Una danza con toros y caballos

Una danza con toros y caballos

La plaza a reventar, la tarde soleada, con un cielo apenas salpicado de blanco. En ese ambiente se vio una hermosa danza con caballos y toros y un magnífico jinete que oficiaba como mago: el español Pablo Hermoso de Mendoza, quien cortó cuatro orejas y un rabo.

24 de enero 2011 , 12:00 a.m.

Este premio, según estadísticas de primera mano, no se otorgaba aquí desde aquella accidentada corrida del 5 de febrero de 1956, cuado dicen que el general Rojas Pinilla quiso cortar orejas. Dámaso Gómez alcanzó la hazaña.

Ayer se lidió un encierro de Ernesto Gutiérrez, muy en el tipo de esa divisa, de regular juego en varas, que en mayoría se pararon pronto. Pero fueron nobles. Tres sirvieron; uno, de vuelta al ruedo. La tarde fue histórica, porque Hermoso de Mendoza y sus nobles caballos son un solo cuerpo y una sola mente.

Describirlo es difícil. "¿Esto qué es?", dijo alguien con ojos húmedos. "Esto es un sueño", respondió un torero que estaba ahí. Lo que vio la plaza llena fue al mejor rejoneador del mundo ante dos toros muy distintos. Uno de mármol y otro bravo y él toreando con los caballos como si fueran muletas y capas.

Vimos cómo 'Curro' le llegaba al toro a centímetros de los pitones. Y 'Silveti' hacía quiebros, como un hombre a base de cintura, y se quedaba ahí, galleando, toreando, invitando al toro para llevárselo con temple. A Ícaro, bailarín, hasta dejarse olisquear el pecho. Todo a toro parado, mientras Hermoso de Mendoza ponía, con uno y otro caballos, rejones de castigo, banderillas cortas y largas, en todo lo alto. Con belleza. Mató de un rejonazo. Y dos orejas.

Salió 'Cleofás', bendecido con la riqueza de al casta. Y vinieron 'Saramago', ese caballo isabelo de crines de seda, con el que le puso rejones de castigo.

Y el castaño 'Chenel' y el blanco 'Pirata', como un algodón. Qué maravilla.

Qué inteligencia. Rejones, banderillas largas y cortas, un par a dos manos, solo moviendo el caballo con las piernas. Y llevándose al toro prendido, en la barriga o las ancas de los bellos corceles, con temple. Es increíble cómo los deja llegar tan cerca y de pronto cambia el viaje y se mete por unos callejones suicidas. Cómo le pone los pechos y hace quiebros mágicos en la cara del toro, o molinetes, o el teléfono. Una locura. Ni una banderilla cayó al ruedo en toda la tarde. Pinchazo hondo y un rejón fulminante. Dos orejas y rabo en medio de una plaza hecha un delirio. Lo bueno es que vuelve el domingo.

Pero toreó también, magníficamente, Luis Bolívar. En su primero, a media altura a un toro que se estrelló contra un burladero y llegó mareado a la muleta. Luis tuvo pulso, temple y lentitud. Hubo arte. Pegó naturales de corte fino. Mató de un estocadón. Una merecida oreja.

Y cuajó una faena grande en su segundo, al que lanceó suave y cargando la suerte. Se la brindó al periodista y escritor Daniel Samper Pizano. Una faena que merecía dos orejas por la inteligencia ante un toro grandulón que lo pensaba mucho, pero que Luis le dio distancia, terrenos y tiempos, hasta enseñarle el camino y lograr cuajar templadas y ligadas series sobre ambas manos. Toreo serio. Lástima que pinchó porque tenía la puerta grande asegurada. Está para cosas grandes.

Casi no toreó Cayetano Rivera. Porque el primer toro. 'Agapanto', fue flor de un tercio. Parado. Y porque el segundo, también rajadito, medio embestía, pero lo miró mal, y Rivera no pone la carne al fuego. El público... cayetano. O no, algunos lo chiflaron.

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