¡Yo soy la tormenta!

¡Yo soy la tormenta!

20 de enero 2011 , 12:00 a.m.

Estamos en Inglaterra durante la Segunda Guerra Mundial. Bombas caen sobre el país, pero pese a eso una compañía teatral shakesperiana está de gira sin importar los peligros del momento.

La rige un gran actor, ya en el ocaso, y la componen intérpretes retirados o lisiados. La guerra tomó prestados a los actores jóvenes y vigorosos, y toca por ello conformarse con los menos aptos. Sin embargo, la única estrella fulgurante es ese gran actor, ese tronante Sir innominado. ¿Para qué darle un nombre? Todos saben quién es. Todos también conocen de sus arrebatos de ego, de furia, de inseguridad, de manía rayana en lo patológico. "¡Yo soy la tormenta!", grita en el intermedio de El rey Lear, y los truenos y los rayos se quedan cortos frente a su espíritu telúrico. Las tablas son su gloria y su condena. No puede vivir sin el reconocimiento de su público, pero tampoco soporta ya el peso de una vejez en la que cada noche presta su alma y su cuerpo a un personaje diferente.

Junto a él -mejor, detrás de él- está Norman, su asistente de vestuario. Lleva 16 años de su vida trabajando para esta figura egocéntrica y lo conoce mejor que nadie. Norman sabe cómo satisfacer y controlar sus caprichos, sus neuras, sus iras. Casi que puede anticipar sus reacciones, de lo acostumbrado que está a presenciar sus erráticos estallidos y a calmar sus espasmódicas pesadillas.

Norman poco a poco se ha ido apoderando de su señor, quien -así no lo reconozca- no podría vivir sin él. No hay maldad en Norman, no hay intención distinta de proteger y complacer al actor por quien ha sacrificado su vida.

La película que describo narra con gran detalle y enorme gusto la casi simbiótica relación entre ambos, en medio de la trasescena de un accidentado montaje de Shakespeare en un teatro de provincia. Norman y el Sir, cada uno desde su ángulo, interpretan un papel. Uno lo hace frente a los reflectores, el otro, tras bambalinas. El actor no tiene paz, Norman se sacrifica por darle un poco de la suya. Sin embargo, su personalidad es también la de un volcán, uno que -lo sabemos- estallará.

¿Ya identificaron a qué película me refiero? Es El vestidor (The Dresser, 1983), el excepcional drama escrito por Ronald Harwood e interpretado de manera monumental por Albert Finney y Tom Courtenay. ¿Algún motivo para escribir ahora de El vestidor? Sí. Lamentar la muerte de su director, el inglés Peter Yates, que falleció el 9 de enero a los 81 años. Y nada mejor que recordarlo por su mejor película

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