Pero caen

Pero caen

Las imágenes de los últimos momentos de los dictadores derrocados son diversas y variadas. Manuel Estrada Cabrera, convencido de que la Providencia le había confiado para siempre el poder en Guatemala, escuchó perplejo los cañonazos que su propio ejército, al que creía fiel hasta la muerte, dirigía contra su residencia de La Palma, ya el pueblo insurreccionado en las calles, y para más perplejidad, supo de un decreto del Congreso Nacional, donde sólo había incondicionales suyos, que lo declaraba loco. Hecho prisionero, fue a dar al calabozo de una estación de policía.

23 de enero 2011 , 12:00 a.m.

El general Juan Domingo Perón, antes de iniciar su exilio errante, pasó encerrado en el camarote de una cañonera de la armada paraguaya anclada en el Río de la Plata que no podía partir por falta de combustible. El general Somoza Debayle, metido en su búnker en la más absoluta soledad, escribió él mismo a mano la lista de sus más íntimos que lo acompañarían en el avión que lo llevaba a Miami, ya sin regreso.

Pareciera que los dictadores no fueran nunca a caer, pero caen. Esta es una inexorable ley de la vida y de la historia. Aunque tampoco es que caigan solos. ¿Cómo se desatan los acontecimientos que a lo mejor en pocos días, o semanas, fulminan los andamiajes de un poder pensado para la eternidad? Lo he recordado ante las noticias de la caída del dictador de Túnez, Zine el Abidine Ben Alí, que iba ya por su quinto período presidencial, y que había reformado la Constitución para ser reelecto siempre. Otra vocación vitalicia, como tantas.

Todo empezó el 19 de diciembre en Sidi Buzid, una ciudad lejana a la capital.

La gente salió a las calles después de que un humilde vendedor ambulante de frutas y verduras, Mohamed Buzazizi, decidiera prenderse fuego en protesta porque un policía le confiscó su mercancía y lo abofeteó. Murió. Su agonía duró hasta el 4 de enero, pero mientras tanto hubo más manifestaciones, tiroteos, más muertos y heridos, pero la gente ya no se detenía y más bien se multiplicaba, y los enfrentamientos llegaban a la capital. La policía ya no podía hacer nada frente a la situación, y el ejército salió a reprimir. Ya nada de eso servía para nada, ni la promesa de Ben Alí de irse del poder en el 2014.

En todas las ciudades del país las calles estaban colmadas de manifestantes que exigían su renuncia inmediata. Había pasado casi un cuarto de siglo desde que este hombre llegó al poder prometiendo la democracia y ahora contemplaba, perplejo, cómo todo se convertía en agua, o polvo, en sus manos. Y no tuvo más alternativa que buscar el exilio, a ver adónde querían aceptarlo. Un paria.

Porque los dictadores caídos no dejan nunca de ser un estorbo.

Pienso en lo que el anciano Ben Alí piensa en el momento de las carreras y apuros que preceden a su partida. ¿Cuánto puede cargar consigo de sus riquezas? ¿Cuántas obras de arte, joyas y muebles pueden irse al exilio con él? ¿Cuántos trajes, cuántos pares de zapatos puede llevarse?, piensa su mujer, la odiada primera dama, Leila Trabelsi, la antigua empleada de un salón de belleza a la que el pueblo llamaba ahora 'La Regenta'.

Pero claro, está el consuelo de las cuentas bancarias en el extranjero. Porque esta Primera Dama sí que era voraz.

Ella y los miembros de su familia se habían venido haciendo dueños de centros comerciales, hoteles, supermercados, cadenas de radio, estaciones de televisión, distribuidoras de vehículos, agencias inmobiliarias, compañías telefónicas. Si alguna empresa les atraía, el dueño no tenía más remedio que darles participación, o venderles. Un dictador más que huye, una tiranía corrupta más que se acaba, otra familia envanecida por el poder y la riqueza que abandona sin remedio negocios y palacios. www.sergioramirez.com www.facebook.com/escritorsergioramirez

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