'Chamo', el repartidor de tinto de Paloquemao

'Chamo', el repartidor de tinto de Paloquemao

A las 7 de la mañana, la plaza de mercado de Paloquemao es un hervidero humano.

16 de enero 2011 , 12:00 a.m.

Los coteros lucen en los pómulos gruesas capas de mugre, lo que resalta el fondo de sus ojos. El último de los carniceros sale de un furgón con la bata lavada en sangre: parece más un guerrero después de la batalla que un verdugo de reses inocentes. En otro punto de la plaza, muy cerca a una pequeña tienda, un hombre de ojos vidriosos, bigote cano y cachucha negra, alista el primer viaje de tintos del día. Cada vasito plástico lo acomoda con cuidado en su improvisada bandeja, que no es más que un pedazo de tabla, con capacidad para cuatro bebidas.

Da los primeros pasos: son reposados, pasos de equilibrista en cuerda floja, imaginaria. Aprieta las nalgas para evitar que la humeante mercancía se eche a perder y empieza a imitar los graznidos de los patos. Es la señal que todas las mañanas, desde hace 32 años, utiliza Julio César Echavarría -conocido en Paloquemao como 'Chamo'- para abrirse paso en medio de un ejército de coteros. "Cuac, cuac, cuac, véalo ve, sí señor", se le escucha gritar a Julio César, quien es uno de los mandaderos y personajes más conocidos de este popular mercado capitalino. "El se rebusca la vida aquí. Carga bultos, lleva tintos, le consigue taxi a los clientes", explica José Casas, empleado de un puesto de verduras. Julio Cesar, de 56 años y natural de Medellín (Antioquia), llegó a Paloquemao en 1978. Llegó a la plaza a vender artesanías y un señor le pidió que le colaborara cargando cuatro bultos, unos costales y dos cajas, ese fue su comienzo en el oficio.

'Chamo', además de mandadero, es un guía, sin sueldo, de Paloquemao. Sabe dónde se come la mejor gallina y recomienda las empanadas de peto de Miguel Puertas. Sin embargo, de un momento a otro, este personaje se pierde.

Su ausencia se debe a que es un caminante. En sus últimas vacaciones se fue a pie hasta Melgar. Su aventura por las carreteras de Cundinamarca duró tres días.

"En mis años mozos caminaba hasta Medellín. Transportaba a mis tres hijas en un carro esferado y llegábamos 32 días después", cuenta 'Chamo', con el afán de otro pedido de tintos. Y vuele a sonar el incesante: "cuac, cuac, cuac"

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