Colombia: la arquitectura del futuro

Colombia: la arquitectura del futuro

Tasajera, ese pueblo que está entre la Ciénaga Grande y el Mar Caribe, también está inundado. Se les vino la ciénaga encima y no tienen manera de dragar tanta agua empozada. Y en la Troncal del Caribe siempre hay niños y mujeres que piden para solventarse un poco. Como todas las imágenes de este invierno, esta también es triste. Sólo que Tasajera la estaba pasando mal desde antes del invierno. Porque se edificó de manera informal: un pocotón de pescadores decidieron hacer sus ranchos a la vera del camino. Y como esa carretera, esa troncal, se hizo sin dejar la necesaria comunicación entre el mar y la ciénaga, se inunda con nada. Estaría muy bien si fuera un pueblo palafítico, como Nueva Venecia o Trojas de Cataca, pero en Tasajera se vive entre el fango la mayor parte del año. Nada que hacer. Sus habitantes están convencidos de que así es normal.

03 de enero 2011 , 12:00 a.m.

No pretendo hacer un rosario de defectos para encontrar culpables. Sólo que es un buen momento para que la región caribe se pronuncie, y las gobernaciones empiecen a trenzar sus proyectos de desarrollo para evitar estas imágenes tan melancólicas, que se verán bonitas en el cine, supongo, o en documentales etnográficos para aplaudir.

Es difícil saber a ciencia cierta cuál será el alcance de esta tragedia, y hasta dónde seremos capaces de revertirla en ganancia para todos. Sólo sé que hay intenciones de comenzar a reconstruir el país como se debe. Y como estamos en esa especie de inventarios, es necesario repetir lo que han dicho por décadas, a ver si dejamos de pensar algún día que el defecto es la normal.

El río Grande de la Magdalena, por ejemplo, se puede volver un polo de desarrollo, en lugar de tenerlo que lamentar cada vez que se crece. Dragar el río Magdalena puede sonar utópico, pero es necesario para movilizar carga por ese canal natural desde el Caribe hasta el interior del país. Y si se llegase a dragar, también habría que reconstruir todos los puentes que lo cruzan, que están tan bajos que no permiten el paso de barcos con buen tonelaje. Y los hicieron bajitos por una razón colombiana, para que no pasaran los barcos de buen tonelaje, y así dejar toda la carga a merced de los nacientes ferrocarriles. Qué cosa. Luego asistimos al funeral de los ferrocarriles, enterrados vivos por un naciente gremio de transportistas terrestres que, a su vez, querían monopolizar toda la carga. Y esa fue la forma como se fueron quebrando los medios de transporte de carga; la manera como nos fuimos quebrando, desbarajustando, como un carromato al que nunca se le pusieron repuestos originales, tan desajustado que suena como una caja de cubiertos. Y hoy, tan sólo hoy, cuando las carreteras colapsaron, y los ríos se desmadraron, nos damos cuenta de lo que ha dejado esa manera de ser colombiano, que nace directamente de la manera como se ha hecho política y gobernado por tantos años a este país. Tanto tiempo haciéndose las cosas mal, que ya estamos convencidos de que el defecto es la normal.

Tasajera podría tener una segunda oportunidad con la ayuda de una buena gobernación. Enmendando el error de marras. Construyendo los canales de comunicación adecuados entre la ciénaga y el mar. Adecuando las casas para el tipo de terreno que tienen; y haciendo una cooperativa de pescadores que ofrezca, en un buen lugar, con la debida refrigeración y las condiciones de salud pública adecuadas, el resultado de sus faenas de pesca. Porque Tasajera es la despensa de los mariscos de Ciénaga, Barranquilla y Santa Marta.

En fin, digo esto porque estamos jugando a las utopías en este momento duro. Y quiero participar de la reconstrucción de este país, aunque sea desde la arquitectura de los sueños.

Con todo el corazón, les regalo para este año (y me regalo) la creencia de que estamos por entrar en una buena época.

cristianovalencia@gmail.com

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