RÉQUIEM PARA MIS CUATRO DELIAS

RÉQUIEM PARA MIS CUATRO DELIAS

La primera vez que vi danzar a Delia Zapata debía tener yo unos 7 años. Esa noche había fiesta en mi casa. Mi padre había proferido la sentencia inapelable que nos obligaba en estas ocasiones, a mis hermanas y a mí, a retirarnos a regañadientes a nuestras habitaciones: Cuando los mayores están reunidos, los niños ahuecan! , nos decía bromeando en serio.

01 de julio 2001 , 12:00 a.m.

La primera vez que vi danzar a Delia Zapata debía tener yo unos 7 años. Esa noche había fiesta en mi casa. Mi padre había proferido la sentencia inapelable que nos obligaba en estas ocasiones, a mis hermanas y a mí, a retirarnos a regañadientes a nuestras habitaciones: Cuando los mayores están reunidos, los niños ahuecan! , nos decía bromeando en serio.

Ya me había quedado dormido cuando me despertó hacia la medianoche el retumbar frenético- poco usual en mi casa- de tambores, palmas, gritos y gaitas. Un poco asustado, pero animado por la curiosidad, bajé sigilosamente las escaleras hasta ubicarme en un lugar estratégico, desde donde podía observar el desarrollo del festejo. Mis ojos no podían creer lo que veían: una mulata hermosa de facciones contundentes, ojos de fuego, soñadores y enormes y con un cuerpo de pantera- brillante y eléctrico- se convulsionaba enloquecida al son de un Mapalé.

Confieso que mi primera reacción fue de miedo. El niño que yo era no había visto nunca nada semejante: el cuerpo poseído trance- de la bailarina, era un volcán de sensualidad, erotismo, sexualidad, paroxismo extático, animalidad. La recuerdo de rodillas, sacudiendo los hombros, llegando de espaldas hasta tocar el suelo y regresando, de un solo movimiento, a ponerse de pie para continuar las ondulaciones inverosímiles- infinitas- de sus caderas, de su columna-serpiente, de sus piernas torneadas y elásticas. También recuerdo que al terminar el frenesí del Mapalé, casi sin pausa, se dispuso a bailar la danza más dulce y profunda de cuantas existen en nuestro folclor: el Bullerengue. Delia, con sus ojos entornados y una cautivadora sonrisa interior, me reveló cuando yo aún no sospechaba que la Danza también sería mi vida los más sofisticados meandros del mal llamado baile popular. Su falda blanca, rizada, inmaculada, imitando la espuma de las olas del mar, la envolvía mientras ella con pasos mínimos se desplazaba flotando en el espacio, frotándose misteriosamente con las manos la zona de los ovarios. Muchos años después sabría que el Bullerengue, tal como Delia lo bailaba, era una creación suya, una apropiación, una reinterpretación personal como sólo lo hacen los verdaderos creadores. El Bullerengue de Delia es un rito de fertilidad, esencialmente femenino, casi religioso, danza de iniciación, tránsito de la niña hacia la pubertad. Luego bailó la madre de todas las cumbias: la Pollera Colorá, con un señorío, un porte y una dignidad que pocas veces he vuelto a ver y a sentir en mi vida. La Cumbia, danza de la trietnia por excelencia, como ella misma la definía: Africa en los tambores, indoamérica en la gaita y en la falda, España. Los músicos que la acompañaron esa noche delirante fueron, nada más ni nada menos, que los inmortales Gaiteros de San Jacinto.

Mi segunda Delia aparece muchos años después. Fue en 1985, cuando la visionaria e hiperbólica Liliana Villegas decide crear su espectáculo multimedia O-ilé, en el Colón. Más de 30 artistas, entre pintores, músicos, actores, bailarines, videoartistas, arquitectos, fotógrafos, y diseñadores participaron en este experimento sin precedentes en Colombia. La coreografía del espectáculo estuvo a cargo del surcoreano Cho Kyoo-Hyun, mi maestro y compañero de muchos años en Nueva York. Muchas veces le había hablado de nuestras músicas, danzas y tradiciones y de la huella indeleble que Delia había dejado en mi espíritu. Decidimos invitarla a ella, como exponente insigne de estas tradiciones y a su hija Edelmira Massa su heredera y cómplice para que hicieran parte de este sueño.

La química y la empatía entre Delia (que no hablaba una palabra de inglés y menos aún de coreano) y Kyoo-Hyun (que tampoco hablaba el castellano) fue instantánea: una especie de amor a primera vista. Durante todo el proceso del montaje de O-ilé, Cho iba casi a diario a almorzar con Delia en su Palenque en La Candelaria. Su comunicación era metaverbal. Delia lo amó con un amor más que maternal, pues le llevaba más de 30 años y Cho sucumbió a su fuerza, su luz, su inspiración. Con él descubrí la belleza y el poder del silencio , le confesaría años después a su hija Edelmira.

Delia, con su espíritu siempre joven y abierto, nos ofreció su arte y su descomunal presencia escénica y se entregó como ninguno a esta aventura de vanguardia, que llegó a feliz, pero breve término, en noviembre de 1985.

En 1986 regreso, luego de permanecer 6 años en Nueva York y decido reponer en mi país mi primer montaje personal: Desde la Huerta de los Mudos, que venía de presentar en el La Mama, con elenco neoyorkino. La versión colombiana se estrenó en el Teatro Colsubsidio y contó con la participación de Delia, Alicia de Rojas, María Teresa Hincapié, Rosario Jaramillo y Elsa Valbuena, entre otros. La música fue de José Alejandro Restrepo. De nuevo la mamagrande de la Danza Tradicional se prestaba con generosidad a la búsqueda de nuevos derroteros para la escena contemporánea colombiana. Delia, a pesar de su dedicación exclusiva a la preservación, transmisión y reelaboración del patrimonio dancístico nacional, siempre se mantuvo alerta a las manifestaciones modernas que, en el mundo entero, revolucionaban los cánones corporales. En Nueva York, Delia tuvo contacto con las técnicas de Martha Graham y de Katherine Dunham, exponente de la nueva Danza negra norteamericana.

Mi última Delia reaparece en 1997. Con la coreógrafa Marie France Delieuvin fundamos el Proyecto El Puente, como resultado de un proceso de cooperación entre Francia y Colombia, para contribuir al desarrollo de la Danza Contemporánea en nuestro país. Así concebimos la idea de crear Reconquista, diálogo entre tradición y vanguardia, entre memoria e imaginación. De nuevo Delia aparece en mi mente. Preocupados por el olvido y la ausencia de reconocimiento a que la había condenado la frágil memoria colombiana, decidimos convocarla para que en este nuevo experimento ella encarnara la fuente, el surtidor original de los pulsos y acentos más primigenios de nuestras culturas, con los que interactuarían los jóvenes bailarines de nuestra compañía, en el lenguaje abstracto de la Danza Contemporánea. Edelmira me animó a que le hiciera la propuesta. Me confesó que Delia se sentía triste por el abandono nacional y que le haría mucho bien involucrarse en este proyecto. Al principio se mostró reacia. Qué nueva locura vienes a proponerme! Ya estoy muy vieja paeso , me dijo. Sin embargo, ablandarla fue más fácil de lo que suponía. Ella, siempre alegre y bien dispuesta, aceptó finalmente gustosa pues, de alguna manera, se sintió de nuevo tomada en cuenta.

La obra nació en Cali en 1997 en el Jorge Isaacs. Posteriormente emprendimos una gira que nos llevó a Bogotá, Cartagena, Barranquilla y luego al Festival de Montpellier. A raíz del éxito de Reconquista, decidimos mantener la obra en el repertorio de la compañía y la presentamos en el primer Festival de las Artes de Cartagena. Esa noche fue su noche. Volví a reencontrarme con la Delia de mis siete años. La Primera Dama de la Cumbia invadió con su altivez, su magia y su poderío el escenario del Heredia, haciendo gala de su señorío y recordándole a la ciudad que la vio crecer y florecer, que la dignidad de sus hijos mestizos es su mayor tesoro. La minusvalía y el complejo de inferioridad (de los que habló Manuel Zapata Olivella en Cartagena, el día del homenaje póstumo a su hermana) que a menudo nos aquejan a los colombianos con respecto a lo que nos es más caro y esencial, son nuestra mayor ceguera. La falta de amor propio, de autoestima y de orgullo por nuestra prodigiosa diversidad étnica y cultural, sin duda alguna se constituyen en nuestro mayor pecado como nación y en un serio impedimento para percibir la dimensión universal de nuestros cultores, artistas e intelectuales.

Delia Zapata: otro Tesoro que desaparece sin que le hayamos dado su justo valor. La dinastía de los Zapata Olivella ha perdido a uno de sus principales representantes. La saga de estos eminentes hermanos mulatos, que se enfrentaron a sociedades racistas, clasistas y excluyentes como son la sociedad cartagenera en particular y la colombiana en general, no fue una lucha inútil. Ellos lograron el respeto de sus semejantes y el reconocimiento del riquísimo legado de sus ancestros. Delia, Manuel y Juan le han recordado a Colombia, con cada acto de sus vidas, que todos somos mestizos y que es en el crisol, en el melting pot prodigioso de la Cultura, donde podremos hallar nuestra fuerza, nuestro futuro.

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