En el país de la espera

En el país de la espera

Andrés Neuman Especial para EL TIEMPO 1 Sospecho que, si fuera posible, muchos preferirían erradicar las esperas. Elegirían desintegrarse y reaparecer de inmediato en el lugar deseado. Nuestra vida se ha vuelto tan apresurada que cualquier transición nos parece un obstáculo. Desde esta perspectiva impaciente, habría espacios verdaderamente atroces: las estaciones, las salas de espera, los aeropuertos. Pese a todo, a mí me parece que aguardar nos enseña. Y hasta diría que los espacios diseñados para ello contribuyen discretamente a nuestra sanidad.

03 de enero 2011 , 12:00 a.m.

Al revés de lo que creemos, esos lugares nos soportan a nosotros. Mientras en sus paredes rebotan y se cruzan nuestras ansiedades y quejas, estos hogares del tiempo nos facilitan la contemplación necesaria para seguir corriendo.

Precisamente a causa de la velocidad de nuestros días, los sitios de demora se han vuelto imprescindibles. Me fascina el efecto introspectivo de los aeropuertos, extrañas construcciones que conjugan velocidad y quietud, fortaleza y aire. Allí nuestra premura se topa con una contradicción inviolable: hemos venido a volar, pero apenas nos movemos. Nos urge desplazarnos, pero el ritmo interior del edificio, sus pautas y sus tiempos nos obligan a esperar. Somos esa paciencia obligatoria. Cierto futuro urgente que parece lejano. Cuando estamos a punto de partir, nuestra mitad sedentaria se resiste a abandonar la quietud mientras nuestra otra mitad, la nómada, se anticipa al desplazamiento. El choque entre ambas fuerzas nos provoca cierta sensación de extravío, de desconcierto interno. Esa es la función secreta de los aeropuertos, catedrales del presente, templos del tránsito donde los pasajeros iniciamos la liturgia de cambiar de estado antes de cambiar de lugar. 2 En la sala de espera del aeropuerto de Málaga, en Andalucía, una bandada de pájaros suele anidar entre las vigas y surcar el techo. Esos pájaros, aleteando a un lado del cristal mientras al otro lado despegan los aviones, se parecen bastante a los pasajeros que los miran: vuelan encerrados en un mundo pequeño. Su hogar es la frontera entre irse y llegar. Quizá por eso, cada vez que paso por el aeropuerto de Málaga, me acuerdo de la historia de la abuela Rosa, que llegó a un aeropuerto y quiso quedarse en tránsito. La abuela Rosa había nacido en España. Había crecido durante la República y se había exiliado al terminar la guerra. En Argentina tuvo otra vida, otra familia y muchos nietos. Allí Rosa perdió sus raíces, o ganó unas nuevas, o ambas cosas. Fue feliz y desgraciada, conoció democracias y dictaduras, bonanzas y miserias. Argentina, en resumen, pareció convertirse en su destino.

Pero, tras enviudar, Rosa quiso volver a España para estar con su hermana, que había permanecido en su país natal. Su hermana española la recibió deseosa de inaugurar de nuevo el tiempo. El reencuentro les trajo emociones, perplejidades y charlas durante un año entero. Durante ese período, la familia argentina de Rosa no dejó de telefonear pidiéndole que regresase. ¿Regresar cómo, si acabo de regresar?, pensaba Rosa al escuchar las voces de sus hijos al otro lado de la línea, mirando las arrugas de su hermana pequeña. Con el paso de los meses, la abuela Rosa empezó a dudar. Había recuperado una hermana y los lugares de su infancia, pero echaba de menos a sus otros parientes, sus otras calles. Tras numerosas llamadas, Rosa terminó aceptando los billetes de avión que le ofrecían. Hizo de nuevo el equipaje y, una tarde, se dirigió al aeropuerto para volar a Argentina. A la mañana siguiente, su familia llamó a España preocupada. ¿Dónde estaba la abuela? Su avión había aterrizado sin ella a bordo. Su hermana no sabía nada. Rosa tampoco había vuelto a aparecer ni había llamado.

Apresuradamente, su hermana fue en taxi al aeropuerto a preguntar por ella. Al cabo de un rato, se la encontró sentada en una de las salas de espera, quietecita, mirando con gesto ausente los paneles de los vuelos. Viendo mutar los lugares, los horarios, las compañías. Llevaba así un día entero. Había perdido su avión y los dos siguientes. No se había cambiado de ropa. Parecía tranquila. Cuando la abuela Rosa aterrizó por fin en Buenos Aires, sus familiares atribuyeron su comportamiento a la senilidad que, por momentos, iba asomando en ella. Yo prefiero pensar que Rosa tuvo un insoportable acceso de lucidez.

Que se pasó 24 horas reflexionando frente a la pantalla de los destinos, meditando quién era y de qué lado estaba, en el único lugar del mundo que no está en ninguna parte: el aeropuerto. Quiero pensar que Rosa, antes de regresar con sus nietos, averiguó para qué sirven las esperas, el estado de tránsito y los pájaros bajo techo.

3 Buena parte de nuestra vida consiste en despedirnos o ser despedidos. Quizás así se resuma el aprendizaje de cualquier vida: darles a las cosas la bienvenida que merecen, despedirlas con la debida gratitud. Desde mi infancia emigrante hasta hoy, puedo reconocer una hilera de despedidas, unas mayores, otras minúsculas. En esa sucesión de adioses, cuya longitud se parece al rastro de lo andado, distingo nuestras transformaciones. Las maneras de irse cambian tanto como los que se van. Suele creerse que la nostalgia es el ánimo de quien parte, de quien recuerda un lugar del cual se está alejando. Probablemente lo nostálgico sea todo lo contrario. Mientras viajamos, apenas queda tiempo para el recuerdo. Nuestros ojos están llenos. Nuestros músculos, cansados. Y sólo tenemos fuerzas para seguir moviéndonos. Hacer equipajes nos obliga a suspender el pasado. El tiempo resbala por la piel del viajero. Para el sedentario, en cambio, el tiempo pasa lento y deja huella. La quietud es el motor central del recuerdo.

La nostalgia recae en quien se queda. No hay nada que no deje tan pensativos como acudir a una estación a despedir a otro, quedarnos viendo un transporte que se hace pequeño hasta desaparecer. En realidad, ¿cuál de los dos desaparece? .

Escritor argentino de la nueva ola Nacido en 1977, este hijo de músicos exiliados en España, escribió 'Bariloche' y 'Una vez argentina', su mirada de la dictadura. En 2009, con 'El Viajero del siglo', ganó el Premio Alfaguara

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