Secciones
Síguenos en:
EL ÚLTIMO AMANTE

EL ÚLTIMO AMANTE

La abuela permanecía inmóvil en su silla de ruedas mirando hacia todos lados e intentando descubrir las esculturas que en sus tiempos de esplendor adornaron las repisas de su cuarto. Su vista, inquisidora, extraviada en la bruma de sus recuerdos, se acompañaba de remembranzas: vestidos de crepé, pestañas postizas, cabellera en el nacimiento de sus caderas sedientas, púberes en busca de juegos en los albores de la madrugada...

Por: REDACCIÓN EL TIEMPO
01 de julio 2001 , 12:00 a. m.

La abuela permanecía inmóvil en su silla de ruedas mirando hacia todos lados e intentando descubrir las esculturas que en sus tiempos de esplendor adornaron las repisas de su cuarto. Su vista, inquisidora, extraviada en la bruma de sus recuerdos, se acompañaba de remembranzas: vestidos de crepé, pestañas postizas, cabellera en el nacimiento de sus caderas sedientas, púberes en busca de juegos en los albores de la madrugada...

El tiempo de hoy es solo un reflejo de antiguedades, multiplicadas con una lentitud semejante a los últimos pasos dados hace muchos años. El encierro le había producido una palidez terrosa, y las arrugas, cicatrices de diez lustros, eran las causantes de una transformación insólita, pues aquella expresión de condesa cedió para siempre hasta contornear unas formas que solo facilitaban movimientos de manos y pies.

Piensen ustedes en esa anciana oculta en la penumbra de la noche, sin fuerzas, y apenas con el aliento suficiente para observar entreabrirse la puerta y esperar la visita anhelada. Nadie imaginaría a esa misma figura, sombra entregada a su temblor, jadeante en medio del júbilo de orgasmos repetidos como espejos, bajo espejos, frente a espejos, y evocando las chatarras de una escultora que sucumbió frente a pisos tapizados de espejos corazón roto en el restaurante donde solía entretener, preámbulo de su entrega, a los adolescentes fieles.

Hermosos fueron sus cuarenta años de vida lujuriosa al servicio de los jóvenes. Las sonrisas, el tropel de caballos desbocados en la ternura, el estrépito de trompetas con sonidos que ascendían entre sus piernas y, el vértigo de la sangre caliente, se grabaron definitivamente en su memoria. Esa época se prolongó hasta su vejez, más allá del canto de los gallos.

Jorgito balbuceaba en las noches cuando la ansiedad la obligaba a llamar a su nieto para revivir su pasado de fortunas, joyas y obsesiones: desliz en su imaginación de dama seductora del dibujante de lienzos, ojos ensoñadores, oreja cercenada, paletas y colores, que logró hechizarla con el rostro de autorretrato muerto que colgaba del restaurante parisino.

El, entonces, penetraba y vaciaba un talego de campaña de guerra. Eran muñequitos de fantasía, plásticos y desnudos, distribuidos estratégicamente en el tablero que reposaba en sus piernas de piel trémula.

Madame decía su nieto, y le acariciaba sus canas alargadas, mientras movilizaba los lalitos y los mezclaba en un ritual perverso? con la ayuda de aquellas manos resbalando por los cuerpecitos estáticos que, en sus caídas, dibujaban decenas de kamasutras. La abuela dejaba rodar las lágrimas, entusiasmada por el amacice de figuras: destellos frente a su mirada.

A veces no eran los entrelazamientos de piernas, brazos y labios modelados, réplicas de infantes que ella amaba hasta el delirio; sino tentativas de besos y caricias que, en ese juego, atraían escenas, en blanco y negro, de jóvenes enloquecidos por aquel vientre pródigo bajo la luz de la luna.

En otras ocasiones se abría la puerta- goznes trepidantes en sus tímpanos- y entraba el nieto vestido con uno de los dos trajes de Las Meninas, medida perfecta, ajuste a la cintura, escote largo, caminando al compás de un, dos, un, dos, mientras ella revelaba una mueca de dientes resplandecientes que en otros tiempos fue una carcajada de este tamaño.

En las visitas iniciales Jorgito preguntaba en voz baja la razón de todo aquello. No eran preguntas que todo nieto acostumbra a hacer a su abuela; solo reclamos en busca de respuestas capaces de poner fin al ritual nocturno. La abuela solo respondía con su mirada extraviada en algún rincón del cuarto. Pero, poco a poco, el niño se fue convirtiendo en el cómplice obligado, y logró descubrir la sensación agradable de las batallas eróticas.

No cabía duda: él también sentía el mismo estremecimiento y la misma turbación al ver los torsos y piernas desperdigadas sobre el tablero, y experimentar el revoltillo de corazones sin vida, ajenos a la fuerza de la pasión decadente de la abuela. Así, todos los días, hasta identificarse mutuamente entre el silencio y la soledad.

Aprendieron a compartir las distintas emociones, los mismos jadeos; se expresaron por igual los diferentes desenfrenos y se fundieron sin mesura en el piso de espejos?: colores difusos, esculturas revoloteando en el cuarto, muñecos agigantados y un estertor que blanqueó el lienzo.

----------------.

El autor es periodista y economista. Enseña periodismo en las Universidades del Norte y Autónoma de Barranquilla.

-----------------------.

Este es uno de los 24 cuentos escogidos para votación de los lectores.

Para calificar este cuento:.

- Llamar al 4103737 de la Línea T, y marcar el código 1539. El sistema le dará las instrucciones.

- Ingresar en Internet a www.eltiempo.com/concursocuento

Llegaste al límite de contenidos del mes

Disfruta al máximo el contenido de EL TIEMPO DIGITAL de forma ilimitada. ¡Suscríbete ya!

Si ya eres suscriptor del impreso

actívate

* COP $900 / mes durante los dos primeros meses

Sabemos que te gusta estar siempre informado.

Crea una cuenta y podrás disfrutar de:

  • Acceso a boletines con las mejores noticias de actualidad.
  • Comentar las noticias que te interesan.
  • Guardar tus artículos favoritos.

Crea una cuenta y podrás disfrutar nuestro contenido desde cualquier dispositivo.