con el mundo cuando el mundo nos concediera la razón.

Por eso nos mantienen tribunas -como esta en EL TIEMPO que nos legaran el profeta y Hersán- para que le cantemos al mundo la victoria de su derrota.

Victoria que debemos a la libertad esposada a la poesía y encadenada al amor por la vida y a una que otra muñeca brava.

jmarioster@hotmail.com

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